INÉDITA VISITA
Mis manos muy coquetas,
frente al querido espejo,
prueban sus mejores vestidos
para la grata visita inédita.
Perfumadas de lavanda,
llevando al alegre paraguas,
toman las calles lluviosas
que son las tibias pieles
de mi rodilla y peroné.
-¡Abrid, hermanos pies,
somos tus hermanas manos!-
exclaman con trémulas voces.
Sorprendidos ellos
se levantan de las muebles
y abren la puerta gris…
entonces al amanecer
hubo abrazos infinitos…
Dejando al fin su larga pereza
mis manos por primera vez
felices trayendo fruta a la mesa
visitaron a mis conmovidos pies.
LOS DEDOS REBELDES
Freder y Waldo eran los dedos de un muchacho malo, quien los obligaba a sujetar su honda para lanzar piedras a los pajaritos. Ya muertos, él los vendía a unas familias que les gustaba consumir aves.
Era Freder, el dedo gordo de buen corazón, el que sufría con esta perversidad. Se quejaba de su ingrato destino de pertenecer a la mano derecha de aquel. Ya no soportaba ser cómplice de la desgracia de esos pobres animalitos, pues le dolía en el alma verlos caer muertos desde las ramas de los árboles. Por eso, una tarde que el muchacho se dirigía hacia los árboles del bosque, Freder le propuso un generoso plan a Waldo, su vecino dedo índice.
-Waldo, por favor enróscate como lo haré yo. Ya verás que el malvado se enfadará por intentar enderezarnos y luego se rendirá al convencerse de que no queremos sostener su honda. Te lo ruego, hazlo por esos pajaritos indefensos- dijo conmovido.
Pero Waldo, que era tan tímido, se negó rotundamente,
-Estoy seguro que nos pegará. Es un muchacho tan malo que quizás nos rompa los huesos- se excusó.
Entonces, en el momento que el muchacho preparaba su honda, Freder se armó de valor y se rebeló enroscándose firmemente.
-¡¿Qué pasa con este dedo?!- protestó el muchacho, tratando de enderezarlo.
Pero Freder mostró su espíritu combativo, forcejeando un buen rato con su enemigo, hasta que sucedió lo increíble. Tal como lo supuso Waldo, el muchacho empezó a maltratar a Freder, al sospechar que el dedo tenía su vida propia y que tomó la firme decisión de no querer sostener a la honda.
-¡Ten tu merecido, dedo insolente!- le recriminó, furioso, golpeándolo con un pedazo de fierro.
-¡Freder, ríndete, amigo mío, ríndete o te va a matar!- suplicaba Waldo al ver las expresiones de sufrimiento de su valiente compañero.
Al final de la batalla, fue el muchacho quien se rindió al no soportar el dolor que él mismo se causaba al dañar a Freder.
Fatigado por la desigual lucha, Freder se desmayó de tanta tortura recibida. El muchacho llegó a preocuparse al notar que Freder no reaccionaba, pensando que se le pasó la mano con los fierrazos que le dio. Pero estaba confiado que cuando el dedo se recuperara, seguramente ya no se resistiría a sus órdenes, porque le tendría miedo que lo volviera a flagelar.
-¡Freder, mi noble amigo! Te advertí que ese chico es un perverso. Pero algún día pagará sus maldades. ¡Ya verás!- dijo al borde del llanto, Waldo, acariciando a Freder, que aún no despertaba.
A la tarde siguiente, el muchacho colocó la honda entre Waldo y el dedo medio (que reemplazaba al lastimado Freder) preparándose para su cruel faena diaria. De pronto, para su sorpresa, supo que Waldo también se le sublevaba, porque vio que se enroscó decididamente para no darle gusto a sus maldades. Esta vez, el muchacho no eligió el castigo para el nuevo rebelde. Pensó que el dedo índice debía ser un terco como el dedo gordo y que perdería su tiempo en golpearlo. Además que al mismo le doldría la zurra que le diera.
