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- ¡Arriba, vamos, arriba, así! ¡Un poco más! ¡Espera, que se enredó la cuerda!
Ustedes, mirones, más atrás.
Pedro, te dije que pusieras la valla más atrás.

El piano colgaba a unos diez metros de altura. Ya había pasado el segundo piso del edificio, y seguía ascendiendo lentamente rumbo al tercero, en donde mi prima Alcira tendría su lugar en la sala para practicar la música.

Desde temprano se había montado en la azotea un sistema de roldanas bien amurado a la torre metálica del pararrayos. De ellas pendía la cuerda de cáñamo que era accionada desde la vereda cerca de la entrada del edificio. Éste, con cuatro pisos, era de los más altos en esa época en la ciudad de Bahía Blanca.

Grande fue la sorpresa cuando notaron que el piano, que ya flotaba en el aire frente al departamento de mis tíos, no pasaba por la ventana de la sala ni por las otras de las habitaciones.
Todo el operativo gigantesco había sido en vano, y el instrumento musical de unos doscientos ochenta kilos, descendía ahora a la par de las lágrimas de mi prima que observaba desconsolada.

Los vecinos que nos rodeaban murmuraban.

- Aaay, pobre chica – decía doña Ángela desde la vereda de enfrente - ¿Y ahora, cómo va a hacer para estudiar?
- Es el destino – se le ocurrió decir al agente de policía, que pronto se retiró del lugar por la mirada desaprobatoria de los presentes.

Mi tía Quequi, besaba en la frente a Alcira mientras le decía susurrando:

- Vos no te preocupes mi amor, que de alguna manera lo vamos a solucionar.

Mi prima asentía con la cabeza, sin poder evitar el llanto.
El tío Pibe y mi padre se miraban a los ojos como evaluando las posibilidades.

- La escalera del edificio es bastante ancha, y la baranda de hierro no es muy alta.
- Eso es verdad – dijo mi padre. Y agregó: - Ahora, el piano debe pesar como unos trescientos kilos.
- Eso también es verdad – acotó resignado mi tío.

El personal contratado para elevar el instrumento guardaba ya las cuerdas y todo el equipo en el camión. Mi padre les dio el dinero acordado, aunque el piano siguiera en la planta baja del edificio.

Uno de los fortachones del equipo contratado saludó a sus compañeros y dejó que se fueran.
Había escuchado la breve conversación entre papá y el tío cuando estuvo parado detrás de ellos.
Pareció pensarlo un momento y luego de ver el rostro triste de mi prima se arrimó a conversar:

- Jefe, disculpe. Si me permiten, yo les podría dar una mano. Creo que entre los tres, en un rato lo dejamos en el tercero.
La sorpresa se instaló en el rostro de tío Pibe y papá. Reaccionaron mirando el físico del voluntario que debía tener un metro noventa de altura y una espalda y unos brazos que podrían ser la envidia del “Hombre forzudo” del Circo Sarrasani.

- De acuerdo – fue la respuesta.

- Viste, sonsa, te dije. Hoy por la tarde vas a estar tocando para mí esa piecita que tanto me gusta – dijo la tía a su hija, que ahora sonreía y se limpiaba los mocos.

Su padre y el mío también eran hombre grandes, aunque papá contaba con una desventaja en los pies, que no eran muy elásticos por un problema en sus tendones que se agarrotaban inexplicablemente desde que fuera un muchacho.

Se pusieron manos a la obra.
Los vecinos los alentaron hasta el umbral del hall de entrada. Luego el portero cerró la puerta doble de vidrio y dejó afuera a curiosos y extraños para que los tres hombres maniobraran tranquilos.

El más fuerte sostenía de abajo, y papá y el tío se alternaban a los costados según les permitían las curvas de la escalera.

Aprovechaban los descansos para recuperar el aire. Benjamín, que así se llamaba el alma generosa, llevaba la peor parte aunque lo hacía sin quejarse.

