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Inspiró, tragándose el humo imaginario de ese cigarrillo que sostenía invisible entre sus dedos. Un algo placentero resbaló por su piel y se aposentó en su pecho. La noche refrescaba en la soledad del campo y un reguero de luciérnagas dibujaba caminos de plata. Inspiró una vez más y aromas tostados, volutas cenicientas y una incandescencia que jamás visualizó cuando fumaba de verdad, lo acompañaron en sus cavilaciones.
Alzó su vista para deslumbrarse con la luminosidad cristalina de los astros. Y continuó divagando entre pitadas virtuales, trasegando el aroma de los pastizales que se extendían en la penumbra como un calmo océano de petróleo.
“La vida es un perro loco” meditaba Alberto. “Un perro loco y pulguiento que no nos da tregua”. A los cincuenta años se le coló un cáncer en uno de sus pulmones y de allí se lo quitó el cirujano, pero acechaba la metástasis, ese ovillo insincero que va tejiéndose en los órganos adyacentes, acortando expectativas y rediseñando las costumbres de un cristiano. Venirse al campo fue una de ellas, para aspirar aire limpio, caminar lento por las huellas que hicieron el hombre y los animales y, por supuesto, fumarse uno de esos cigarrillos carísimos que creaba en su imaginación.
Suspiró en la noche quieta. Felicia se le dibujó entre las constelaciones que hormigueaban en la oscuridad plena, un recuerdo o una invocación sin sentido, puesto que su mujer jamás tuvo vocación de dueña de casa y mucho menos de enfermera, que era el camino lógico, trazado por la contingencia. Recordó su imagen desvaída asistiéndolo tras el pos-operatorio, extendiéndole un medicamento y un vaso de agua. Un par de días después apareció Rosa, una enfermera contratada por Felicia, quien se haría cargo de sus necesidades. Al mes, su mujer le confesó que había luchado, sí, había luchado con todas sus fuerzas con esa forma de ser suya para comprender que no podía, que sinceramente ya no podía con todo eso, con su enfermedad, con los medicamentos y con toda la rutina sórdida que significaba estar preocupada de alguien enfermo de cáncer. Y que bueno, que ahora estaba Rosa y que ella lo dejaba porque una enfermedad como la suya no troncharía sus sueños. Y se fue, quedando el hombre estupefacto, sombrío y con esta situación sorpresiva royéndole el alma como si fuese otro cáncer.
Sin ataduras, puesto que no tuvieron hijos, abandonó todo y se vino al campo. Prefería la soledad y no el bullicio citadino, que contrastaría con la desolación de su espíritu. Hojeaba por enésima vez un raído libro al que le faltaban un par de hojas. Era menester reescribir mentalmente el curso de los acontecimientos para empalmarlos con el argumento, un ejercicio que de algún modo lo incentivaba a continuar retirándole otras tantas, para inventar una nueva trama, que equivalía a un singular diálogo con el autor, una sociedad en la que él imponía sus términos y sus propias decisiones argumentales.
Ladridos lejanos lo pusieron en alerta. La quietud del campo permite agudizar los sentidos y ese barullo nocturno de perros alborotados que crecía, lo obligó a asomarse a la puerta. Pancho, un campesino que vivía en las cercanías, le avisó que se aproximaba un automóvil. Ambos, aguardaron expectantes la llegada del vehículo.
Quien descendió del coche fue su suegro, que desesperado se abalanzó sobre él.
-¡Es…Felicia! ¡Ha sufrido un grave accidente y está internada en la Posta Central!
-¿Qué le ocurrió?
-Iba con Carlos Guillén a la costa y… se desbarrancaron. Ambos están gravísimos.
Su suegro comenzó a sollozar: -Supe que estabas en la parcela y bueno, ¡tenías que saberlo!
Alberto lo abrazó. Siempre se estimaron, ya sea porque ambos eran dos tipos tranquilos, de costumbres sencillas y palabras sinceras. Y Felicia continuaba siendo su mujer. Sin dilatar más el momento, partieron en el mismo coche a la ciudad.
El médico les informó sin ambages que Felicia estaba muy grave y que las próximas horas serían concluyentes. La imaginó envuelta en vendajes y pensó que el recuerdo de ella en el campo, pudo haber sido un aviso. O una premonición. Pero Alberto no creía demasiado en esas cosas y sólo se dedicó a contemplar la soledad de la sala de espera y ese reloj que parecía estar detenido. Para Andrés, Felicia era hija única. Viudo desde hacía unos diez años, vivía en un pequeño departamento ubicado en el centro. Le era imposible disimular el intenso dolor en que estaba sumido y ni el café que le extendió Alberto pudo reconfortarlo.
Dos horas después, el doctor se aproximó a ellos.
-Ella ha reaccionado bien. Pese a sus heridas y contusiones, puedo asegurarles que lo peor ya pasó.
La alegría se reflejó en la mirada brillosa de ambos. Una sombría nube comenzaba a deslizarse suave, para devolverles la luz de la esperanza.
Felicia ya está en su hogar y es Alberto quien la atiende con esmero. Quizás este ejemplo provoque un cambio profundo en la actitud de esta mujer. Por de pronto, deberá superar una leve cojera, pero ya se aprecia una cierta dulzura en su sonrisa agradecida. Y para Alberto, que nada pide y sólo le prodiga toda su atención, esa sonrisa podría ser un nuevo comienzo. O una curiosa metástasis de las circunstancias que los transforme a ambos en un ovillo. Quizás sea bueno fumarse uno de esos cigarrillos imaginarios que confunden esperanzas con bocanadas saludables, piensa, con un bosquejo de regocijo creciéndole en el pecho.












Texto agregado el 24-10-2020, y leído por 73 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
25-10-2020 Está muy, muy bueno, querido Gui!!! Un beso. MujerDiosa
25-10-2020 Un final esperanzador. Me encantó. Saludos. Clorinda
24-10-2020 Una belleza. MCavalieri
24-10-2020 —Los caminos de la vida no son los que yo esperaba, dice la canción, y es cierto todo camino es incierto, pero a veces hay caminos dañados que es posible que sean reconstruidos; y si por salud se puede hacer fumando un cigarrillo imaginario, mucho mejor.— Un abrazo. vicenterreramarquez
24-10-2020 Excelente Guidos. Un relato atrapante con personajes que se sienten muy reales. Me encantó. Felicitaciones! sheisan
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