-Ya después me rendirán cuentas, par de granujas. Se lamentarán de lo que me están haciendo- dijo mirando con odio a Freder y Waldo.
Luego, quiso arreglárselas con sus nuevos aliados (el dedo medio y el dedo anular) pero no le dieron los resultados que esperaba, pues no sujetan adecuadamente a la honda. A duras penas mató 3 pajaritos y no los más de 20 que cazaba cada tarde.
¡Ineptos! ¡Pensé que ustedes serían mejores que ese par de malcriados!- gritó ofuscado a los dedos reemplazantes.
En esos momentos observó que el dedo gordo al fin se movía. Tan débil estaba Freder, que no pudo evitar que lo enderezaran.
-Vaya, resucitaste, dedo atrevido. Alístate ya, que te necesito. De lo contrario, ya no te salvarás que te parta en dos. Y tú también, dedo índice, o acabarás hecho polvo- amenazó el muchacho a Freder y Waldo.
-¡Freder, qué bueno que despertaste querido amigo!- dijo contento Waldo, dando un suspiro de alivio.
El muchacho se alegró al darse cuenta que dos pajaritos muertos quedaron atrapados entre las ramas más altas del enorme árbol. Al menos, vendería 5 pajaritos, y como él era experto en escalar árboles, fue en busca de ellos.
No tardó en trepar sin ningún problema el tronco de unos quince metros de altura, hasta llegar a la rama donde yacían los animalitos occisos. Comprobó que era imposible agarrarlos, porque ellos estaban al medio de la rama, a unos cinco metros de distancia. Por lo tanto, optó por sacudir la rama para que cayeran los animalitos, pero fracasó en el intento, pues ella era demasiada gruesa, dura como una roca, férreamente entroncada. De manera que no había otra solución que treparla. Entonces, respirando profundo por unos segundos, se impulsó desde el tronco hacia la rama para cogerla con ambas manos y justo en esos instantes, Freder, que aún no se había recuperado totalmente, volvió a desmayarse y fue auxiliado de inmediato por Freder, que lo cubrió lo mejor que pudo, al ver que el muchacho (sin el apoyo de ellos para asir la rama) caía al vacío, dando un grito aterrador.
Por fortuna, Freder y Waldo salieron ilesos. El muchacho, moribundo en el suelo, terminó con fracturas en las piernas y brazos, al igual que sus otros ocho dedos, que trataron en vano de amortiguar la atroz caída. Mas, tuvo suerte que un hombre que pasaba por ahí, lo llevara al hospital.
A medianoche, el muchacho despertó para alegría de su madre que estaba a su lado. Él advirtió que casi todo su cuerpo estaba enyesado. Se asombró al saber que los únicos dedos que empezaban a moverse, eran el dedo gordo y el dedo índice, que procuraban zafarse de la venda que envolvía su mano derecha. Pero se preocupó que no podía hablar.
Su madre, animosa, llamó a las enfermeras y al doctor para que vean que el chico ya había despertado.
-¡Mire doctor, ya puede mover sus dedos!- dijo ella regocijada.
El doctor le preguntó al muchacho si podía hablar, y él le respondió, moviendo la cabeza, que no.
Luego el doctor cogió delicadamente a Freder y Waldo, y comprobó, sorprendido, que eran los únicos que no tenían lesiones.
-¡Qué bueno! Así podrá escribirnos cómo se siente y pedir algo que desee- dijo el doctor, trayendo un papel y un lápicero.
Entonces, el muchacho, sumamente arrepentido por lo malo que fue, esbozando una ligera sonrisa a Freder y Waldo, poco a poco, con ayuda de ellos, pudo terminar de escribir. Su madre cogió el papel y leyó en voz alta para que todos oyeran:
“Perdón por haber matado tantos pajaritos. Les prometo que nunca más lo haré”
Los corazones de los Dedos Rebeldes, palpitaron de felicidad.
