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Alias Tironi no creía en la piedad. Eso hizo de él una leyenda viviente. A su entierro fueron todos los vecinos del barrio de La Perla del distrito chalaco, algunos de sus colegas ingenieros y los avezados delincuentes de todos los rincones de Lima, quienes rara vez abandonan sus negocios por un enemigo. El callejón quedó vacío, y en señal de duelo colgaron moños de marihuana en las puertas de las casas. Las historias de las personas de ese barrio casi siempre son tristes, historias de pobreza e injusticias, violencia familiar, de seres condenados a morir antes de nacer y de maridos que se van, pero la de Tironi era diferente, tenía un no sequé elegante qué hacía volar la imaginación. Se las arregló para ejercer su oficio clandestino al mismo tiempo de su profesión, siempre moviéndose sigilosamente. Le gustaba el alcohol y las drogas, creía mucho en las cábalas y los objetos de la suerte, hablaba horas con la chica del tarot, y a veces dormía con la amiga que leía las hojas de coca. Estaba a salvo de los tormentos de la esperanza, protegido por la calidad de sus pensamientos. Era un hombre de aspecto inofensivo, de mediana estatura, facciones y gestos duros; pero, de trato suave. La vez que un "colega" intentó ponerle un impuesto se encontró con un hombre humilde y consecuente, dispuesto a negociar, para luego encontrar al "colega" con la cabeza destapada en la calle. Entendieron que sería mejor dejarlo en paz. Mientras los otros matones pasaban su existencia pagando la mitad de sus ganancias, él envejecía respetado, con un cierto aire de Rey en harapos. No era consciente del prestigio de su nombre ni la leyenda bordada en torno a él. Era un sicario viejo con alma de académico.

Entre los recuerdos se insistió sobre un viaje desafortunado y una mujer que vivía cerca del Real Plaza del Centro Cívico, así sus amigos y enemigos descubrieron cada uno de los retazos de su vida y los unieron con paciencia, agregando los vacíos con fantasía hasta asignarle un pasado coherente. No era como los demás hombres de ese lugar. Venía de provincia, un sitio casi remoto dónde la piel blanca es escasa y el Castellano tiene un acento marcado en las erres. Fue un hombre cultivado, eso deducen las mujeres por sus palabras rebuscadas y sus modales extraños. Se fue con la dignidad manchada por unos infames videos de seguridad. No parecía estar enfermo, se le veía relajado, no tenía arrugas con nadie, simplemente dijo que ya no soportaba más estar vivo, se colocó un traje elegante, se perfumó y abrió las cortinas que daban acceso a un féretro, para que todos pudieran acompañarlo.

— Bueno, ya es la hora en qué debo morir — fue su explicación mientras apuntaba con el mentón al reloj. Eran las cuatro con dieciocho.

Se recostó en el ataúd, apoyó la cabeza en un bonito almohadón, y a las cuatro con veinte se disparó en la cabeza. Todos quedaron perplejos, no hubo manera de evitarlo, comprendieron que su decisión era absoluta y junto con el estruendo del disparo se echó a correr la voz de un nuevo muerto por el barrio. Algunos acudieron por curiosidad, pero la mayoría estaba allí por respeto, quedándose para acompañarlo. Innumerables de sus amigas aparecieron y colaron café para ofrecer a las visitas, sirvieron licor, ofrecieron cigarrillos de marihuana y bolsitas de cocaína. A eso de las 6 de la tarde, llegaron los tombos a ver el cadáver. El capitán de la policía presentó sus respetos y miró a su alrededor sin distinguir los rostros para enseguida abandonar el lugar.

—Si así quiso morir, bien por él. Pero se irá al infierno — sentenció alguien por ahí.

No quiso ser velado en una funeraria, porque la decisión de su premeditada muerte fue un suceso solemne en toda La Perla y era justo que sus últimas horas antes de partir las transcurra en un ambiente donde había vivido cómodo. Hubo opiniones sobre sí velar al muerto en la casa traería mala suerte para el alma del difunto, rezaron por si acaso, quebraron un espejo para rodear el ataúd y trajeron agua bendita de la capilla más cercana para salpicar por los rincones. Esa noche el hampa no trabajó, no hubo música ni risas, y tampoco llantos. Con el ataúd en la sala los presentes se acomodaron a tomar café con licor, fumar marihuana e inhalar cocaína. En el centro estaba Tironi con la cabeza apoyada sobre el cojín salpicado de sangre, le cruzaron las manos y le colocaron sobre el charco de sangre su revólver y una foto de su mujer e hijo muertos.

