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Inicio / Cuenteros Locales / Fantasmagoria / Proyecto Expansión - Capítulo 1

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Rivera sale desnudo al balcón. La neblina de la madrugada es amarilla, la luna casi llena: una yema muy cocida. Suspira, un poco borracho. Enciende el cigarrillo con la expresión cansada. El aire le resulta demasiado afilado.
La 1:25 AM marca el reloj proyectado en el cielo con caracteres fosforescentes.
Aunque sea por el tiempo que duren las pitadas, Rivera quisiera vaciar los pensamientos con la facilidad de quien vierte un balde con agua. Pero la luz del chip titila frenéticamente dentro de su muñeca. Su próxima conexión está próxima a vencer.
Piensa que el tiempo usa zapatos de gigante. Es una cucaracha a punto de ser aplastada.

Cuando La Expansión llegó el poder, las tasas de natalidad habían caído a niveles impensados. Esta vez no se trataba de profecías, sueños premonitorios o alucinaciones paranoides. Las consecuencias del Gran Verano habían sido tan inevitables como nefastas. La especie humana se encaminaba hacia la extinción. Todo gracias a su ávida mano. Y gracias a su ávida mano, llegó La Expansión al poder.
Prometieron una gestión Triple E.
Eficiente
Efectiva
Eficaz
Sólo unos pocos entendieron las diferencias entre aquellas palabras. Sólo unos pocos las consideraron salvajes. A la mayoría les sonaron razonables.
Cada movimiento estaba calculado. Pretendían que sus maniobras fueran asumidas como propias por cada ciudadano. El chip fue manipulado con radios mentales, mensajes subliminales solapados en música exquisita. Para las miradas, llenaron las calles con propagandas móviles y tinta digital.
Hablaron de natalidad y mortalidad. Exhibieron índices gravísimos. Serios ante el falo de los números. Insistían en diagnósticos apocalípticos.
A veces, sólo por instantes, dejaban escapar una sonrisa siniestra.

Rivera solía cumplir sus conexiones mucho antes del vencimiento. Siempre alerta y despierto, se pasaba noches enteras, amaneceres, acechando como un animal manso y famélico. Últimamente, sin embargo, la lucecita se activaba con mayor frecuencia.
Y en lugar de echarse a la calle, fuma despacio, con el pulso inquieto. La presión del tiempo no se condice con esa pasividad de cigarrillo. Se mira la panza y piensa en un globo maltrecho entre dos sogas. Un cuerpo alicaído. Antiguo. Descreído. Se apoya en la baranda, demasiado ajenjo. El silencio es miedo, eco amenazador. Ni un alma en la avenida. Sólo el perro rengo, merodeando en la vereda. Echa un vistazo a La Citi.
El Edificio de Acero reluce como un largo cuchillo.
Las estructuras del puerto parecen monstruos oxidados.
El puente colgante y el lago. Casi al alcance de la mano. Sus aguas permanecen quietas y pesadas. Desde allí, parece una inmensa gelatina de limón.
Nadie. Sólo silencio. Como si todos hubieran cumplido su conexión. Como si cada uno de los hombres, menos él, gozaran el descanso del guerrero.

La lucecita dentro de su muñeca deja entrever una red de venas azules. Un vasto mecanismo que se empeña en funcionar. Ni cerrando los ojos puede librarse del brillo angustiante. La ceniza hace equilibrio en la punta del cigarrillo, un centímetro de brazas que un instante atrás ardían en la noche. Él también tuvo su momento de ardor. Ardía como un faro incansable. Se mira el pene y deja caer las cenizas en el glande. Luego se sacude el miembro caído y queda un rastro esfumado, como de tinta corrida sobre un arma.

La Expansión logró una rápida aceptación. Todos, inclusos los más escépticos, bebieron, de a sorbos o en grandes tragos, los vinos dulces del entusiasmo.
Comenzaba un nuevo orden. El final del odio. El final de lo obsoleto. El final de casi todas las cosas. La resignación.
Incluso los más escépticos aplaudieron la proclama:
¡Expansión o extinción!

Siempre fue un contribuyente puntual. Ha salido de peores.
Sólo una vez falló. La posibilidad de que vuelva a ocurrirle le retuerce el estómago. No podría soportarlo. Cierra los ojos. La borrachera del ajenjo lo hunde en un verdoso recuerdo. La violencia de La Bofia. Las Salas de Experimentación.
Se da ánimos. No tiene que temer.
Ha salido de peores.
Ya no queda nada por fumar, pero el pucho aún cuelga del labio. Juega con sus pensamientos. Adivina cómo será la mujer de su próxima conexión, cuál será su nombre.
Un nombre con C.
Cielo. Corina.
¿Pero dónde? - se pregunta en un susurro - ¿Las Droguerías del Bulevar? ¿La zona de Los Bailes? ¿Dónde está la mujer de mi próxima conexión?
En el puente del lago, un hombre cruza el pasamano rumbo al agua.
Otro suicida de madrugada.
Ya no le causan ninguna impresión. Ni taquicardias ni llantos. Incluso levanta los brazos y agita las manos. Chifla, da unos gritos, vítores de aliento.
Siguen sumándose, madrugada a madrugada.
Desesperados del nuevo mundo. Clavadistas del hastío.

Texto agregado el 11-01-2021, y leído por 117 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
13-01-2021 Te dejé mi comentario aquí: https://www.loscuentos.net/cuentos/link/605/605813/ (porque es muy largo) eRRe
12-01-2021 Cuidado con los microchips pero estamos a un paso de eso... spirits
11-01-2021 Yo buscaría un narrador impersonal a no ser que vaya a aparecer después como un personaje más. Con esto me refiero a mayor precisión (esa ‘lucecita’ que mencionás tendrá un nombre y una función) y menos adornitos (ese edificio como un cuchillo, beber los vinos de bli bli bli, etcétera). Después fijate que esas brazas son brasas y un falo que creo debe ser filo y que “sólo” ya se escribe sin tilde. Ah, y si vas a escribir “cuenterxs” como los subnormales yo que vos pondría “lxs” y no “los”. guy
11-01-2021 Una decadente visión de un mundo futurista. ¡Dios nos libre! Saludos, sheisan
11-01-2021 Excelente! Stalker
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