LAS MENTIRAS DE LUCIANO
Luciano era un caballo feliz a pesar de que no tenía una oreja, un ojo y su cola. Desde que conoció al pato Filiberto, Luciano había vuelto a sonreír a la vida. Filiberto era pintor, y a Luciano le encantaban los cuadros raros que pintaba su gran amigo: árboles que bailaban sobre las nubes, barcos llenos de manos o un sol triste en plena noche, y disfrutaba de la música de violines que ponía su amigo en el tocadiscos. Vivían juntos en las orillas de un río.
Pero, ¿por qué Luciano no tenía esas partes de su cuerpo? Pues, todo empezó por culpa de una mentira suya, la más trágica de todas. Sucede que Luciano tenía la manía de mentir por gusto. Durante mucho tiempo tuvo suerte de que sus mentiras no lastimaran a nadie.
Pero esa suerte se acabó una mañana cuando un caballo forastero le preguntó por dónde se iba hacia el mar. Luciano, en vez de responder que era por el Este, le mintió diciéndole que era por el Norte, sin imaginar la tragedia que iba a ocurrir. El pobre caballo forastero, muy obediente, a los pocos metros cayó a un hoyo profundo, se rompió las patas y las costillas, y murió a las pocas horas.
Luciano, asustado y arrepentido, fue a su establo a dormir para olvidarse de lo sucedido. Pero allí lo esperaba un Caballo Brujo para castigarlo con un hechizo tenebroso.
-Por tu maldad, a partir de hoy, por cada mentira que digas perderás una parte de tu cuerpo. Por ahora perdiste tu cola- sentenció el Caballo Brujo y desapareció haciéndose humo.
Luciano se miró en el espejo y casi lloró al ya no ver su cola, su hermosa cola larga y de abundante pelaje que tanto admiraban todos en la aldea.
Pensó no salir de su establo por mucho tiempo, por la vergüenza de que lo vieran sin su cola, pero lo tuvo que hacer, tres días después, para conseguir sus alimentos y para asearse en un lago.
Cuando sus vecinos le preguntaron por su cola, casi mintió al decir que se la cortó porque pesaba mucho, pero felizmente se acordó que no podía mentir o perdía otra parte de su cuerpo. Tuvo que confesar la verdad y todos se enteraron del castigo que el Caballo Brujo le impuso.
Desde entonces, pasó mucho tiempo cuidándose de mentir. Cuando le preguntaban algo, se concentraba con rigurosidad y respondía adecuadamente.
Mas, una noche, por ser generoso, su corazón lo hizo mentir.
Ocurrió que al regresar a su hogar, vio que un zorro se metía a su establo.
-Te lo suplico, Luciano, déjame esconderme hasta que se vaya la Policía. Me meterán preso veinte años si me atrapan- le rogó el zorro asustado.
Y apenas terminó de hablar, ambos sintieron los pasos de los tres policías, y antes de que ingresaran ellos, el zorro se ocultó detrás de un mueble viejo. Los uniformados preguntaron a Luciano si había visto a un zorro ladrón que andaba robándose los melocotones y las uvas de la aldea.
A Luciano se le partió el alma de pensar que al pobre zorro encarcelarían tantos años.
-No, no le he visto- dijo y los policías se fueron.
Luciano no tardó en darse cuenta de que otra vez mintió.
-¡Oh, noooo!- exclamó lamentándose. Se miró en el espejo y comprobó que el hechizo acababa de cumplirse: ya no tenía su oreja derecha.
Triste y avergonzado de no tener su cola y una oreja, Luciano no salió de su establo durante dos semanas, hasta que nuevamente el hambre y el aseo lo obligaron a salir.
Desde entonces, pasaron muchos meses sin que Luciano dijera una mentira. Tenía tanto terror de mentir que llegó a pensar en taparse la boca con algo para siempre. Pero no lo hizo porque le gustaba cantar cuando se bañaba.
