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Señales

Caminaba por el pasillo central del supermercado, ritmo lento. Dejó el carro copado con la mercadería del mes estacionado en el área de espera y se devolvió a comprar cecinas. Sin el acarreo del carro se sentía libre. O quizás al revés, expuesta. Desde lejos divisó a un tipo maduro guapo, de barba desordenada, ropa demasiado casual caminando en dirección contraria, directo hacia ella. En cualquier momento sus miradas se cruzarían así que se preparó para ello. En otras circunstancias similares, es decir, cuando se enfrentaba a un apuesto varón quitaba la vista en el momento preciso, de tal forma que el observado no creyese que ella lo miraba. Eso sí, cuando el tipo era demasiado guapo, a propósito congelaba la mirada unas milésimas de segundo en sus ojos y suficiente para encantarlo. Era su juego coqueto de supermercado. Cuando le preguntaban cómo le fue en sus compras su respuesta eran según la cantidad de miradas con hombres guapos. Fome y aburrido era cuando esas miradas solo ocurrían con el funcionario que pesa la verdura. Generalmente un adulto mayor.

El tipo del pasillo ya la divisó. Aun cuando faltaban varios metros para el cruce sus miradas se clavaron. Pasaban los segundos y ninguno de los dos la desviaba. Ella, que en otras circunstancias ya lo habría hecho, esta vez el atractivo hombre la magnetizó, Finalmente se cruzaron manteniendo fija sus miradas hasta que el rabillo de los ojos lo permitió.

Mientras caminaba con el carro hacia el estacionamiento, disfrutaba lo sucedido como colegiala.

Estando en la oficina con su marido, este le recordó que el jueves vendría el decorador a ver el cambio de los escritorios.

- Recuerdas, Mi compañero de colegio que es decorador, el que vino la semana pasada a ver el cambio de muebles. Bueno, ese, viene el jueves con una propuesta.

- Ha, Ya. – Mirando distraída su celular.

“Diablos – Pensó - El era. El muñeco del supermercado. El que se tragó toda mi mirada. – Que vergüenza ¿Qué habrá pensado?

Se pasó toda la tarde reviviendo paso a paso ese desafortunado encuentro.

“¿Cómo no lo reconocí? Lo hubiese saludado y no estaría pasando por esto. Bueno, Quizás él tampoco me reconoció. Ý ni se acuerde. No, que va. Con la mirada que nos dimos, cuando me vea el jueves se recordará de inmediato. Ya veré. Algo se me ocurrirá”

Ese jueves llegó el amigo. Pablo lo recibió y caminaron hacia la oficina a conversar. Ella los interceptó en el pasillo. Así el trámite de verse sería corto.

- Ha, Doris - Te presento a Nicolás, Mientras se adelantaba a su escritorio.
- Pablo, Si ya nos conocimos la semana pasada. Cuando vine a saludarte.
- Si, - dijo ella, mientras lo saludaba de beso,- ya nos hemos visto, en la oficina la semana pasada, en el supermercado, ya nos conocemos.

Listo. Ella se apartó y Nicolás siguió a Pablo ya instalado en su escritorio. Por un espejó vio como Nicolás, antes de entrar a la oficina, miró hacia atrás sorprendido.

No se tranquilizó con la visita. La incertidumbre la mataba. No participó en la reunión porque en la propuesta no traía colores, tapiz, ni decorado, solo precios y plazos. Acordaron reunirse el próximo jueves.

Ella se tranquilizó un poco. Era una semana, tiempo suficiente para suavizar la intensidad de lo ocurrido. Verlo de nuevo no le incomodada. Consideraba que ya sería su problema si él se pasaba película con lo ocurrido. Pero en el fondo, también se deprimiría si comprobaba que él no le dio importancia al encuentro.

Ese jueves también asistió Patricia, su amiga de infancia. Ocuparon la sala de reuniones con mesa ovalada quedando en diagonal mirando el monitor en la pared mientras proyectaba el contenido que Nicolás les traía.
Muchas bromas, risas, café, jugo, la reunión tardó aproximadamente un par de hora, y Nicolás se marchó. Patricia y Doris quedaron sentadas en la sala mientras a través de la ventana contemplaban a Pablo y Nicolás conversando en el estacionamiento.

