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El cuarto estaba lleno de telas de colores, chales elegantes, sombreros, plumas, retazos y encajes. La joven contemplaba aquel cuarto mientras se veía forzada a estar parada y quieta. Se le había indicado que debía quedarse tan inmóvil como una estatua en el taburete, mientras le tomaban las medidas y situaban alfileres. La modista llevaba una pañoleta en su cuello, un delantal lleno de bolsillos repletos de agujas, hilos, y tijeras. Con una voz muy dulce dijo: “Muy bien señorita”. La costurera la ayudó a bajarse del taburete, y con un lápiz afilado trasladó las medias a la hoja de una libreta, luego se despidió de la mujer.

El sonido de la máquina de coser retumbaba en la casa, día y noche, pero era algo de lo cual la modista ya se había acostumbrado. El sonido por fin cesó, y tomando una aguja para hacer una última puntada dijo: “Costurera sin dedal, cose poco y cose mal”. Delante de ella estaba su obra, un elegante vestido azul con el adorno de una flor artificial junto al escote. Aquella flor le hizo recordar un paraje lejano en la memoria, un lugar en la sierra donde crecían las orquídeas de forma silvestre, en el que vivió y fue otra persona.

Era un joven abogado recién graduado cuando se casó; en un matrimonio arreglado por sus padres, como era la costumbre de la época. Cuando tenía 40 años, su esposa falleció en un infortunado accidente de automóvil. Después de eso, pasaba sus días muy triste, hasta que un día, en el que contemplaba la máquina de coser de su mujer, profundizó sobre su vida. Había aprendido el arte de la costura gracias a su compañera y se dijo a sí mismo: -Siempre hay una oportunidad para empezar de nuevo se llama “hoy”. Lo haría donde nadie lo conociera, donde pudiera vivir como siempre lo quiso hacer, dando rienda suelta a su ser y a su felicidad, escogió un pueblo recóndito en el mapa, se vistió con prendas femeninas, aretes, peluca y medias, caminó por las calles solitarias con su equipaje, llevando por siempre una pañoleta en su cuello para cubrir la manzana de adán. Empezaría con un nuevo nombre, el de su esposa: “Raquel”.

A la mañana siguiente, tocaron la puerta prescindiendo de la aldaba, Raquel asomó su torso por la ventana y con un ahogo que le venía de la sorpresa se dispuso abrir, era su cliente del vestido azul. La joven se miró largo rato en el espejo, de frente, de costado, de espalda. Sí, el vestido le quedaba muy bien. La virtuosa costurera del pueblo tenía una gran habilidad para crear bonitas prendas de vestir, capaz de seguir cualquier patrón hecho en papel o tela y terminar con notable éxito su obra, ya fuese para las labores diarias o para las fiestas más patronales.

Antes de marcharse la joven pidió otro encargo, y se quedó un buen rato hablando con Raquel, aquella mujer dicharachera que disfrutaba al máximo de las conversaciones, una dama tan femenina como cualquier otra, que vivía feliz en un mundo vasto de colores e infinitas posibilidades.

Texto agregado el 08-09-2020, y leído por 36 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
08-09-2020 Qué historia tan interesante... MujerDiosa
08-09-2020 —La verdad es que nunca sabemos quién o quienes se esconden tras nuestra apariencia actual, pero a veces las circunstancias del camino y de la vida facilitan su exteriorización. —Saludos. vicenterreramarquez
08-09-2020 ME ENCANTÓ. Algo distinto...fuera de serie... Gracias por compartir amigazo. Shalom Abunayelma
08-09-2020 Es una buena historia. Comenzar de nuevo en todos los sentidos. Me gustó. Saludos, carlos. carlitoscap
 
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