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Inicio / Cuenteros Locales / IGnus / Un ángel, en medio del infierno

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Me encantan los días fríos.

Sin duda, algo de mi experiencia influye en eso, pero no puedo evitarlo, ni quiero. Soy un sobreviviente, y lo seré hasta el último de mis días.

La escarcha se acumula a los lados de la ruta, mientras mi automóvil recorre raudo los pocos kilómetros que me faltan para llegar a Chippewa Falls, en Wisconsin. Esta vez estoy seguro de estar tras la pista correcta.

Mi voz interior me dice: "También estabas seguro en las otras veinticinco ocasiones"

Es verdad. Sin embargo esta vez un presentimiento me dice que la verdadera Molly abrirá la puerta.

La busco desde hace quince años. Sólo tenía su nombre, y una promesa sellada con el honor.

Fue el 11 de setiembre de 2001. ¿Cómo olvidarlo?

Ese día, la maldad humana se transformó en fuego, sangre y dolor, a través de un incomprensible acto terrorista que terminó con miles de vidas inocentes. Sí, yo estaba ahí.

Mi oficina estaba en el piso 87 de la Torre Norte. Esa mañana, lo recuerdo muy bien, estaba hablando por teléfono con un cliente. Poco antes de cortar la comunicación (había logrado una buena venta), sentí un temblor impresionante. Todo se movió en la oficina, incluidos mi escritorio, mi silla y yo. Fuimos desplazados unos dos metros a la derecha.

Todos nos miramos desconcertados durante unos segundos. Alguien gritó: "¡Fuego!", y todos comenzaron a desesperarse. No era para menos. Estábamos en el piso 87, y podíamos ver el humo proveniente de muchos pisos más abajo.

Los más veloces ganaron los ascensores, mientras los más prudentes comenzamos a bajar por las escaleras.

Yo pensaba rápido. Si el fuego estaba más abajo, entonces sería imposible descender. No obstante, la marea humana me llevaba sin posibilidades de ejercer mi propia voluntad.

De todas formas, ir hacia arriba hubiera sido lo mismo. Tarde o temprano el fuego subiría, y terminaría por calcinar también los pisos superiores.

Cuando llegamos al piso 70, el calor era infernal. Algunas personas estaban desmayadas en las escaleras, los que seguían descendiendo los pisaban sin miramientos. Era una lucha por la propia vida.

Sin querer, toqué uno de los pasamanos, y tuve que retirar la mano al instante. Ardía.

La multitud me seguía empujando. El aire estaba viciado ya. Se podía sentir el olor del humo. Tomé mi pañuelo y lo coloqué sobre mi nariz y boca. Lamenté en ese momento no haber tomado la precaución de al menos humedecerlo, pero es como sucede siempre: "Si hubiera hecho tal cosa..."

Cuando llegamos al piso 65, hubo un desbande total. El piso completo estaba en llamas, y el fuego trepaba por las escaleras. Algunas personas recibieron terribles quemaduras, y sus gritos de dolor hicieron retroceder al resto.

El estado del piso era desolador. Había personas muertas desparramadas por el suelo, mientras las llamas se encargaban de devorar sus cuerpos con rapidez. El hedor era insoportable, y la falta de oxígeno era notoria.

Alguien logró cerrar la puerta, y las llamas se quedaron del otro lado. Algunos pasamos rápido, mientras a otros el temor los paralizaba.

Pude ver cómo un hombre desesperado por el calor y el miedo, encontró una ventana abierta y sin dudarlo saltó al vacío. Fue escalofriante. Era imposible sobrevivir a la caída, pero el miedo a morir calcinado era aún mayor.

Yo seguí intentando bajar. "Soy un sobreviviente", repetía para mis adentros, mientras superaba obstáculos y saltaba sobre los cadáveres de otros que no tuvieron tanta suerte.

No sé cuándo me quedé solo, rodeado de muerte. Mis compañeros de infortunio, hasta poco antes descendían a mi lado, pero desaparecieron como por arte de magia.

Entonces en verdad tuve miedo.

Frente a mí, había un hueco enorme, desde donde se podía ver el cielo. Las llamas calcinaban todo a mi alrededor. Me quedé petrificado, porque frente a mis ojos, pude ver algo que no podía o no debía estar ahí: Una turbina de avión, o más bien, los restos de ella.

Esa visión me descolocó. Era imposible.

