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Eileen va a venir a cocinar a casa, me dijo Cecilia.
¿A cocinar a casa?, le pregunté.
Se ofreció para venir a cocinar.
Con mis cuarenta años, virtuosamente o desafortunadamente, yo ya no comía vidrio.
Algo te va a querer vender, le dije.
Soy médico. El régimen de residencias es de un rigor extremo, se trabaja de lunes a lunes por 4 años. Uno se enfrenta al dolor, a la desesperanza y a la muerte de cada paciente momento tras momento, y a decir verdad, muchas veces los médicos nos quedamos sin herramientas para aliviar al que sufre. Tuve un burn out. Llegado el final de mi residencia fue demasiado, tenía dos hijos chicos, las cosas con Cecilia estaban tensas (los dos siempre muy cansados), impuestos por pagar, deudas, presiones de los jefes de guardias. Estallé. Empecé a tener mucha ansiedad y estados de pánico. Me deprimí. Me tiré a la cama y empecé a pensar en suicidarme. Me internaron en una clínica psiquiatrica por quince días y toqué fondo. Sentí que era un discapacitado, que ya no iba a poder sostener a mi familia, cuidarlos, ser un padre sano para mis hijos. Eso sucedió para que yo me acercara a la iglesia de los mormones. Allí la conocí a Eileen.

Eileen llegó a casa un viernes a la noche. Venía a cocinar. Yo no sabía bien qué significaba eso aunque sí tenía claro que algo nos iba a vender. No me pregunten cómo lo sabía, tal vez porque he sido vendedor de celulares en algún momento de mi vida. Eileen llevaba una valija azul.
Holaaaaa ¿cómo está la familia?, dijo mientras entraba.
La recibimos como quien recibe a una estrella de cine muy querida. Nos dispusimos a los lados y ella pasó por el medio. Eileen nos dio un abrazo a cada uno. Puso la valija azul sobre la mesa y siguió hablando. No sé bien qué decía pero eran cosas simpáticas. De la valija sacó una bolsa con verduras y un trozo de pollo, después una olla. Eso es lo que nos va a querer vender, pensé. Y sí, era eso nomás. Nos hizo sacar la olla que nosotros usábamos habitualmente y procedió a hacer unas pruebas. Una de ellas era poner agua de la canilla en la olla nuestra y otro poco en la olla de ella. La de ella era de un acero especial que no se rayaba ni la comida se pegaba. Hizo la prueba con el agua y las ollas y nos demostró cuanta mugre acumulaba nuestra vieja y querida olla. Después de calentarla un poco nos hizo probar el agua que había en nuestra olla y verdaderamente sabía asquerosa. El agua de la olla de ella sabía limpia.
Eileen era inmigrante. Venía de un país que había quebrado. Alguna vez había sido un país próspero con abundancia de petróleo pero una serie de malas dirigencias políticas había llevado a una hiperinflación, a la escasez de los recursos como la electricidad, el agua y el gas. Faltaban las medicinas en los hospitales. El sueldo de la gente era equivalente a un maple de huevos. Como muchos de ellos Eileen había emigrado hacia nuestro país, que también había conocido la prosperidad pero con el último gobierno neoliberal también estaba en camino de una crisis severa. Eileen solía ser una gerenta de banco, su esposo el dueño de una distribuidora de neumáticos. Tenían dos hijos, uno de 16 y el otro de 11. Y también vivían con ellos la madre y el padre de Eileen. En el otro país solían vivir en un barrio privado e irse de vacaciones varias veces por año, tenían tres o cuatro “carros” como le dicen ellos a los autos, y vivían en abundancia. Pero eso se había terminado y tuvieron que buscar nuevos horizontes.
Eileen puso la pechuga de pollo, papas, camotes, zanahorias y zapallitos dentro de su olla. Sin aceite ni sal. Hizo hincapié especialmente en eso. “Sin aceite ni sal”. Se explayó en los beneficios para el corazón, la presión alta, la diabetes, el hígado y los riñones.
En quince minutos estará listo, dijo. Acomodó el fuego en moderado.
Habló del ahorro de gas, de energía, de tiempo, las ventajas de cocinar en su olla especial de acero quirúrgico. Cecilia y yo escuchamos, los chicos se habían ido a la pieza a jugar. Se los escuchaba gritar y reír. En un momento me quedé afuera de la situación, entré en un silencio inmenso y observé a Eileen. Estaba bien vestida, con una pollera ajustada al cuerpo, una camisa blanca un poco escotada, las uñas pintadas, el pelo peinado. Un collar de perlas al cuello. Seguro que eran esas perlas truchas de bijouterí común y corriente, pero le quedaba bien. Me quedé observando el collar. Volví a sentirme en el lugar cuando pasaron los quince minutos y Eileen levantó la tapa de la olla. Una nube de vapor se elevó como si fuera el genio de la lámpara de Aladino. Cecilia le alcanzó una espumadera. Eileen comenzó a sacar las verduras y el pollo. Las colocó sobre un plato. Efectivamente nada se había pegado al fondo de la olla. Limpio. Pulcro. Inmaculado se veía el fondo de la olla. Eileen sonreía como si fuera una maga que recién termina exitosamente un truco.
Tomó un tenedor y un cuchillo y cortó la pechuga de pollo que estaba perfectamente cocida. A decir la verdad yo no esperaba que estuviese bien cocida después de solo quince minutos. Era una pechuga gruesa y carnosa.
Dispusimos la cena con cierta ligereza y nos sentamos los tres. Los chicos seguían jugando en la pieza. Probamos el pollo y realmente era sabroso. Lo mismo las verduras.
¿Pueden saborear cómo las verduras no han perdido el sabor?, preguntó Eileen.
Después habló de que ese tipo de cocción permitía mantener intactos en la carne los minerales, proteínas y nutrientes beneficiosos para nuestro organismo. Mientras comíamos, en realidad era probar, porque era poco, Eileen volvió a desplegar el papel de vendedora. Yo esperaba que dijera el precio. Habló de lo excelente que eran las ollas. Nos mostró unos folletos y unas fotos de los famosos que las usaban. Mis hijos aparecieron a decir que tenían hambre. Me levanté, les hice una chocolatada a cada uno y les di un paquete de merengadas. Eileen había guardado el precio de las ollas para el final. Yo ya lo sabía, no tenía cuarenta años al pedo, había sido vendedor. Sabía que el precio iba a ser carísimo, y así fue, salían 50000 pesos, en muchas cuotas por supuesto, pero 50000 pesos era mucho más de lo que ganaba mi esposa como administrativa en el sanatorio de niños. La miré a Cecilia, le dije imposible. Imposible, dijo ella.
Nos cuesta decir que no, pero le tuvimos que decir que no a Eileen. Ella nos dijo algo así como ¿la salud de cocinar en una buena olla tiene precio? Y sí, lo tenía, no podíamos pagar 50000 pesos por unas ollas aunque fueran lo mejor del mundo.
Otra vez el silencio, otra vez me sentí en una burbuja de silencio, y pensé, pobre, Eileen, no le debe vender estas ollas a nadie. Dios mío. Me causo desesperación verla lavar la olla, guardarla en la valija azul, agradecernos por haberle permitido cocinar en nuestro “hogar”. Eso dijo, no dijo: gracias por dejarme cocinar en su “casa”, no dijo “casa”, dijo “hogar”. Como imaginé que debía tener poca plata para tomarse un taxi hacia su ¿hogar?, me ofrecí a llevarla en el auto mío.