Antes de encarar el tramo final desde el descanso hasta el tercer piso, mi papá algo agitado, liberó presión con una de sus ocurrencias mirando a mi prima que esperaba entusiasmada más arriba:

- Aaay, Alcira, Alcira… ¿Por qué no te habrás dedicado al violín?

Fue como un poco de aire fresco. Hacía falta en ese día de verano con más de treinta grados.

Un momento después retomaron subiendo despacio los últimos escalones.

- ¡Bueno, bueno, bueno, bueno! – dijo sorpresivamente Benjamín.

Sus manos fuertes perdían efectividad. El sudor que recorría todo su cuerpo había descendido y sus dedos se patinaban mojados dejando que el pesado piano se deslizara.
El nerviosismo se instaló en un silencio que pareció eterno.

Mi tía fue y volvió de la cocina con un trapo y se lo reboleó al portero que parado al lado del hombre musculoso no sabía qué hacer.

- Séquele las manos al hombre, vamos.
- Sí sí, de a una por vez, dijo irónico Benjamín mientras dejaba que un lado del piano reposara en la baranda.

El encargado del edificio secó rápido una mano, y la superficie de la madera que volvería a agarrar. Luego la otra.

Ahora el gigante ya volvía a empujar con fuerza hacia arriba.

Papá y el tío sentían alivio al ver que llegaban a destino.

Luego de cuarenta minutos de duro esfuerzo, el instrumento avanzaba sobre sus ruedas por el pasillo rumbo a la puerta de entrada del departamento.
Sin gran dificultad llegó a la sala y lo ubicaron junto a la pared más cerca de la ventana.

Mi prima lo limpiaba, mientras la tía servía bebidas refrescantes a los hombres que se habían jugado en la patriada.

- Sin Sansón no lo lográbamos – decía el tío mientras palmeaba con fuerza la espalda de nuestro héroe.
Nosotros reíamos contentos.

Papá acompañó a Benjamín a la puerta de calle. Allí le puso en una de sus manos unos billetes doblados que le diera el tío.

- Muchas gracias señor – dijo tímidamente el grandulón.

Volvimos con papá al tercero.

- ¡Tanto lío para un piano que no suena! Pero mirá vos – dijo papá al entrar.
- Vamos a tener que buscar a alguien que lo sepa tocar – agregó el tío.
- ¡Yoooo! – dijo Alcira dando saltitos.

Ya sentada sobre el taburete, giró para preguntarle a la madre:

- ¿Toco esa que te gusta…?
- Sí, tesoro – dijo tía Quequi.

Las notas dulces sonaban en el aire.
Y yo con mis ocho años sentí de alguna manera que de ese día siempre me acordaría.


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Marcelo Arrizabalaga.
Buenos Aires, 11/9/2021.

Texto agregado el 11-09-2021, y leído por 118 visitantes. (11 votos)


Lectores Opinan
13-09-2021 La magia del cuento está en la edad del que lo cuenta. También, lo fácil que es para el lector sentir lo vivido. Yo viví en un sexto y varias donaciones de pianos, se quedaron en casa de los donadores. Te felicito. peco
13-09-2021 Hermosa historia, Marcelo. LLena de vida y ternura. Hay una lección de vida que vale rescatar e imitar. Un abrazo. Shou
13-09-2021 Es una hermosa historia Marcelo. Tierna y llena de empatía. Si nos ayudamos, todo sale mejor. maparo55
12-09-2021 Tremenda odisea. En el recorrido de mis ojos por las letras pensaba que más fácil era un cambio de casa, pero claro, la aventura no habría nacido. Entretenido relato, por cierto, ¿era piano de cola o de pared? en los primeros se remueven las patas (son atornilladas) de ese modo permiten un mejor desplazamiento. Qué se yo, me picó la curiosidad. Saludos, Sheisan
12-09-2021 Excelente cuento, me atrapó desde el inicio, aunque sentí que el final me quedó a deberle al piano. Saludos. JerryMendez
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