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Ernest pasó por mí temprano, seis de la mañana. El día era perfecto para pescar: gris, calmo.

La camisa a cuadros que él vestía, me llamó la atención de inmediato. No le quedaba bien, no conjugaba con su mirada de carnero degollado ni con su eterno drama existencial.

Una vez ya portando todo lo necesario para el día de pesca, nos dirigimos a la orilla de la playa privada: aguas tibias, sazón centroamericano. Idílica, como para escribir un cuento corto antes que anocheciera. Nos subimos al bote, lo vi mareado -já, pescador de lago- el mar le parecía una amenaza, juro que en un momento divisé a Moby Dick que reía lejana en el horizonte, no me quedó claro si se reía de mí o del viejo y el mar.

Cada uno provisto de un remo, comenzamos a adentrarnos en las aguas, disfrutando de algunos silencios cinematográficos. Dos que se conocen desde el fracaso no necesitan hablar mucho, salvo para compadecerse mutuamente o hablar de hechos importantes (bueno, dejémoslo en hechos).

Estirando su mano libre, Hemin me pasó su petaca. La “EH” que la marcaba refulgía bajo el sol, era como si su ánima y ánimus se creyeran el cuento de los reflectores de la fama.

—No creo que el Times me dé una buena crítica—Me susurró en un spanglish amordazado.
—Deja de atormentarte y saca tu alma lacerada hacia fuera de proa, el hedor de tus heridas me provoca nauseas— Le respondí por inercia.

Otro trago de whisky, uno para mí, tres para él. Desde su chaleco de pescador Hemy sacó el original de "Las Nieves del Kilimanjaro", lo ató a su caña cual tebo y se arrojó al mar.—Adiós camarada, por mí no doblarán las campanas— fue lo último que le escuché decir. Ernest desapareció justo en el momento en que un pez picaba en mi anzuelo.

Al regresar a casa después de la exhaustiva e inútil búsqueda de quien fuera mi partner de Alcóholicos Anónimos, cuando limpiaba el pescado testigo de la tragedia, pude ver en sus tripas un brillo extraño: la cabeza de un Oscar. Un nudo de tristeza por la pérdida de Ernest me derrumbó: Hemingway estuvo a punto de ganárselo, mas llegó nuevamente como a todo en su vida: placé. Jamás fue corredor de largo aliento, jamás.


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Un buen amigo escritor me dijo que este texto era metaliteratura, para mí es solo un ejercicio de creatividad: tomar lo cotidiano, lo sucedido e intertar llevarlo a otro giro.

Texto agregado el 01-02-2021, y leído por 76 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
20-02-2021 También tuve un amigo que nunca llegué a conocer, pero que dejó huellas en sus letras que me obligaron a sacarlo de su descanso enterno para decirle lo que no podía ya decirle. Ese es "Henry David Thoreau". Muy evocador tu relato. Nazareo_Mellado
13-02-2021 El poeta y el mar son tan viejos amigos, Tu los traes aquí _ por esta llamada metaliteratura dándole un espacio; mezcla de aquel interesante conjunto de visiones . aquí mis cinco Pentagramas_ Juan_Poeta
04-02-2021 Una belleza Anementus
02-02-2021 Excelente tu texto, como tu escritura. Muy bien retratado el tal Ernest, como su alcohólica y zambullida hacia el más allá. remos
02-02-2021 Muy bueno. jaeltete
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