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Inicio / Cuenteros Locales / IGnus / Marcelo_Arrizabalaga - Mialmaserena - Fabiangs7 - IGnus. Cuento a cuatro manos "¡QUIERO MI PARAÍSO!"

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¡QUIERO MI PARAÍSO!

1. Marcelo_Arrizabalaga

No tener recuerdos es algo que asusta, por eso, al verme sentado frente a aquel hombre, experimenté el mayor temor de mi vida.
Su sonrisa no lograba tranquilizarme, tampoco sus ademanes bondadosos. Había demasiada perfección en ciertos detalles y la luz que lo seguía era bastante teatral. Su traje blanco armonizaba con el ambiente donde los colores pastel y la suave melodía creaban una atmósfera artificial.
Me ofreció un vaso de agua y preguntó cómo me encontraba. No pude articular palabra. Sentía un vacío inexplicable, una inquietud desconocida hasta ese instante.
Finalmente pregunté: —¿Dónde estoy?
—Tranquilo —respondió —estás en casa, todo está bien.


2. Mialmaserena

—¿Y por qué no recuerdo nada? —dije con desconfianza.
—No es un asunto sencillo de entender. Primero te diré tu nombre: eres Simón Ríos y yo soy uno de tus maestros.
—¿Maestro? ¿Qué tipo de maestro es usted? —pregunté.
—Uno muy especial —respondió —. Mi misión es enseñarte este lugar. Soy tu guía.
—¿Por qué necesito un guía? —dije mirando sus ojos que deslumbraban debido a su color celeste intenso.
—Por una razón muy simple: Estás muerto. Si lo deseas, puedo describirte cómo perdiste la vida. También te ayudaré en este proceso.

Al escuchar esas palabras temí estar volviéndome loco. Pensé que aquello era producto de algún tipo de alucinación y me pregunté si no me habrían secuestrado.
—Sé lo que estás pensando —dijo.

Sufrí un sobresalto ¿Acaso podía leer mis pensamientos? Pero él lo negó; me explicó que estaba acostumbrado a la reacción de los que llegaban sin preparación previa.
Entonces le pedí más detalles.
—Este sitio, aunque te cueste creerlo, es el cielo —dijo —.Tus recuerdos regresarán poco a poco. Es lo normal. Mientras tanto te mostraré el paraíso y conocerás a los demás.

Caminamos por el extenso césped rodeado de margaritas. Había varias personas deambulando por allí. Se veían felices: sonreían y conversaban en voz baja.
En ese momento se acercó una mujer. En su mirada vi serenidad, y cuando habló, noté que su voz poseía una ternura infinita.


3. Fabiangs7

La reconocí enseguida, era mi hermana Carmen, quien había fallecido cuando ella tenía 20 años de edad por una pulmonía. No podía creerlo, lucía con la misma apariencia que la recordaba cuando yo tenía 12 años. Me sentí ansioso de preguntar muchas cosas, mi hermana me pidió que me tranquilizara, y me dijo: “recuerda que siempre te decía en vida, con la paciencia, se gana la ciencia” y señalando al hombre que me acompañaba me explicó: “Marcos es tu guía espiritual, todos tenemos uno y es un alma a ser nuestro tutor terrenal para que nos inspire, nos apoye en la toma de decisiones”.

En ese momento algunos amigos me llamaron por mi nombre, los vi y recibí con alegría, estaban mucho más jóvenes de como los recordaba. Carmen hizo un relato sobre los parientes y sus destinos. Me impresionaba con todo. En aquel sitio no vi a nadie con aflicción, todos vivían felices. Era un lugar de ensueño, muy diverso en riquezas, con mares preciosos, azules, aguamarinas y verdes; ríos que formaban vórtices de agua imposibles; lagunas encantadas, puentes inverosímiles, lugares naturales fascinantes y todo tipo de fauna y flora nunca antes visto. Era tan fantástico, que en cuestión de minutos se podía pasar de un paraje a otro completamente distinto.

A medida que pasaba el tiempo con mi hermana y Marcos, en un momento recordé lo que fue mi vida en el plano terrenal, cuando enfermé sabía que mi tiempo en el mundo físico se había terminado, no podía mejorar, ya no podía volver hacer todas las cosas que solía hacer, había muerto de un cáncer pulmonar que se propagó en mi cuerpo perdiendo así mis facultades motoras. En el último momento de mi deceso, aunque no podía ver, sabía que mi hijo quien había cuidado de mi, había cerrado mis ojos. Ahora me sentía feliz allí.

Un buen día escuché la voz de una mujer que me llamaba, no era la voz de mi hermana, ni la de ninguna mujer con la que me hubiera reencontrado en aquel lugar. Era una voz que escuchaba en mi cabeza repitiendo mi nombre: “Simón Ríos”. mi guía espiritual me propuso que cerrara los ojos, ya que esa voz no era de ese mundo. Así lo hice, en mi mente vi a una mujer de cabello rubio con un peinado sofisticado como para una fiesta. Ella se presentó, se llamaba Samanta, era una médium, me informó que tenía al lado a mi hijo, quien tenía una pregunta para hacerme.


