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En la cama de Cuasimodo
La cama está en el entrepiso de la casa de campo en Domselaar, en la provincia de Buenos Aires. Tiene una edad que ni el carbono 14 podría descifrar, se instaló en aquel altillo luego de un derrotero que incluyó una modesta pieza del hotel de los inmigrantes en los tumultuosos tiempos de Avellaneda del temible caudillo Barceló. Contaba su poseedor que por las noches mantenía una pseudo vigilia aferrado a un bufoso (así llamaba a su revólver) que le daba una tranquilidad que la zona no le brindaba.
Cuando pudo traer a su esposa de Italia, se trasladaron ellos y la cama hacia una casa que pudieron adquirir gracias a las tareas de motorman del esposo, a las postres mi abuelo. Era muy común en esos tiempos que las compañías inglesas de tranvías contrataran a inmigrantes italianos para hacerse cargo de los vehículos.
El paso del tiempo se llevó los tranvías, los abuelos ya no están y aquella cama ahora había migrado a la casa de fin de semana.
El artefacto en cuestión es de reducidas dimensiones, estimo que es de plaza y media, con el elástico de elástico, aquella malla de un material desplegado parecido a un medio mundo de metal y hierros en diagonal para sostener con el armazón de hierro. Después lo normal, una discreta cabecera y casi nada mas.
Un punto relevante es el colchón, cuya puesta en valor, como se dice ahora sería del año 1965. Es un colchón de algodón, aquellos que regularmente se restauraban haciendo renacer los vellones con un curioso aparato que consistía en una especie de péndulo con púas por donde se cargaban la lana sacada del colchón y que una vez procesada parecía como del primer día. Luego se cambiaba la tela y el colchonero con su arte hacia renacer los colchones. El broche final lo daba una especie de botón de tela que traspasaba de lado y daba la apariencia de solidez. Los bordes prolijamente cosidos a mano. Todavía se escucha en algunos lados hablar de la aguja del colchonero, era esas, las arqueadas, las que hacían milagros.
El paso del tiempo hizo estragos en la cama a la que afectuosamente llamamos “La Cama de Cuasimodo” haciendo referencia al Jorobado de Paris, el guardián de la Catedral . Estamos seguros que fue él que durmió allí, la depresión en el medio de la cama es una muestra indubitable de su presencia. Ahora quedó como un valle, como un agujero negro todo aquel que se acuesta es atraído hacia el centro con una fuerza descomunal. Siendo la cama matrimonial parece que se estuviera durmiendo en una hamaca paraguaya, sin posibilidades de movimientos. Como se cae, se duerme o se insomnia. Se hicieron algunos intentos de reemplazar el colchón por algún material más moderno, aunque la falla ya es estructural, Se lo padece tanto en invierno como en verano. En invierno las reducidas dimensiones hacen que los pies escapen de la cama con el frío que se filtra hasta los tuétanos. En verano los apretujones en el fondo del valle, sin movimientos y hordas de calor que derriten los cuerpos. Tan apretados que muchas veces por la cercanía llegamos a soñar lo mismo.
Muchos creen que en el campo se madruga por el buen descanso sin las contaminaciones citadinas, nosotros nos levantamos al amanecer antes que los cuerpos sucumban ante la Cama de Cuasimodo.

Texto agregado el 13-11-2021, y leído por 43 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
15-11-2021 Los muebles llevan a cuesta las historias de familias. Jaeltete
 
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