Me enteré de la historia de Tironi cuándo varios de nosotros decidimos limpiar las gotas de sangre alrededor del ataúd. Sus compañeros de universidad contaron qué nació en los tiempos de Fujimori, en una provincia del centro peruano, donde solo existen dos temporadas, la de lluvia y la de sequía. Era hijo de padres separados, quiénes se turnaban su crianza. Cuándo revisaron su habitación encontraron en el cajón del velador vouchers bancarios insignificantes, fotografías y cartas escritas a puño y letra. Su padre fue un destacado psicólogo que le enseñó el amor a la lectura y el entendimiento de su propia mente. Su madre tuvo dos hijas con un idiota, qué los llevo a vivir a un muladar de gentes peligrosas. Cuándo Tironi tenía 9 años, mientras atravesaba el cruce de una calle, vio de reojo como un hombre le disparaba a otro en la cabeza. Vio el charco de sangre en el piso y los sesos desparramados del desafortunado, mientras el otro huía en la parrilla de una moto. Ese suceso había pasado sin daños aparentes, solo había visto un ajuste de cuentas, y no lo comentaría con nadie por ahora. Sin embargo, un tiempo después, algunos pudieron comprobar que el impacto de dicha escena había transformado al niño en un ser cruel. Olvidó las muestras de afecto aprendidas antes del incidente, ya no exigía atención de su madre, dejó de importarle las cosas propias de su edad. Lo que no olvidó fue a pedir con humildad, y entendió que si quería algo debía de entregar un equivalente, dichas normas conservó intactas hasta su último aliento.

La escena de asesinato dejo a Tironi incapacitado para la compasión, el perdón o el olvido. Por lo tanto, estaba bien equipado para el éxito, pero no fue esa su suerte. A los quince años, su actitud le parecía atractiva a muchas chicas de su entorno. Las distracciones eróticas constituyeron gran parte de su personalidad, aprendiendo las reglas básicas del arte de la persuasión. Así conoció a la hija del Doctor Guerra, Claudia, empezaron a conversar en el parque y terminaron en la habitación de ella trenzados entre los vapores pesados del desenfreno, al mismo instante que el Doctor ingresaba al cuarto de la niña a darle las buenas noches. El escándalo se escuchó en todo el vecindario. Cuando el Doctor Guerra creyó poder ajusticiar al muchacho, este acorralado sacó mágicamente una navaja y descansó el filo en la yugular del doctor. Salió de la casa de la mano de Claudia, y solo cuando el doctor suplicó por su vida. Al poco tiempo se celebró una modesta boda privada, únicamente con la familia del novio presente en la ceremonia.

La frialdad de Tironi no pasó desapercibida, en las calles se pasó la voz que era un tipo peligroso, el día que la mafia local hirió de muerte a su mujer en una de sus querellas callejeras, sabían que habían despertado a una insaciable máquina de matar. Para ese entonces Tironi ya tenía un hijo con Claudia, al cual dejaba al cuidado de una de sus hermanas. Cuándo averiguó quiénes eran los implicados en el desafortunado desenlace de su esposa sabía que tenía que matar a cinco personas. Los días previos a su venganza se mostró resignado en su traje de luto, empezó su manía por el sigilo, y aprendió a esperar. Compró un revólver Taurus calibre 22 y empezó a observar de cerca a los desafortunados. Planeó dos atentados el mismo día, con una diferencia de dos horas entre crímenes. El primero murió a las 8:00 de la mañana mientras tomaba desayuno. Al segundo, tercero y cuarto los mató cuando fueron a ver al primero. Al último lo mató tres días después porque salió huyendo de Lima. Las muertes habían sido rápidas y limpias, siempre con el mismo patrón de disparos, uno entre los ojos y otro en el pecho, excepto cuando huían porque el disparo era en la nuca. Tironi pensaba que el último disparo lo hacía por piedad, para evitar que el finado sufra. Esos muertos no fueron extrañados por nadie, la policía celebró que fueran ejecutados, y las bandas rivales festejaron la limpieza. Sin embargo, el incidente no podía quedar impune, la Mafia no podía permitir que una banda sea exterminada de repente. Así que ellos empezaron sus averiguaciones. Durante dos años no supieron de Tironi, en ese tiempo vivió de negro, se preparó para la universidad, y cuidó a su hijo, a quien peinaba y vestía como un rockero, tal como aparece en un retrato encontrado en su página de Facebook, dónde se lo ve vestido de cuero e iluminado por un rayo sobrenatural.

