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Inicio / Cuenteros Locales / DesRentor / Ecos en los pasillos.

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Los pasillos eran enormes en ese entonces. Hacían eco cuando gritábamos jugando por las escalas, como pequeños perros ladrando por las ventanas, como pájaros emprendiendo el vuelo. Eran rojos y las murallas blancas, acumulando polvo y recuerdos que ahora se presentan como una canción y una imagen algo dispersa de tu cara sonriendo o al menos eso creo.

Tengo que creerle a esa memoria que invade la mente que poseo cada año, tratando de no olvidar ese pasado. El pasado alegre de tenerte a mi lado y bajar corriendo a jugar a la pelota al patio del edificio, antes de que tuviera una bicicleta para aprovechar mejor el espacio. Y a veces también te imagino ahí, afirmando el asiento, dándome el primer impulso de ventaja para mantener el equilibrio que tanto me hace falta cuando llegan estas fechas tan desadaptadas, tan oscuras y tan llenas de pedaleos sin sentido cuesta arriba por esta montaña de sentimientos. Duelen las piernas de tanto buscarte en mi cabeza. También duelen por estar agachado escarbando la caja de fotos donde te veo más joven de lo que yo hoy soy. Más alegre y más vivo de lo que puedo sentirme. Qué buenas fotos tienes, yo guardo las mías en otro lugar.

Ahora los pasillos del edificio son negros, o quizás así los veo, y las murallas siguen siendo blancas pero están sucias, llenas de palmas de manos que ahora no existen y que quedaron marcadas entre muchas otras donde no logro identificar las tuyas. A veces camino colocando mis manos en cada una de ellas tratando de descifrar el misterio de por qué sucedió todo esto. Creo que estoy alucinando las manos. Realmente es difícil que hayan sobrevivido tantos años ahí marcadas.

Despierto en la noche a veces escuchando los ecos, pero no de los juegos, si no de los soldados abriendo a patadas las puertas, los gritos de los indefensos y los llantos de muchos niños como yo, que vieron cómo te llevaban sin saber qué habías hecho mal mientras mi retina grababa las últimas imágenes de ti. Qué delito fue el que te culpó a esa situación tan desagradable y desafortunada. Porque creo que mal padre jamás. Creo, porque ellos me han tratado de convencer de lo contrario y mis imágenes no guardan en ningún lado la maldad que veo en las fotografías de la caja que ahora acumula también ecos y lágrimas.

Tengo pena y rabia, papá. Es tan injusto crecer odiando algo que no entiendes. Pero tan sano sentirlo y liberarlo. No me acuerdo de tu voz pero sí recuerdo la última sonrisa que me diste hincado en el pasillo, manos en la nuca, cuando te sacaron de aquí. Como si se tradujera en la calma y tranquilidad que ahora busco entre tantas cosas tuyas que guardé para no olvidarte, para sonreír y acordarme de ti.

Prefiero venir al edificio en estas fechas que visitar una tumba con tu nombre sabiendo que está vacía. Prefiero seguir llenando de sonrisas el edificio que desperdiciar pasos en un cementerio que guarda cajas sin fotografías de padres y madres sin sus hijos.

¿Habré sido yo y la mamá tu último pensamiento?

47 años es demasiado tiempo perdido para contestarse a uno esa pregunta y mucho tiempo de extrañar a un padre que algún día vuelva a llenar de ecos de juegos los pasillos y murallas de este lugar.

Texto agregado el 14-09-2020, y leído por 30 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
16-09-2020 IMPACTANTE Y CONMOVEDOR. Recuerdos que afloran y se mantienen siempre presentes. Gracias por compartir, amigazo. Shalom Abunayelma
15-09-2020 Es muy, muy triste y terrible. Está contado desde la belleza. Emociona. Gracias. MCavalieri
14-09-2020 Me emociona tu texto. Un abrazo. Mialmaserena
 
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