Una tarde que cabalgaba para traer leña, olió algo tan delicioso que se detuvo. Buscó de dónde provenía ese olor y encontró detrás de unas rocas, a un osito que preparaba una ensalada de alfalfa con mucho ketchup y mayonesa. El osito cargaba una mochila con sus cuadernos y libros.
-¿Me invitas un poquito de tu ensalada tan rica?- dijo Luciano, sin dejar de respirar con gozo aquel olor tan agradable.
Y comieron con tanto placer ambos que cuando terminaron, decidieron hacer otra fuente de ensalada.
Justo en el momento en que estaban picando el pasto y la alfalfa, escucharon que alguien se acercaba. El osito se escondió detrás de unos arbustos y Luciano vio aparecer a un oso enorme con una correa gruesa en las manos.
-Oiga, ¿ha visto a un osito por esta zona? Es mi hijo, desde hace varios días no va a la escuela. Ahhhhhh, pero los correazos que le daré cuando vea a ese bandido- le preguntó el oso con cara molesta.
Y otra vez Luciano, por ser tan bueno, por salvar al osito, olvidó
por completo, la advertencia del Caballo Brujo.
-Sí, lo vi hace como una hora, se fue por allá- respondió señalando a un camino empedrado.
De pronto, puso una cara de espanto al saber que mintió.
-¡Oh no! ¡Tendré otro castigo! ¡Mentí sin querer otra vez!. ¡¿Qué perderé ahora?! - pensó aterrado.
Bajó la mirada por un rato y cuando la levantó, se dio cuenta de que sólo veía la mitad de lo normal. Sí, había perdido su ojo derecho. Lloró mucho. Esperó la noche para que nadie lo viera llegar a casa sin un ojo.
Se encerró más tiempo que las veces anteriores. Y cuando volvió a salir, vencido por el hambre, ahí sí que empezaron los problemas. Sus vecinos ya no lo querían tener en la aldea. En realidad, sin un ojo, sin una oreja y sin su cola, a muchos les daba miedo verlo así.
-Váyase, Luciano, que usted asusta mucho a nuestros niños cuando lo ven- le exigían a diario, hasta que el caballo, incómodo por el acoso de los aldeanos, buscó un lugar para mudarse.
Cabalgó hasta las afueras de la aldea, y a las orillas de un río, vio a un pato que pintaba cosas extrañas, pero hermosas. Era Filiberto, y desde entonces se hicieron grandes amigos. Luciano construyó su nuevo establo junto a la casa de Filberto y volvió a ser feliz con la agradable compañía de su nuevo amigo.
-Deseo dibujarte, Luciano, quiero tener un recuerdo tuyo, quizá
alguna vez te marches de aquí- le dijo un día Filiberto.
-Sin mi cola, sin mi oreja y sin mi ojo, imposible, dibujarías a un monstruo- dijo apenado Luciano.
-Te dibujaré con todas esas partes, tal como eras antes. Además, eres un caballo bello- dijo Filiberto, tratando de darle ánimo.
Pero Luciano dijo que no sería igual y se negó rotundamente a que lo dibujara.
Luego, como todos los días, se enternecieron al escuchar las bellas y románticas melodías de los violines que emitía el tocadiscos.
Al día siguiente, Luciano regresó a la aldea para sacar una herradura que olvidó en su viejo establo.
En el camino, vio que todos sus antiguos vecinos se escondían asustados en unas cuevas. Huían de unos cazadores de animales que deseaban llevárselos a los zoológicos y circos de la ciudad.
Escuchó unos ruidos de motores que se aproximaban y de pronto aparecieron varios camiones que se acercaron a él. Bajó un hombre con un sombrero gigantesco para cubrirse del sol y con una escopeta en las manos. Se asombró al ver el tenebroso aspecto de Luciano.