Para el viudo se detuvo el tiempo, la atmósfera de los cuartos permanecieron inmutables, con las cosas en el mismo lugar donde las colocó la desafortunada Claudia. Hasta antes de ser descubierto siguió viviendo en la misma casa, siempre vigilante y precavido. Había empezado a ir a la facultad de ingeniería en el Callao, y estaba conociendo el barrio de la Perla. En la avenida Juan Pablo II junto a su compañero de facultad Gominox, fueron presentados ante Caracol, el líder de Barrio King, para maquinar una estrategia y embarcar cocaína en contenedores que iban para Europa. Luego de celebrar el primer envío; Tironi, Gominox y Caracol salieron de madrugada rumbo al óvalo de La Perla, en la primera cuadra de la avenida La Marina un auto escupió una ráfaga de balas contra ellos; pero, este perdió el control y chocó contra la pared de subida al puente bypass, hubo silencio, entonces Tironi que sentía fuego y ardor en el brazo izquierdo se acercó al auto y disparó sin dudar a la cabeza y luego al pecho a los dos sujetos del auto. Sobrevivieron los tres, sin daños aparentes. Después de esa hazaña todos en la organización sabían que Tironi había eliminado a cinco sujetos hace dos años, le propusieron protección a cambio de lealtad, Tironi resistió la tentación del dinero y negoció la paz, pero muchas personas estaban ya muy ofendidas con él y eso iba a ser menos que imposible.

Caracol en agradecimiento, le aseguro paz en toda la provincia constitucional del Callao, pero fuera de ese territorio Tironi era vulnerable, y estaba a merced de todos sus enemigos. Sin embargo, la paz no era una buena voluntad, Caracol exigía que se le cumplieran algunas gracias.

—No creo que me niegues un favor, causita, después de todo lo que estoy haciendo por ti en mi zona — decía Caracol — llegas, le tiras piso y, te vas. Es simple mano, a ti que te vacila gatillar como la putamare. Tironazo.

Después de cumplirle, mientras almorzaba en su casa, Tironi vio en las noticias que había matado a un regidor municipal, de inmediato dejó de comer y se puso pálido, un vídeo de vigilancia había grabado el crimen, en blanco y negro, en televisión nacional, estaba Tironi matando a sangre fría a un hombre que se negaba colaborar con la corrupción, su rostro era indistinguible, pero era obvio que después de los análisis biométricos no tardarían mucho tiempo en dar con él. Su padre entendió todo cuando vio el video, su hijo era aquel qué decidía con un disparo la vida de aquel regidor honrado. Convencido que hacía un bien a su hijo, se decidió en consejo de familia enviarlo de vuelta a provincia, donde sin duda estaría a salvo de la justicia y, más cerca de la naturaleza. Así empezó a cambiar el destino de Tironi, el gatillero.

Su padre lo embarcó en el terminal de buses que viajaban al centro del Perú, acompañado por su hijo, y Gominox, que hacía de chaleco protector con su reciente Mini-UZI, subieron al bus irreconocibles. Entre muchas maletas y cajas, también se llevaba dinero en efectivo. La familia no pensaba que fuera necesario mover dinero de esa manera, preferían los depósitos bancarios, pero Tironi estaba empecinado y ellos no quisieron contrariarlo. Las dos primeras horas se la pasó durmiendo con el niño en el asiento contiguo. Luego de un malestar estomacal Tironi despertó, miró a Gominox que tenía una mano escondida entre su casaca, cogiendo el arma y, durmiendo un lugar atrás.

La vida de Tironi estuvo marcado por las desgracias repentinas, como ese asesinato que le robó el espíritu y lo lanzó a un mundo frío y violento. Estaba dormitando plácidamente, cuando sintió patinar al bus. En ese instante el chirrido de las llantas fue seguido de una volcadura que se deslizó hasta impactar contra un cerro, el sacudón final vino con el grito ahogado del hijo de Tironi, seguido de un golpe seco y una pausa infinita de silencio, la criatura yacía desnucada, mientras Tironi se arrastraba para buscarlo. Cuando fueron rescatados nadie pudo separarlo del cuerpo del niño, hasta que fue sedado en el hospital. Paso horas aullando y repitiendo “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!, Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!, …”. Sus enemigos al enterarse, dieron una caballerosa tregua hasta el entierro de la criatura. Luego negociaron la paz, con la condición que trabajaría para el hampa en su guerra contra los políticos; pero, querían asegurarse que Tironi no tenga ningún interés en ocupar el liderazgo, así que le permitieron terminar su carrera de ingeniería sin salir del Callao, si iba a Lima era únicamente para cumplir con los encargos de la mafia.