Por ese motivo no pude ver a tiempo el trozo de pared. Se derrumbó sobre mí. No era muy pesada, pero atrapó mi pierna, provocándome un lacerante dolor.

Los verdaderos ángeles, aparecen en tu vida en los momentos cuando crees ya no tener esperanzas. Entonces llegan ellos, te tocan con sus inmaculadas alas, y te salvan de las peores situaciones. Lo irónico: No asemejan ángeles, pero lo son.

Mi ángel se llamaba Harry (lo supe un rato después), tendría unos cuarenta años y apareció en el momento preciso, con su capa roja y su casco para ayudarme a salir de los escombros. El bombero me cubrió con la capa, y me ayudó a caminar hacia las escaleras.

—Gracias.

—No pierdas tiempo en agradecer. ¡Tenemos que salir de aquí!

—Me llamo Tom. Mucho gusto.

—Harry —dijo el bombero, estrechando mi mano.

Como pude, corrí con él por las escaleras hacia abajo. A partir de donde estábamos, el calor iba disminuyendo. Habíamos superado la parte más ardiente del edificio.

Sólo faltaban seis pisos, cuando escuchamos varias explosiones sucesivas.

—Esto se acaba. ¡Corre!

No habíamos recorrido dos pisos, cuando una gran parte del techo se derrumbó sobre nosotros. Salí indemne, pero mi nuevo amigo quedó atrapado por los escombros.

—¡Déjame ayudarte!

El bombero jadeaba de dolor.

—¡No! ¡No pierdas tiempo! ¡Corre! Abajo están mis compañeros. Pide ayuda, ellos tienen herramientas para sacarme.

Me di vuelta, y Harry me estaba llamando:

—¡Espera!... Dile a Molly que la amo.

Asentí con la cabeza, y salí corriendo como alma que lleva el diablo.

Aquellas palabras del bombero resonaban en mi cabeza. Lo sentí casi como una despedida. Como si él en realidad supiera que no iba a salir con vida.

Cuando llegué a la planta baja, me encontré con un grupo de bomberos portando un uniforme igual al de Harry, y lo supe al momento: Eran sus compañeros. Sin demora los puse al tanto de lo sucedido, y seis de ellos comenzaron a correr por las escaleras, en búsqueda de su amigo.

Apenas había dado diez pasos fuera del edificio, cuando un enorme temblor sacudió la Tierra.

—¡Corran! —Gritó un oficial de policía, y todos comenzamos a correr sin mirar a donde.

Un rugido parecía tronar en mis entrañas. El ruido era ensordecedor. A los pocos segundos, una nube de polvo cubrió todo a mi alrededor. Cerré los ojos por instinto, y a tientas continué caminando hacia adelante.

Detrás de mí, la Torre Norte del Word Trade Center acababa de derrumbarse, sepultando a Harry, a todos sus compañeros, y a miles de personas más en una inmensa tumba compuesta por toneladas de escombros.

Pasaron varias semanas hasta que logré recuperarme de las heridas en mi pierna, sin embargo la herida en mi alma permanecerá hasta el fin de mis días. Y en medio de todo ese dolor, el rostro de Harry se me aparece diciendo: "Dile a Molly que la amo".

Lo tomé como algo personal. No tenía otra opción. Debía encontrar a Molly, y transmitirle el mensaje que mi salvador me había confiado. Era una cuestión de honor. Se lo debía.

Lo primero fue concurrir al departamento de bomberos. Todos los compañeros de Harry habían muerto en el derrumbe, por lo tanto era muy difícil averiguar algún dato sobre la tal Molly. Luego de observar muchas fotografías de los bomberos muertos (para identificar a Harry) , pudieron decirme su nombre completo: Harry Stevenson. Pertenecía al departamento desde cinco años antes. No tenía esposa, aunque nadie pudo decirme si tenía alguna novia.

Me dediqué a buscar a Molly, tal vez era alguna novia. Harry no era casado.

Pasé los últimos quince años tratando de encontrar datos acerca de ella. Era difícil. Demoré mucho en encontrar algunos amigos de mi salvador. Daba la impresión de que su vida transcurría en el cuartel.

Visité a veinticinco mujeres llamadas Molly, y ninguna de ellas conocía a Harry. Había obtenido sus datos a través de diferentes contactos, y valía la pena intentarlo. Después de todo, estaba viviendo tiempo extra gracias al bombero, y le debía al menos ese esfuerzo.