-Díganos, ¿no viven animales en esta aldea? Qué raro, no encontramos a nadie, nos dijeron que aquí vivían muchos- preguntó el hombre.
Esta vez Luciano sí tuvo en cuenta las consecuencias de una mentira más. Y no tuvo miedo al saber que iba a mentir. Qué importa que el hechizo lo castigara de nuevo. Preferiría perder
una parte más de su cuerpo, a que todos esos animales fueran infelices lejos de su hogar.
Pero antes de mentir, le rogó con toda el alma al Caballo Brujo, que si le iba a quitar una pierna, que lo haga cuando llegue a casa de Filiberto.
-Ayer vinieron otros cazadores y se llevaron a todos- respondió Luciano con firmeza.
Apenas mintió, empezó a correr y correr lo más rápido posible antes de que el hechizo le ganara. Después de algunos minutos de cabalgar como un rayo, se alegró de ver a Filiberto a poca distancia y de tener aún sus cuatro patas. Cayó cansado a los pies de su amigo y agradeció al Caballo Brujo por no arrancarle una pierna en el trayecto.
Mientras Luciano tomaba el agua que le trajo Filiberto, esperó resignado a que el hechizo se cumpliera. Estaba tranquilo, echado sobre la grama, viendo los nuevos cuadros que había pintado su gran amigo, a quien quería como a un hermano.
Esperando perder una de sus piernas en cualquier momento, se quedó dormido con el rostro sereno.
Al despertar a las pocas horas, Filiberto le dijo que se preparara para una sorpresa. En la pared de la sala, estaba colgado un enorme cuadro tapado por una tela blanca.
-Voy a desvelar tu cuadro. Te dibujé, mientras dormías- dijo Filiberto sonriente.
-¡Noooooo! ¡¿Por qué hiciste eso?! ¡Ahora que perdí una pierna soy más horrible que nunca!- chilló Luciano sin mirar sus piernas, por el dolor que le causaría si faltara una.
Entonces, Filiberto descubrió el cuadro y apareció pintado el caballo más hermoso del mundo: un caballo de pelaje negro brilloso, con sus dos enormes orejas, con sus dos ojos soñadores y esa cola larguísima y de abundante pelo.
-Tienes mucha imaginación, soy yo antes de las mentiras- dijo Luciano, aún echado sobre la grama, mirando con nostalgia al cuadro.
-No, Luciano, estás equivocado. Así luces, amigo, te dibujé tal como eres ahora. El Caballo Brujo te ha premiado por tu bondad. Ven para que te veas en el espejo y te convenzas de que no miento- dijo Filiberto.
Al levantarse, Luciano se sorprendió de tener aún sus cuatro patas bien puestas, y al verse frente al espejo de la sala, lloró de felicidad cuando vio que su cola, su oreja y su ojo ya habían regresado.
Y Luciano relinchó de alegría con todas sus fuerzas. Y fue a correr emocionado por todo el valle, saludando a las flores y a los ríos; a los árboles y a las mariposas; a los vientos y a las estrellas; hasta que volvió al amanecer siguiente, para darse un interminable cálido abrazo con Filiberto.
RIO PALLANGA
En todo el largo recorrido del tranvía, mi padre no hacía más que hablarme de Río Pallanga. Ese domingo de octubre, él me llevaba por primera vez al hipódromo para conocerlo, pues iba a competir en la carrera de caballos más importante del año: el “Gran Premio Presidente de la República”.
-No olvidarás nunca este día. En el futuro, le dirás a tus hijos que tuviste el privilegio de ver a Río Pallanga, el mejor caballo de carreras de todos los tiempos- me decía, risueño él, y siguió hablándome maravillas del que se volvió fervoroso admirador desde el año anterior.
Desde soltero, mi padre era un apasionado hípico que asistía todos los domingos al hipódromo para deleitarse con los mejores caballos de la época. Le gustaban los finales dramáticos, los triunfos por un pescuezo o una nariz. Y seguía yendo al hipódromo después de que se casó con mi madre, aunque con menos frecuencia por el trabajo y demás responsabilidades como jefe de hogar.
