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Un hombre común y corriente

Recostado sobre la cama, apoyada la espalda sobre una almohada y la cabecera, el hombre hojeaba lentamente con mucha atención, el número más reciente de la revista Interview. Leía un poco y se demoraba bastante en la contemplación de las elocuentes imágenes, que le permitían admirar en todo su esplendor la deslumbrante belleza de Débora Alé. Sin duda ella era bellísima, una mujer digna de contemplarse y saber que en el mundo real, pueden existir mujeres así, tan bonitas, tan sensuales, tan deseables...
Casi hipnotizado, el hombre repasaba con los ojos, una y otra vez, las delicadas y sugestivas curvas de la Alé, sin saciarse de mirar las preciosas piernas, las rotundas caderas, los tentadores senos de leche de aquella Débora hechicera, que parecía pedir a gritos: tócame, poséeme, soy tuya... Era una delicia mirar sus tentadoras formas y fantasear un poco con poder tocar aquellas “tetas” portentosas, antojables a rabiar.
Con un movimiento pausado alargó la mano derecha, hasta tocar con la punta de los dedos el papel suave y colorido de la revista, exactamente sobre los beligerantes pezones de las tetas de Débora. Tragó saliva con dificultad, sentía un nudo en la garganta ante el deseo que en los últimos minutos anidaba en su pecho, en su entrepierna; un deseo que ya se elevaba duro, sólido, hasta lastimar un tanto por el roce forzado con los pantalones de mezclilla. ¡Quién pudiera tener una mujer así, para hacerle con cariño y furia a la vez, el amor! Poseerla con lentitud, sabiduría, ternura, hasta que ella fuera capaz de gritar de placer, satisfecha de las caricias y los besos depositados en cada rincón de su piel de azucena. Con ansias contenidas, frotándose levemente, el hombre pasó su mano sobre la misteriosa protuberancia que ya se alzaba sobre sus pantalones.
No podía más con el deseo ante la sensualidad y la inocencia que parecían irradiar de la Alé. El hombre se levantó de la cama, con la revista en la mano se fue directo al cuarto de baño; era urgente liberarse, aunque la conciencia le dictara que estaba mal y que masturbarse, no era la solución a sus múltiples problemas. Pero era tarde para pensar en cargos de conciencia; como todo hombre joven (apenas había cumplido los treinta y cinco), el deseo lo asaltaba de vez en vez, cuando su organismo lo demandaba con presteza y él tenía que hacerse cargo de satisfacer sus pasiones; porque sentir el deseo de la carne por una mujer como Débora, no podía ser malo si era tan natural enamorarse, querer tener sexo con la mujer amada.
En el sanitario se desabrochó el pantalón y se bajó los calzoncillos, dejando en libertad al monstruo anhelante que llevaba encima. Durante algunos minutos se afanó en feroz lucha con él, apretando, recorriendo con firmeza, macerando con ambas manos a la terrible fiera que pugnaba por soltarse y liberar el manantial tibio portador de mil secretos. La Interview estaba ahí, frente al hombre, donde los ojos pudieran seguir disfrutando del anhelado y prodigioso cuerpo de aquella diosa de revista, entronizada durante un tiempo breve a la calidad de ángel, producto del mercantilismo, jugoso negocio que representa lucrar con el morbo de lo erótico y del sexo un tanto explícito.
Más sereno, luego de lavarse concienzudamente las manos, el hombre abandonó el cuarto de baño y guardó la revista en un cajón bajo llave. Se sintió bien, relajado, dispuesto a cumplir con sus obligaciones y deberes. No se consideraba un hombre perfecto ni especial, tenía bien presente su debilidad de carácter en ciertos aspectos; como cualquier hombre que comete errores o se equivoca, estaba en el proceso de seguir aprendiendo, buscando el equilibrio que le permitiera lidiar con sus demonios internos, soportarlos, combatirlos, que lo dejara ser simplemente un hombre común con sus muchos defectos y, quizás, algunas virtudes.
No dudó más. Caía la tarde, las primeras sombras se agazapaban ya en los techados; faltaban algunos minutos para las siete. La última campanada de la iglesia llamando a misa, había sonado tan sólo unos segundos antes. Abrió la puerta del ropero y con parsimonia, sacó la ropa con la que iba a vestirse. Apenas tardó un par de minutos en ponerse y abrochar hasta el cuello la sotana, para dirigirse con presteza a la sacristía, donde terminaría de colocarse el atuendo para oficiar puntualmente y sin tardanza, la misa de siete.

Texto agregado el 08-09-2020, y leído por 74 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
20-09-2020 Buen relato, Mario. Excelente mirada realista a la patraña del celibato eclesiástico a través del ojo de la cerradura. Los humanos somos seres sexuales y eso es válido para todos, incluso curas, monjas y todo el "gremio". walker
11-09-2020 Nadie los obliga a seguir ese camino, si despues no pueden que renuncien. jaeltete
09-09-2020 Sí que es un hombre común y corriente y quienes no lo creen les falta conocer mejor la naturaleza humana. Justamente ayer pensaba en ese tema. Muy bien llevado tu cuento, Mario querido!!! Aplausos!!! MujerDiosa
09-09-2020 Las restricciones de una iglesia que hoy cae en picada tras el descubrimiento de abusos con menores y esa hipocresía que se sacia de seres vulnerables ha logrado que todo ese aparato caiga en el más absoluto descrédito, enlodando a quienes pudieran actuar con la debida vocación. El padre aquel, sólo fue seducido por una chica despampanante que muestra lo suyo para santos y pecadores. Un abrazo, amigo. guidos
08-09-2020 Más bien un hombre atípico, diría yo. Felicito el remate. gsap
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