Sin embargo, con la última sucedió algo curioso y diferente. Ella sí había conocido al bombero. Dijo haber pasado sólo una noche con él, pero estaba segura de que él no la recordaba en lo absoluto.

—Lamento no poder ayudarle.

Ya me retiraba, cuando ella volvió por mí.

—Escuche. Yo creo saber a quién se refería Harry. Tome esta dirección. Pero le pido por favor que jamás me mencione. A ella no le gustaría.

—Su secreto permanecerá a salvo. Puede confiar en mí.

Entonces me encaminé a Chippewa Falls, con un presentimiento en mi corazón. Esta vez sí esperaba encontrarme en el camino correcto hacia la mujer que robó el corazón de Harry Stevenson, así como su última voluntad.

La casa era pequeña. La cabaña de madera evidenciaba una necesidad de pintura nueva. No obstante, las ventanas estaban adornadas por unas hermosas flores, que cubrían por completo también el porche.

Golpeé la puerta con expectativa. Mi corazón latía desbocado.

Una chica de alrededor de veinte años acudió a abrir.

—Perdona. Estoy buscando a una mujer llamada Molly. ¿Tal vez tu madre está en casa?

La chica me observó con cierta desconfianza. Por un instante olvidé que era un completo extraño para ella, y ni siquiera me había presentado. Traté de corregir mi error:

—Perdón. Mi nombre es Tom Ravier. Soy un... amigo de Harry Stevenson, un bombero de New York. ¿Por casualidad te suena ese nombre?

La chica, que momentos antes mostraba un bellísimo rostro, cambió su expresión por completo. Parecía haber visto a un fantasma.

—¿Cómo me encontró usted? ¿Cómo conoce a Harry Stevenson?

¿Ella era la Molly que estaba buscando? ¡Pero era imposible! Esta chica apenas tendría veinte años. ¡Al momento del atentado ella tendría sólo cinco!

Sólo necesité un instante para comprender la situación. Tuve ganas de golpear mi frente con mi palma abierta por ser tan estúpido.

—Él era tu padre. ¿Verdad?

Ella asintió con la cabeza, aún sin poder reaccionar.

Entonces, la misteriosa Molly, a quien visité antes, era su madre. De esa relación de una noche había nacido esta hermosa niña, y Harry, en sus momentos finales, cuando ssupo que iba a morir, quiso dedicar un último pensamiento a lo más bello que la vida le había dado: su hija Molly.

Me sentí muy conmovido entonces, no sólo por el valor de quien me había salvado la vida, sino por su enorme corazón, y el amor que él sentía por esta niña, quien ahora me miraba con ojos rojos, a punto de llorar.

Le expliqué entonces mi historia. Le relaté los hechos sucedidos en la Torre Norte, y cómo su padre se había comportado como un verdadero héroe, al salvarme la vida. También le relaté acerca del último pensamiento de Harry el cual estuvo dedicado a ella, y allí fue donde la niña rompió en llanto.

Y yo también lloré, mientras intentaba contenerla. Al fin había culminado mi búsqueda, y había cumplido el deseo de Harry. Sólo faltaba una cosa:

—Harry te amaba, y me pidió que te lo dijera.

Entonces, el mundo volvió a su cauce, y quince años de dolor se esfumaron para convertirse en esa pequeña palabra que lo decía todo: amor.

Texto agregado el 11-09-2020, y leído por 126 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
12-09-2020 Yo tambien estoy lagrimeando, hermoso, muy hermoso. jaeltete
12-09-2020 Vuelvo a releerlo y me gusta. Buen cuento amigo. Te dejo muchas estrellas ********** Vaya_vaya_las_palabras
11-09-2020 Lograste atraparme con el relato, y conmoverme. Una excelente descripción de un terrorífico suceso. ¡¡MIS FELICITACIONES!! Shalom amigazo Abunayelma
11-09-2020 ante un buen cuento comento, ante un cuento cursi no lo escribo públicamente ,para eso estan los libros de visitas..El cuento es bueno por el ritmo, por la parte del escape del incendio, por la descripción de la bestialidad humana cuando se trata de salvar el pellejo, y por la gratitud que se le debe a quien te ha salvado la vida. Te felicito. Ninive
11-09-2020 Espera, Memo Sava, todavía no llega a las comas este man. eRRe
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