La lleve hasta su casa. En el camino hablábamos de la Fe en Dios, de la iglesia, de que ella se había bautizado hace poco. Yo también, le dije, y le hablé de mi experiencia, de haber tocado fondo y de solo haber encontrado una salida en la religión. Ella me contó de su vida en el otro país, de lo bien que habían sabido vivir, de sus lujos y sus viajes.
Ahora ustedes, mis hermanos de la iglesia, son mi familia, dijo.
La dejé en su domicilio. La vi cerrar la puerta y saludarme. Arranqué el auto y anduve un par de cuadras. Me detuve. Había un kiosco. Los mormones juramos no fumar, pero me bajé, me compré un pucho y lo encendí. En la braza que ardía cada vez que yo pitaba pude ver a Eileen. Entraría en el comedor y los padres, el esposo y los hijos estarían comiendo arroz con huevo.
Bueno provecho, diría ella.
Todos le contestarían con un humilde entusiasmo. Ella les daría un beso a los hijos, un pico al esposo y un abrazo a los padres. Después iría y se encerraría en el baño. Se subiría la pollera, se bajaría la bombacha y orinaría. Después con ambas manos se volvería a acomodar la pollera. Se miraría en el espejo. Se acomodaría el pelo. Haría un mal movimiento y se rompería el collar de perlas. Las perlas rodarían por el suelo. Ella las observaría desparramarse como lágrimas sobre los azulejos del piso.
A mí no, sentenciaría. A mí no.
Se agacharía y comenzaría a agarrar las perlas y a ponerlas en la palma de la mano.
Yo terminé en cigarrillo. Lo tiré a la calle y lo observé, era tan diminuto pero su brasa parecía tan valiente. Arranqué el auto y anduve hasta mi casa.



Texto agregado el 12-09-2020, y leído por 54 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
13-09-2020 Me gustó cómo lo hiciste. Lo que no convence es que se nota mucho que estás hablando todo el tiempo de vos. guy
13-09-2020 Un trocito de historia de vidas comunes. De carencias y realidades que duelen. Un abrazo, sheisan
12-09-2020 tanto para contar nada troya_
12-09-2020 Me encantó tu texto. Una manera muy singular de escribir la tristeza de ciertas cosas. Buenísimo, gracias. MCavalieri
 
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