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Era tanta su obsesión por ver a Jesús que terminaba viendo su imagen en las nubes; en las manchas que dejaban las goteras en la pared de su alcoba, hasta en las arepas que ella misma asaba al carbón en una parrilla de metal. Por la noche oraba y luego le imploraba para que le ayudara a resolver todos los problemas. Jesús estaba muy ocupado atendiendo a tanta gente, así que no le quedó más remedio que esperar. Cada noche repetía el mismo ritual, solo una noche dejó de hacerlo y justo en esa noche se le apareció Jesús en la calle. La quedó mirando con mucho amor y luego le dijo:
-En qué puedo ayudarte hija mía
Ella no lo podía creer, pero era cierto, el mismo Jesús al lado de ella y preguntándole cómo podía ayudarla. Primero se ruborizó, luego se le hizo un nudo en la garganta que le impedía hablar. Después de recobrar la calma y con un poco de vergüenza porque Jesús vio su carita todo coloradita de amor, le respondió al maestro:
-En todo, pues la nevera está vacía y no tengo dinero para comprar nada; la alacena ni hablar; están a punto de cortarme el agua y la luz, pues ya debo tres meses.
Jesús la quedó mirando con suma compasión, luego le dijo:
-acompáñame al supermercado, allá te resuelvo tus problemas plata.
Se fueron al supermercado agarrados de la mano. No había ninguna duda era el mismo Jesús. Tenía los mismos ojos, la misma barba, las mismas manos en las que se observa la marca de los clavos por la crucifixión. Todos los transeúntes los miraban; muchas mujeres se sintieron celosas al ver a Amanda con el maestro de maestros. Tan pronto llegaron al lugar indicado, un hombre maduro se acercó al maestro y le dijo:
-Maestro, me disculpa por la demora, pero tomé su encomienda
El hombre sacó del bolsillo de su chaqueta un pequeño paquete y se los pasó a Jesús, quien se despidió de aquel hombre. Enseguida le dijo a Amanda:
-Compra todo lo que haga falta que yo pago.
La mujer fue por el carrito para llenarlo de los productos que le hacía falta. En quince minutos el carrito estaba lleno de frutas, verduras y granos. Jesús pagó la cuenta sin dolor. Luego salieron y tomaron un taxi. El taxista lo miraba con gran curiosidad y no se aguantó las ganas de preguntarle:
-Estoy viendo a Jesús o me equivoco.
Jesús de inmediato le respondió:
-No te equivocas, estás en lo cierto.
El hombre no podía creerlo, pero era cierto. Se sintió afortunado de hacerle la carrera en el taxi al gran maestro. En veinte minutos llegaron a la casa de Amanda. Jesús le iba a pagar la carrera, pues eso si, no le gustaba deberle a nadie. El taxista no le cobró ni un peso; antes de despedirse Jesús le dijo:
-Acuérdate que conociste a Jesús María Robledo, el carpintero más solicitado de este pueblo, además soy el amante de Amanda. El taxista se bajó del carro y le sacó del bolsillo la plata que le había dado, además le dio tres puñetazos por farsante.

AUTOR: PEDRO MORENO MORA
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Texto agregado el 26-01-2021, y leído por 48 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
27-01-2021 Los ojos pueden jugarnos una mala pasada jaja. Nunca me hubiera imaginado a Jesús en el supermercado. ***** vaya_vaya_las_palabras
26-01-2021 La Fe a veces es ciega, y da la posibilidad de equivocaciones. ¡¡MUY BUEN RELATO!! Shalom amigazo Abunayelma
26-01-2021 Jajaja....muy bueno! MujerDiosa
 
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