- Bastante buen mozo ese Nicolás - no tardó en comentar Patricia
- Sí, pero no sabes lo que me pasó

Doris contó con lujo de detalles lo sucedido en el supermercado

- Ahora entiendo. Mientras tú mirabas el monitor, Nicolás te contemplaba a su antojo.
- ¿De veras? O sea que con lo sucedido en el supermercado pensó lo peor. Qué vergüenza.
- Pero que te preocupas. – Dijo Patricia – En una de esas pasa algo.
- Estás loca. Es uno de los mejores amigos de Pablo.
- Por lo mismo. Es el mejor candidato. ¿Qué crees? Que le va a comentar a Pablo ¿Oye, me voy a coger a tu señora?

Ambas habían conversado ese tema. Su grupo de compañeras tienen programadas un viaje al extranjero y no encuentran tan
descabellada la idea que alguna, ojalá todas, tengan sexo. Más que mal al involucrado ya no lo verán más. Lo mismo cuando programan despedidas de soltera y contratan unos galanes para bailar, toquetear, y hacer todo tipo de obscenidades. Nadie se va a enamorar del bailarín ni el bailarín se va enamorar de ellas. Al final lo único que las compañeras conversan es que ya llegaron a los cincuenta años y la mayoría llevan más de veinte años de casadas. Necesitaban variar.

- Doris. – Insistió Patricia - Deja que fluya. Si de ti depende. Mándale unas cuantas señales y ve que pasa.
- Estás loca.

Al paso de los días, Doris concluyó que la conversación con Patricia sirvió para que lo sucedido en el supermercado ya no le incomodase. Al contrario. Lo consideraba como la señal que sugería Patricia.

Para el siguiente jueves se preparó algo entusiasta para el encuentro. Todavía no se decidía a dar señales, sumado al hecho que no sabía cómo, pero si necesitaba ratificar que Nicolás la miraba. A veces caía en pánico pensando que lo sucedido en el supermercado Nicolás no lo advirtió. De ser así, cerraría el capítulo.

La reunión no fue como ella pensaba. Le hicieron muchas preguntas y tuvo que opinar muchas cosas. Nicolás siempre estuvo mirándola, escuchando, opinando, no pudo distinguir alguna señal. Para estos efectos faltó Patricia. Un mirador imparcial.

Los trabajos ya habían comenzados. Nicolás apareció varios días de improviso trayendo y retirando materiales. Ya no existía un próximo jueves para repartir señales. Los saludos eran hola y chao desde lejos, a veces se retiraba sin despedirse, otras veces se confundía y saludaba dos veces. Necesitaba una señal, un guiño.

El tapiz de las sillas defraudaba. Ella lo interceptó en el pasillo y le comentó que necesitaba otras opciones. El la invitó a la sala de reuniones para ver en el computador las distintas telas.

- No, en el computador no se aprecia la combinación de colores. – “Ahí va una señal”, pensó.
- Entonces tendrás que ir a la bodega, ahí tengo más variedades.
- Bueno. ¿Tienes el taller donde nos dijiste?
- El taller. Pero no es ahí. Tengo ahora una bodega donde almaceno las telas. En el taller los maestros son de temer. Le llevo los cortes listos. Llámame cuando puedas ir y te espero. Preferentemente a medio día.

¿Diablos, será esta una señal? Nada de sofisticado.

A duras penas dejó pasar dos días. Lo llamó.

- Hola Soy Doris. Te llamo para lo acordado de las telas.
- Hola. La dirección es esta. Te espero a medio día. Me llamas cuando estés estacionando.

Fueron solo dos frases. ¿Será un coincidente mal entendido?

Mientras conducía pensaba que lo que estaba sucediendo iba demasiado lejos y peor sin vuelta atrás. Decidió, creyéndose absolutamente más cuerda, que si detectaba una señal de cordura o indiferencia de parte de Nicolás, volcaría todo a fojas cero.