Meses después de la tragedia, Tironi salió en demencia a tomar aire por el barrio. La noche era tibia, olía a mar, y fue por unas cervezas, recorrió un corto camino hasta el market, y mientras hacía la cola estaba mirando a una chica esbelta, un tanto más alta que él, de lacio y negra cabellera, de cachetes grandes, pero lindos, se disponía a comprar vodka y estaba acompañada de su amiga. Tironi se acercó a hablarles y, terminaron bebiendo fuera del establecimiento. Su nombre era Cristine, y vivía en el centro de Lima, cerca al Real Plaza; un lugar donde Tironi tenía restricción de paso. Esa noche en la penumbra amarillenta de un farolito, Tironi se deslumbró al descubrir lo maravillosa que era Cristine, con su voz, con las cosas que decía, por la forma en que abrazaba y, se dejaba querer, Tironi pediría más. Varios encuentros más tarde, pasaron la noche juntos, se escribieron constantemente, y se extrañaron con pasión.

Tironi la hizo su amante, se aventuró a buscarla al centro de Lima, siempre disfrazado y cuidadoso, al estilo de Sherlock Holmes, se reunió con ella cada tres noches, hasta que el hampa pasó la voz de sus extraños movimientos. Cristine aceptó la proposición de vivir en el Callao. Alquilaron una habitación frente a la universidad, y convivieron armoniosamente, él trabajando de ingeniero y matando, ella ejerciendo su profesión de psicóloga y mejorando la vida de la gente, sin tener la más mínima idea del famoso oficio de su amante. Allí se instalaron el fugitivo y la psicóloga el tiempo que ella no supo la verdad.

Cristine resultó avispada y bebedora. Odiaba las drogas ilegales porque destruyen a las personas y a sus familias. Ella misma tenía que escuchar una y otra vez a las mismas personas caer en una y otra vez en los mismos errores. Ambos se despabilaban en las noches y practicaban maromas aprendidas en otros cuerpos, y el resto del tiempo permanecían atontados por una languidez mortal. Bañados en sudor, pegajosos de tanto tocarse, inventaron un amor sin precedentes, se aventuraron en territorios alucinantes con la audacia de quién no conoce los riesgos. Cristine, distraída en su coquetería, había abierto una compuerta; sí Tironi estaba feliz, Tironi mataba mejor; y ella fue ocultada de valorar la calidad ofrecida por el matón. Asesinaba oculto en un disfraz, mientras actuaba un pequeño drama en el que la víctima era el personaje principal, por un momento tenía la atención del mundo segundos antes de que se le acabara la vida. Ante esa realidad Cristine era una criatura preservada en el limbo de una inocencia invulnerable. Hasta entonces ambos habían conocido el desenfado del placer, hacían lo que imaginaban, y tenían en la sangre el germen de una fiebre calcinante. Vivieron una dicha celestial prometida en alguna Biblia de alguna religión del amor. Christine sabía muy poco del mundo y era incapaz de darse cuenta qué alrededor suyo Tironi planeaba la próxima muerte. Con la verdad oculta se encontraban en el paraíso y se dispusieron a gozarlo. En el callao podían hacer lo que querían, estaban a sus anchas, lejos de sus casas, de la tutela inexorable de sus padres, de las presiones sociales. Se sentían libres para saborear el torrente de emociones que nacía en sus pieles y penetraba por cada filamento hasta sus cavernas más profundas, dónde se volcaban cataratas qué los dejaban exhaustos y felices.

