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Cumplía los treinta y ya me dedicaba a desarrollar sistemas. Tenía mi oficinita y me ubicaban. La oferta y demanda laboral no era tan complicada. Si construía un sistema a una empresa, ya luego terminaba por desarrollar los restantes.

Si los encargados se cambiaban de empresas, con el argumento que buscaban mejores condiciones y desafíos, me contactaban para desarrollar lo mismo que ya habíamos hecho en la empresa anterior.

Renjifo en esos años era un señor ya sobre cincuenta años. Había pasado un año sin vernos y me ubicó para lo que dije anteriormente: Desarrollar los mismos sistemas ya desarrollados en su nueva empresa.

Sentía una pulga en la espalda. Me complicaba rascarme. No me daban los brazos. Al final descubrí que la sensación incomoda era trabajar nuevamente con este señor.

Es el típico personaje que pone problemas a la solución. Y como yo vendo solución, pone problemas. Había ocurrido en sus proyectos anteriores.

Me invitó a almorzar a un lugar neutral y en el bajativo carísimo, me habló claro, trataba de convencerme que me convenía este proyecto y lo de siempre, ojalá desarrollar en la mitad del tiempo y por ende a mitad de precio, así ganaba bonos frente a la gerencia.

Mientras trataba de comprarme con Whisky, le explique que no fue muy afortunada la vez anterior, que a pesar de terminar bien el proyecto, terminamos peleados todos con todos.

- Ahora es diferente, me dijo, en este año realicé un seminario de liderazgo y manejo de personal. Ahora soy experto en Relaciones Humanas.

El resto de la tarde fue un discurso de técnicas para dirigir, hablar poco, no usar eufemismo menos sobrenombres, todo por escrito, es decir, con los subordinados no dar ni quitar.

Me convenció.

Eso sí le pedí que yo no era parte de la empresa, que me trate como un proveedor, no como empleado, que no participaría en las reuniones de los lunes que él solía hacer, que mi horario era después de las 10 hasta las 12 horas y en la tarde desde las 15 hasta las 17 horas. No llegaría a las ocho a escuchar lamentos, ni almorzaría en conjunto, escuchando problemas domésticos, y me retiraría antes del horario normal. Los informes y los procedimientos se los entregaría a él y las reuniones con el personal serian acotadas con una pauta donde los temas son relativas a los procedimientos que se van a automatizar.

- Ningún problema. Yo me encargo.

En la primera reunión formal, con el proyecto ya aprobado, bastó poco para darme cuenta que más quitaba, o mejor dicho, sus subordinados ya no le prestaban. Ante cada pregunta que el hacía le respondían lo justo. Era obvio que le escondían información. Para trabajar con ellos no debía cometer ningún error y ponerlos en mi contra.

Pero este señor cooperaba para no entender mis aprehensiones.

Entró a la oficina la joven niña, y me presentó.

- Ella es Soledad. A cargo del inventario. Inventario que nunca cuadra. La tengo advertida que después que construyas los sistemas vamos a evaluar si seguimos con ella.

Ella parada en el umbral de la puerta en posición de retirarse. Me miró cual sería mi reacción, si reía con esa broma desubicada. Obviamente no reí. Solo respondí el saludo.

Cuando entró el flaco, como le decía, me lo presentó como el responsable de la red.

- Él es Pedro. Pero más sabe de su aparato celular que de la red. Los computadores se caen y se caen. Un fiasco. Ya sabe que si sigue así mejor busque otra pega.

Este si esbozó una sonrisa amplia, burlona. Sin amilanarse se retiró revisando su celular.

Quise darle a entender, por la forma de presentarnos, que estos dos personajes ya me odiaban. Fingió no entenderme poniendo cara de asombro con lo que le estaba diciendo. El experto en relaciones no entendió que me hacía cómplice de sus bromas de mal gusto.

Como seguía sin entender, agregué que su edad establece jerarquía, que con él no se enojarían, pero conmigo sí.

A media mañana entró la niña del inventario con un café, muy seria y resuelta; entró, se lo dejó sobre el escritorio e inicio su retiro sin voltear atrás.

- Soledad

No - le dije con un grito ahogado, con tal que ella no lo advierta. Le hacía señas cómo diciendo “No se te vaya a ocurrir pedir otro café”. Pensé. No.

Soledad giró al escuchar su nombre y el jefe, haciéndose el gracioso, indicaba estirando los labios, apuntando a mí.

No, repetía tomándome la frente, no quería mirar. No.

- Que cosa jefe, no entiendo… - fingía ...

El experto en relaciones humanas permanecía con la morisqueta en los labios pero ella no se entregaría tan fácil.

- La verdad no le entiendo…

- Tráigale un café al joven. Hágalo sentir como en su casa.

No. Me golpeé la frente. No puede ser.

Nunca logré congeniarme con la gente. Decidí no continuar con el proyecto.

Texto agregado el 11-10-2021, y leído por 112 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
12-10-2021 Raúl, suena a muy, muy real! Lo que son las Relaciones Humanas... MujerDiosa
 
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