“Pues bien, de él depende”

Llegó. El la esperaba frente a la numeración, se subió de pasajero y le indicó la bajada a los estacionamientos. Ya ubicados en el nivel menos uno, caminaron hacia una calle de interior con bodegas cerradas con cortinas metálicas. Presionó el control remoto y se abrió la cortina dejando a la vista una amplia y oscura bodega. El caminó un paso, quedando al interior. Miró hacia atrás y Doris permanecía inmóvil. Estaba estupefacta. Si hubiera sido un departamento, incluso un motel sería normal, pero esto, ladrillos, cuarto sin ventanas, cortinas metálicas, subterráneo, solo faltaban chinos y coreanos con pistolas y perros. Avanzó un paso. Nicolás pinchó el control y la cortina comenzó a bajar a sus espaldas mientras se oscurecía.

- ¿Hay murciélagos aquí?

Antes de la oscuridad total Nicolás encendió las luces. Se distinguían las paredes con repisas metálicas almacenando rollos de telas, envueltas en plásticos gruesos. Al fondo una puerta seguramente el baño, una mesita con calefactor, microondas, tazas y un computador con su monitor. Al centro del local un mesón cuadrado amplio, de gruesas patas, para encaramarse y estirar las telas, una larga guillotina, reglas, lupas y carpetas con muestras. La iluminación del local era tenue, pero sobre el mesón colgaba una lámpara que iluminaba intensamente hasta el perímetro del mesón.

- Ven, siéntate aquí.

Acomodó una silla y le acercó las carpetas con las muestras.

- Míralas mientras yo preparo café.

Nicolás encendió el computador y la programó con música ambiental mientras preparaba café.

Doris no miraba las muestras, sino que asombraba daba una ojeada a su alrededor. No pudo evitar pensar que el lugar era la descripción exacta de un nidito de amor mientras acariciaba la suave carpeta aterciopelada que cubría al mesón.

Nicolás se acercó dejando los tazones sobre una cubierta para vasos y acercó un piso alto muy cerca de ella. Se sentó a su izquierda, en diagonal, como en un bar, quedando ella entre sus piernas. La rodilla derecha de Nicolás quedó casi a la altura de las manos de Doris. Ella pensó. “Cualquier movimiento en falso…..” Se concentró en las muestras.

El la ayudaba sugiriendo algún tapiz y ella respondía que no combina con los cuadros. El indicaba otra y esta vez no combinaba con la alfombra. Era segunda vez que ella reía mientras se apoyaba en la rodilla de Nicolás.

Después de un sorbo de café Doris se quitó su chaqueta dejándola en una esquina del amplio mesón. A propósito se había puesto la blusa sin mangas que deja los brazos descubiertos hasta los hombros.

- Qué bello bronceado. – Exclamó Nicolás mientras acariciaba el hombro descubierto. Luego un poco el brazo. Nuevamente el hombro.
- La feria Nicolás. La feria. Recorro toda la feria y el sol encima.

De pronto Doris sintió los labios de Nicolás pegados en su hombro izquierdo.

Cerró los ojos y espero un par de segundo. Recordaba una película donde la protagonista reaccionaba muy enojada mientras él se disculpaba que interpretó mal las señales. ¿Qué hacer? ¿Haría lo mismo? Lo iba a hacer, pero no enojada. Giró hacia su derecha pero Nicolás ya la estaba esperando. Rodeó con ambas manos su cuello y suavemente pero firme la sostuvo mientras comenzó a besarla. No era lo que pasó en la película. Esta era otra película. Tímidamente respondía a los besos. Estaba muy confundida.

Nicolás comenzó a batir su brazo en alto mientras buscaba el interruptor que colgaba de la lámpara. Cuando lo encontró la tiro y se apagó, quedando la luz tenue de los apliqué.

- Apagaste la luz – Dijo Doris, susurrando. – Pensó “será ésta la señal que esperaba”

Texto agregado el 20-06-2022, y leído por 87 visitantes. (0 votos)


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