Después de un tiempo cuando el hechizo cesó, Cristine encontró armas y drogas escondidas en distintos puntos de la habitación, su primera reacción fue observar el comportamiento de Tironi. Se dio cuenta de que las armas y las drogas iban desapareciendo cada tanto de noche, qué lo primero que hacía Tironi al despertar era engrasar su arma, que recibía llamadas extrañas y cortas, que hablaba en código, y cada vez que Tironi no venía a dormir en las noticias aparecía un político muerto. Todos estos indicios acabaron por aterrorizar a la psicóloga. Las pausas entre los abrazos se hicieron más largos, las ausencias de ella eran más frecuentes, y creció el silencio entre los dos. Christine trató de escapar de ese hombre que la amaba apasionadamente. Un día cogió todas sus cosas y desapareció sin dejar rastro. Tironi buscó alivió en los brazos de una cualquiera, batiéndose a cuchillos y puñetazos por nada, apostando en los partidos de fútbol el dinero sobrante de sus interminables juergas. Cuándo terminó por gastarse todo, aún no había podido olvidar a Cristine. Tironi la esperó con paciencia durante varias semanas. Fue a buscarla al centro de Lima; pero, nunca la divisó. Ya no volvió a verla. Cuando ya no pudo seguir soportando el sufrimiento y la ansiedad del alma, salió a matar al primer hombre que pasaba. Lo saludó y le pidió de la forma más gentil y educada, que le hiciera el favor de decirle la hora. El desconocido vaciló un poco porque ya nadie hacía esa pregunta, y antes que se diera cuenta tenía una daga clavada en el pecho, el movimiento fue una estocada en el corazón, Tironi percibió que su víctima había dejado de respirar, desclavó el arma y la limpió en la ropa del desconocido. Después de enterarse de ese acontecimiento, la mafia chalaca evitó cruzarse por su camino. Tironi calculó que sí trabajaba para cualquiera tenía un buen negocio entre manos. Así empezó el festival de la muerte qué duraría varios años sin ninguna impunidad en el primer puerto. Pronto llegaron los asesinados a Lima, y finalmente a todo el Perú. Ya no solo se daba abasto él, sino que debía de contratar los servicios de otros sicarios, de esta manera constituyó una empresa de la muerte. De esta forma y sin querer Tironi se convirtió en el asesino más célebre del puerto del Callao, y cuyo nombre era temido por los más avezados delincuentes de esta nación.

El tiempo, los estupefacientes, y el esfuerzo de burlar a la muerte constantemente destruyeron la frescura de Tironi. La piel se le arrugó demasiado, adelgazó hasta los huesos, y para mayor comodidad se rapó el cabello, pero mantuvo sus modales elegantes y el mismo entusiasmo para matar, porque en cada asesinato no veía a sujetos anónimos, sino el reflejo de sí mismo dándose muerte al fin. Confrontado con la realidad, era capaz de percibir las urgencias de cada cliente, porque ordenaba la muerte de alguien con ahínco, y se adelantaba, atrevidamente a los deseos del solicitante. Con la edad tuvo problemas de memoria, hablaba cosas disparatadas, y un par de veces mandó a matar a la gente equivocada. Entonces entendió que debía jubilarse y decidió mudarse a La Perla. No se acordaba de que alguna vez fue protagonista de tantas historias de muerte, los jóvenes delincuentes hablaban de él con admiración y se quedaban perplejos cuándo alguno iba a visitarlo a La Perla solo para comprobar si existía aquel de quién había oído tanto. Al hallarse frente a un viejo decrépito con un montón de huesos patéticos, se decepcionaban de ver una leyenda reducida a escombros. La mayoría hablaban con él pidiéndole consejos, pero algunos más atrevidos le pedían que mate a alguien. Estos recibieron un premio inesperado. Vieron como el viejecito se preparaba para dar muerte, y lo hacía sin titubear. Un anciano con el pulso prolijo. Más tarde los visitantes partían maravillados, llevándose la imagen de un nombre mitológico y no la de un anciano lastimero qué creyeron ver en un principio.

A Tironi se le fue borrando el pasado, y si no hubiera sido tan admirado por sus compañeros de oficio, nadie habría conocido su historia. Vivió esperando a Cristine, pero como ella nunca apareció, desahogó su pena asesinando a decenas de hombres. La esperó pensando que ella lo recogería en el círculo preciso de sus brazos para devolverle el deleite compartido en el tiempo que vivieron juntos. La esperó iluminado por un amor imaginario, engañando las sombras con amores fugaces, con chispazos que se consumían antes de arder, y cuando se aburrió de aguardar en vano y sintió que el alma se le marchitaba, decidió que era mejor dejar este mundo. Y con la misma delicadeza y consideración de todas sus muertes, recurrió entonces hacerse cargo de sí mismo y se disparó en la cabeza.

Texto agregado el 13-01-2022, y leído por 68 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
13-01-2022 Me gustó. Saludos. ValentinoHND
 
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