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Inicio / Cuenteros Locales / beethoveniano67 / MI PRIMO FORTUNATO

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Mi primo Fortunato era un envidiable privilegiado para tener muchos juguetes. Yo en cambio, solo en mi cumpleaños o en Navidad, a duras penas recibía uno que otro, y a veces uno que no me gustaba. Pero al suertudo le llovían no solo de Papa Noel, o también por su onomástico, o por Año Nuevo, o por las Fiestas Patrias, o por sacar diplomas en el colegio, o por Semana Santa, o por el Día del Alumno, o por el Día del Niño, o por el Día de la Tierra o por el Día del Libro, o por cualquier otra cosa que al mundo se le ocurriera celebrar, sino en cualquier momento que se le antojara ir a la juguetería. Su complaciente buen padre, mi tío Alberto, cuñado de mi papá, saciaba sus caprichos comprándole los avioncitos, barquitos, las metralletas, máscaras, cometas, los rifles, columpios, soldaditos, carritos, disfraces, patines e infinidad de otros juguetes muy costosos.

Un sábado, para mala suerte de Fortunato, mis padres me llevaron a la mansión de tío Alberto para festejar a lo grande sus cincuenta años.

Mientras todos bailaban contentos los valses o las cumbias, yo me atreví a asomarme a la puerta abierta del exclusivo cuarto de juguetes de Fortunato, pidiéndole permiso para entrar. Era vox populi en la familia la fama de esa habitación, contigua a la inmensa sala.

Me enteré por otro primo que Fortunato era un chico malvado, avaro, egoísta, que se creía un príncipe. Con matonescas amenazas, echaba al que osara ingresar a su reino. Por eso, dos meses antes, todos mis primos se negaron rotundamente a ir a la mansión para saludarlo cuando cumplió once años. Pero, jalados de las orejas por sus padres, fueron llevados a la fuerza a la majestuosa matiné del niño bonito.

No les faltaba razón, era insolente, intolerable, desafiante me conminó con el puño alzado, diciéndome en voz alta que me largara de inmediato o me daba una paliza. Como yo sabía que eso pasaría, previamente preparé un plan con la certeza que lograría mi objetivo. Le engañé que traía el mejor juguete del mundo que aún nadie poseía. Vieran la cara de sorpresa que puso. Me escrutó fijamente un buen rato, quizás dudando, con un incipiente desprecio en sus inocentes ojos negros, hasta que finalmente, no sé cómo y para suerte mía, cayó en mi treta. A regañadientes dejó que yo entrara. Todos mis demás primos, sentados en los finos muebles de terciopelo, entreteniéndose de lo bien que movían las caderas sus radiantes padres al compás de la contagiante música, se quedaron con la boca abierta. No podían creer la histórica hazaña que yo había conseguido: ingresar al paraíso de Fortunato.

No pensé que fuera tan imponente, divina, tan hermosa esa vasta habitación, ya casi llena de estupendos juguetes, y hasta pensaban abrir una nueva sucursal para albergar otros que llegarían pronto.

Alcanzaba la meta de tocar con mis propias manos aquel universo maravilloso de juguetes y pensé divertirme con ellos todo el tiempo posible, hasta que Fortunato pidiera el juguete que le prometí. Llegada esa instancia, yo simplemente daría media vuelta y saldría tranquilo del lugar, sin miedo, satisfecho de mi logro, aunque ya intuiría la rabieta que le causaría a mi primo por estafarlo, esquivando los fieros insultos que lanzaría a mis espaldas.

De todos los juguetes o regalos que estaban a mi disposición, el que más me encantó fue una formidable pelota de cuero, de la misma marca con la que jugaban mis ídolos Cruyff o Maradona. Fue amor a primera vista. Fascinado, me lucí con ella dándole centenares de pataditas. Yo era el campeón de ellas en mi barrio.

Fortunato, impaciente, me exigió que le diera de una vez el enigmático regalo ofrecido.

En ese momento circulaba un enorme y bello trencito rojo que nos llegaba casi a la cintura, bullanguero sobre sus largos rieles plomos y brotando de sus motores el humo gris que escapaba por los ventanales.

