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EL REMEDIO

Soy un médico joven que después de obtener mi título, regresé al pintoresco pueblecito donde realicé mi servicio social. Es un pueblo agradable del estado de Puebla, con un clima espléndido, la gente amable y cordial y lo mejor de todo, es que tiene dos días de plaza, martes y sábados, los campesinos bajan al pueblo a vender sus productos y acuden a los diferentes servicios. Les cuento que desde pasante me fue económicamente de maravilla, además, ahí viven mis abuelos por lo que el hospedaje me sale gratis.
Vivimos en la época de la computación, pero para los viejos como mi abuelo y un su amigo, don German, nomás no le entran. El compinche de mi pariente, desde joven, gracias a su dinero y apostura fue un don Juan de pueblo, no se le escapaba ninguna, agarraba parejo, sin importarle su estado social, soltera, casada, viuda, amancebada etc. Pero, después del cuerpo a cuerpo, iba tras otra conquista. Por desgracia, todo lo bueno nuestro padre tiempo lo acaba, ya entrado en años al parecer sentó cabeza, se matrimonió con una muchacha joven, agradable, pero sin ser una belleza, además pertenecía a la cofradía de “Hijas de María”, de la iglesia “La Soledad”, donde se casaron. El galán añejo pensó con razón que si fuera bonita será candidato a cuernos.
Mi abuelo con risotadas me contó: “German, desde su primera amante, les ha sacado fotos y guarda un álbum enorme en su caja fuerte y se solaza mirándolo. Sólo a mí me lo ha enseñado, más que nada por presumirme”. Pero. “¿ya está tranquilo?” Lo cuestioné, “para nada —me contestó— sigue con sus mañas, gracias a su dinero”.

Por mucho tiempo fui el médico de don German, me sorprendía su vitalidad y realmente me consultaba por sus reumas y para platicar conmigo. Así que me sorprendí cuando me dijeron que en la mañana ya no despertó y me pidieron el certificado de defunción. Debo confesar que era renuente a extenderlo, pues, aunque el aspecto del difunto era normal, parecía dormido, quise una autopsia. Mi abuelo puso el grito en el cielo y así me obligó a firmarlo.

El funeral fue suntuoso como correspondía a la categoría social de don German, a pesar de que su esposa había encontrado el dichoso álbum que al señor se le olvido guardarlo. ¡Vaya sorpresa! Encontró fotos de muchas familiares suyas: su mamá, sus tías, primas, y muchas más.
Por el que dirán procuró que el sepelio fuera de categoría.

La viuda recibía el pésame de su mejor amiga:
—Cuanto lo siento, ¿sufrió mucho?
—No.
—Yo tengo el problema con mi viejo de sus achaques: dolores reumáticos, ¿Qué le dabas a tu marido?
—El alcahuete del doctor que lo atendía no le atinaba, así que usé un remedio que encontré en internet. Si quieres ¿te lo digo?
—Gracias, dime cuál, aunque se murió.
—Sí, pero se le quitaron las reumas.

Texto agregado el 27-02-2021, y leído por 34 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
27-02-2021 Jajaja! El fin justifica los medios! Muy buen sentido del humor! Clorinda
 
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