4. IGnus

La voz de la medium era solemne y artificiosa. Se escuchaba como tantas películas en que había visto una sesión espiritista. Hablaba pausado y fuerte como si yo fuera sordo o idiota. Fue entonces que mi mente volvió a hacer clic.
Ya había tenido antes esta sensación, cuando recién había conocido a Marcos, y tanto los detalles como la luz me parecían muy teatrales.
No obstante, mi alma quería darles el beneficio de la duda, ya que el mundo del más allá que me habían presentado era sin dudas maravilloso.

Sin previo aviso, una ola de recuerdos vino a mí, luego de pensar un instante en qué sería lo que mi hijo quería preguntarme. Y esto no era bueno.

Otra vez me preguntaba si no estaría volviéndome loco. Marcos, que de nuevo parecía leer mis pensamientos trató de recordarme que debía prestar atención a mi hijo, pero mi mente ya estaba en otro lado.

Debía ser sincero con mi propia conciencia. ¿Estaba bien que yo fuera al paraíso? No tanto, teniendo en cuenta las cosas terribles que había hecho durante mi vida y ahora podía recordar. Fui cruel y despiadado con aquellos que me servían. Fui avaro y siempre traté de sacar ventaja en todo. En consecuencia me fue muy bien en lo terrenal. Había acumulado una gran riqueza, que me hubiera permitido vivir con lujos durante muchos años. Pero tenía que llegar la maldita enfermedad…

Otra ola de imágenes asaltó mi mente como una inundación, y ahora podía recordarlo todo. Algo no había funcionado bien. Había invertido demasiado dinero en esto. No podía fallar. Pero no me cabían dudas de que así había sido. Era lamentable. Me hubiera gustado de veras haber tenido un hijo, y que él me extrañe…

Cuando se acumula una riqueza desmedida, uno se mal acostumbra a los placeres y sobre todo a los caprichos. Como un niño que quiere helado, somos capaces de golpear el suelo con rabia, si no se nos complace en la forma en que queremos. Imagínense lo que pasó conmigo cuando me enteré de que tenía una enfermedad mortal e incurable. Ni todo el dinero del mundo podría salvarme.
Ante esta situación, ya que iba a morir sin dudas, y según los sacerdotes que me visitaron, si no me arrepentía mi alma se quemaría en el infierno; decidí comprar un paraíso a medida. Disponía del dinero necesario.

Hice fabricar un edificio, en una isla desierta en medio del Pacífico, donde me internaría hasta el fin de mis días. Allí, hice instalar una supercomputadora que estaría conectada a mi cerebro, y en la que hice cargar toda la información posible sobre mi vida, amigos, o familiares que hubieran muerto. Sus recuerdos tenían que estar ahí para mí. Mi cuerpo estaría dormido, y mi mente viviría una ilusión lo más realista posible, controlada por decenas de operadores que me harían vivir la experiencia como si, y esto es irónico, en verdad estuviera muerto.

No me importaba si luego de esto moría de verdad y mi alma iba a parar al infierno. Al menos lo habría disfrutado.

Hubiera querido continuar con la experiencia, pero parece que la droga cuya misión era hacerme olvidar mi verdadera vida había fallado.

Poco a poco, estaba recuperando la conciencia, y la acompañaba un gran dolor de cabeza. Mis extremidades se desentumecían. Sin abrir los ojos aún, calculaba lo que estaba sucediendo. Se supone que la cámara criogénica donde me habían colocado me mantendría en estado de suspensión durante mucho tiempo. Pero también parecía fallar, mi mente comenzaba a detectar todas las partes de mi cuerpo; tan intenso era el dolor que llegó a continuación, que me obligó a sentarme y abrir los ojos.
Los cables de mi cabeza se desconectaron de golpe, y a través del vidrio pude ver a los operadores que habían estado controlando mi sueño… O al menos lo que quedaba de ellos: simples esqueletos con ropas.
Algo no estaba bien. Mi voz salió como un ronquido cuando pregunté a la máquina:

—Computadora: ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que estoy aquí?
La voz automática confirmó mi sentencia:
—Han pasado doscientos noventa y seis años, tres meses y cuatro días.

Mi verdadero infierno acababa de comenzar.

FIN

Texto agregado el 09-09-2020, y leído por 107 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
24-09-2020 Buena lección. El paraíso no se gana por izquierda. Excelente trabajo. Vaya_vaya_las_palabras
10-09-2020 Lo que no me queda claro es lo del hijo, qué pregunta, existe o no? Ninive
09-09-2020 ¡Genial! Muy bien compaginado el trabajo en conjunto. Y tu final, Ignus, es digno de aplausos. Felicitaciones a todos. Mnemosine
09-09-2020 Un relato que armoniza muy bien la creatividad y lucimiento de cada uno de sus participantes, además con un excelente remate. Felicitaciones por el ejercicio! Saludos, sheisan
 
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