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Inicio / Cuenteros Locales / raulato / Cuando no eres el preferido de las tías

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De niño veía a mis tías adultas, enojonas y serias aun cuando algunas apenas pasaban, en esos años, los treintas. El mismo respeto que les tenía a mis padres, era hacia ellas. Yo les temía. Algunas se sumaban al maltrato familiar dándome de palmazos. Cuando me refiero a ellas incluyo también a los tíos. Mi padre con tres hermanas y sus esposos, seis en total, y mi madre con tres hermanos y sus esposas. Otros seis. Doce en total. Pero como un acto de honrarlas me voy a referir a ellos como mis tías.

Estas tías, me imagino que ocurre en otras familias, se sentían orgullosas porque sus hijos eran casi o de frentón superdotados. Puede que los sean. ¿Existe algo más pedante que un niño superdotado?, si, su madre. Cada vez que nos visitábamos me preparaba emocionalmente porque existían ciertas advertencias que yo debía acatar. Mi padre por un lado me anticipaba que si no me portaba bien ahí mismo me la iba a dar. Y sabía que mientras durara la visita estaría estrechamente vigilado por mis propias tías.

Se me hace difícil explicar que me consideraba un niño absolutamente normal. Vivía en barrios populares donde a muy temprana edad ya sabía advertir el peligro, sabía cruzar la calle, nunca me perdí, conocía el dinero y sabía comprar, coleccionaba e intercambiábamos revistas, respetaba a los mayores, a las niñas, a los animales. Si jugando a la pelota quebrábamos un vidrio, nuestros padres debían pagarlo. No ensuciaba mi ropa limpia. Y así eran casi toda mi patota de amigos. Aun así, pese a lo poblado de mi ambiente nunca escuché a una mama vecina decir que sus niños eran pocos menos que superdotados. Al contrario, las quejas eran que éramos incontrolables e insufribles.

Sin embargo, de visita a la casa de mis tías se respiraba extraño. Terrible era en las vacaciones donde la visita duraba a veces un mes completo. Algunas vivían en Valdivia. Un mes viviendo en sus casas, atroz. A medida que iba creciendo me daba cuenta que no eran terrible, simplemente eran distintas.

En el rango de ocho a doce años uno solo piensa en jugar. Ridículo encontraba sentarme junto a mi mamá o papá mientras ellos conversaban si estaban los primos para jugar. Tampoco a esa edad se tiene conciencia que ellos, los adultos, se visitan para compartir y les arruinamos la paz que debieran tener. Aun así fui descubriendo, aprendiendo mejor dicho, que no eran justas en el buen trato ni en la intensidad de los retos al momento de aplicar orden. Muy temprano detecté que los retos y maltratos hacia nosotros, los menores, iban principalmente dirigidos hacia mí.

En los almuerzos

- No se paran de la mesa hasta que se coman todo. Y apúrense. Y aprendan a comer. Usen la servilleta.

Que me dicen, si almorzaba rápido para poder salir al patio. Y para nada era regodeón. Pero los dardos de fuego no eran hacia sus hijos, eran para mí.

- No jueguen en las escaleras porque se pueden caer. No corran.

Vivía en departamento. Subía de a dos escalones y bajaba resbalando por la baranda. Pero los primos eran torpes y perdían el equilibrio. Me encaraban a veces con un manotazo. Como si yo los hubiese empujado.

- No salgan al patio porque se va a embarrar. Éntrense.

Una vez salió un tío y recogió a su hijo en medio del barro, estaba hasta peinado. Entró a la casa maldiciendo la falta de disciplina. Obviamente palabreaba a mis padres. Y yo de punta en blanco. Cuando les recuerdo a mis tías dicha función, porque así la denominaba, función de circo, acotaban “Debiste cuidarlo, o avisarnos”. O sea´, yo, con nueve años y él con once ¿debía cuidarlo?

- No tomen los libros de las repisas. Porque le saca las hojas.
- No saquen los juguetes de sus piezas. Porque se los rompo

¿Les sacaba las hojas a los libros? ¿Acaso yo les rompía los juguetes?

En los juegos, naipes, ludo, damas, tenía que dejarme perder. Si ganaba estos lloraban.

- Tramposo – en vez de felicitaciones

A veces se caían pedaleando sus bicicletas

- No le presten la bicicleta.

Si estábamos en los sillones viendo televisión

- vayan a jugar al patio, te la pasas todo el día echado.

Si no se sentaban hacer las tareas era yo el flojo.

- Por eso te va pésimo en el colegio

¿Qué sabían ellas como me iba en el colegio?

Cuando para el almuerzo necesitaban mandar a alguien a comprar al negocio de la esquina y como los primos traían cualquier cosa, me preguntaban a mí si me ofrecía

- Claro. Yo voy –todo lo que sea estar en la calle me encantaba

- Mejor no, te quedas con el vuelto.

Un homenaje entonces a mis tías.

Texto agregado el 12-02-2024, y leído por 369 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
14-02-2024 Hay tías que merecen palos. Otras son una dulzura y excelentes cocineras. Esas sí que valen oro. Divertido tu relato. Clorinda
14-02-2024 Con esas tias, dan ganas de no volver a verlas jamás Odette
13-02-2024 Una vivencia familiar que suele pasar: tener esa clase de tias. inkaswork
12-02-2024 Supongo que es ficción, porque si no que tortura pobre chico. Que familia por favor, alejarse es poco. TETE
12-02-2024 Por lo general las tías suelen ser condescendiente con los sobrinos, pero estas tías eran unas brujas yosoyasi
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