Antes que yo me retirara de la habitación, como estaba planeado, Fortunato, sospechando que todo era una triquiñuela mía, me endilgó una atroz bofetada. Enfurecido, lo empujé contra el trencito que justo pasaba por nuestro lado. Los vagones, obedientes a mis repentinas órdenes, parecían contentos de recibirlo con los brazos abiertos. ¿Acaso ellos también sabían que era un chico mezquino y había que castigarlo? No lo dejaron incorporarse, continuó tirado boca arriba con la mirada horrorizada. Quedé sorprendido de que mis funestos deseos empezaran a cobrar fuerza. Arrepentido, quise ayudarle, tendí mis manos a las de él para sacarlo, pero ya era tarde. Pude escuchar su desconsolado llanto, en vano llamando a sus padres, cuando el bello trencito rojo cruzó las paredes del cuarto y se perdió por las oscuras calles de la medianoche. Permanecí mudo por unos instantes, incrédulo ante ese escalofriante hecho del que fui testigo.

De veras, no quise hacerle daño, admito que fue condenable desear que se lo llevara el tren, pero no pensé que se concretara. Fue, por ejemplo, como si le dijera a un hermano que se muera o se vaya al infierno por delatarme que falté a la escuela y así padecer la sanción de mi madre de impedirme jugar fútbol con mis compañeros de aula por un mes, pero yo sé bien cuánto adoro a mi familia y hermanos, y jamás desearía una cosa tan espantosa para uno de ellos ni para nadie. La ira embrutece a uno, es cierto, transformándolo en un monstruo.

Así pasó con Fortunato. Cuando lo ví atrapado entre los vagones, me dije muy seguro que ya se levantaría y correría tras de mí. Qué no daría yo por que eso se hubiese hecho realidad. Pero, lamentablemente no fue así para el pobre.

Al poco rato, cuando mi tía Yola, su madre, y mis demás tíos notaron que no estaba en su paraíso ni en ningún otro rincón del lujoso inmueble, me preguntaron por él. Dije la verdad, que el trencito se lo llevó. Mis primos se mataron de la risa. Mis padres se avergonzaron de mi increíble confesión. Todo el mundo me reprochó: algunos, calificándome de reverendo atrevido mentiroso, que cómo podía burlarme de ellos, sobre todo de mi tía Yola, a punto de desmayarse por la inesperada ausencia de su engreído, y otros, mucho más drásticos, que yo era un mozo malcriado que merecía me dieran unos buenos chicotazos en las nalgas por decir semejante grosero disparate. No faltó alguien que se compadeció de mí y recomendó que me llevaran urgente a un psiquiatra. Eso sí que no me gustó. Yo estaba plenamente consciente de mis actos, lúcido, firme en mis cabales.

Yo me convencí que Fortunato ya no volvería nunca más. Percibí en la furibunda fuga del trencito rojo, su férrea determinación de llevárselo para siempre quién sabe a dónde.

Observé los juguetes y me pregunté si acaso les dolía o no su súbita orfandad que propició la partida de mi primo. De pronto, un avioncito empezó a dar vueltas y vueltas con una cometa colgada en él, unos soldaditos se colocaron los disfraces y máscaras para mecerse en los columpios, los patines eran perseguidos por los carritos, un barquito navegaba por el piso de madera brillosa, rifles y metralletas se unieron para dar sonoras salvas como si festejaran algo… Entonces, imaginé una salvaje turba de primos sedientos que asaltaban la mansión y tumbaban las puertas del paraíso para saquearlo sin piedad.

Mientras familiares, amigos y la policía buscaban desesperados a Fortunato por la ciudad entera, sin hallar explicación a la misteriosa desaparición, yo, sin hacer caso a mis padres de no moverme de la sala para nada, salí de la mansión ante las protestas de mis primos y fui a mi distante casa, como a veinte kilómetros, corriendo y corriendo como un loco en plena madrugada.

Algunas horas después, sintiendo los primeros rayos de sol que iluminaban mi amplia sonrisa, volteé y observé a lo lejos, para mi sorpresa, las traviesas y alegres siluetas de mis primos que se dispersaban por diferentes sendas, llevando algo en las manos.

Y seguí corriendo, dando los últimos trotes, indesmayable, triunfal, a unos pasos de abrir las puertas de mi hogar, mientras veía el más precioso amanecer con mi pelota de cuero entre mis felices brazos.

Texto agregado el 16-02-2023, y leído por 373 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
04-08-2023 No entiendo la verdad porqué puntúan tan bajo aveces. Tenes un lenguaje amplio, pero no considero que complique la lectura. La escritura es muy correcta. Se evoca, quizás, una especie de fantasía/recuerdo infantil. Que considero no es nada fácil hacer. agubruno
19-02-2023 Es un buen cuento. con un inicio a mi ver largo. En el momento en que el personaje entra al cuarto de juguetes de Fortunato y luego de que susodicho se lo lleva el tren, empieza lo bueno. Abrazo. sendero
 
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