Pero cuando yo tenía un año de nacido, se inició una larga sequía de buenos caballos que lo alejaron del recinto por una década, hasta cuando se enteró por medio de los periódicos, que un verdadero fenómeno había debutado en las pistas de carreras: un tal Río Pallanga. Lleno de curiosidad, por él regresó al hipódromo el siguiente domingo y comprobó la veracidad de los elogios, porque esa tarde fue una “locomotora” que ganó de lejos a sus rivales. Y desde ese día, decidió no perderse ni una sola carrera de ese caballo que se convirtió, en poco tiempo, en su engreído y el predilecto de la mayoritaria afición.
Lo increíble es que hasta entonces nunca había apostado, porque desde un principio, supo que en este negocio, más era lo que se perdía que lo que se ganaba. Además, como no recaudaba mucho con su oficio de hacer zapatos en casa, era muy responsable en no tocar el ajustado presupuesto familiar por arriesgarlo en las apuestas. Aunque, a decir verdad, se las arreglaba bien para que no nos faltara nada.
Entonces, bajamos del tranvía y nos unimos a los cientos de aficionados que marchaban entusiasmados hacia el hipódromo, muchos pregonando que sus caballos favoritos ganarían el clásico hípico. Y mi padre aconsejando en voz alta que no boten la plata al agua apostando por otro caballo que no sea Río Pallanga, recibiendo el apoyo caluroso de muchos y las pifias de los bandos contrarios.
Cuando entramos al recinto, me sorprendió que él se dirigiera a las ventanillas para apostar por primera vez en su vida, que a la postre sería la única que hizo.
-¡Por quién más, por el que ganará, por el dos de Río Pallanga!- respondió mi padre muy confiado, cuando el empleado le preguntó por cuál caballo apostaba. El tipo le hizo un ademán de aprobación, mientras le entregaba un cartoncito blanco con el número dos impreso.
-Ya verás que en un rato, tendremos dinero suficiente para irnos de vacaciones con toda la familia a mi tierra- me dijo muy optimista, guardando el cartoncito en los bolsillos de su pantalón.
Luego, tuvimos suerte de acomodarnos en las graderías repletas de hípicos.
La multitud estaba claramente dividida entre simpatizantes de tres caballos: del gran favorito Postor, del argentino Granizo y de Río Pallanga, que ese año no le iba tan bien como el año anterior, en el que se convirtió en ídolo popular, pues últimamente perdía sus carreras por culpa de una pata algo lesionada, por lo que la crítica especializada lo daba por perdedor. Pero sus fieles partidarios, como mi padre, confiaban en su recuperación y estaban convencidos que ganaría.
-Mira, Moisés, ¿ves a aquel caballo con el número dos? Es Río Pallanga- me dijo, gozoso. Y conocí al fin al caballo, de castaño pelaje, con su claro número pintado en una manta que cargaba sobre su lomo, caminando lentamente con unas vendas blancas en sus patas delanteras y una tela del mismo color en el hocico, guiado por su sereno jinete que lo paseaba entre otros corceles.
Poco después, todos los caballos estaban listos en el partidor para iniciar la batalla por ganar los 2,800 metros. Se hizo un silencio largo, en medio de la tensión general. Entonces, por los parlantes se oyó la vibrante voz del locutor: ¡Se da la largada!
Y partieron una decena de caballos en pos de la gloria. Río Pallanga tomó la punta en primeros metros. Y siguió liderando al cruzar los doscientos, los quinientos, los ochocientos, ante la sonrisa de mi padre que lo alentaba entusiasmado, como los demás incondicionales. Pero a poco de cruzar primeros mil metros, Granizo lo pasó, sacándole ventaja por dos cuerpos. Observé algo preocupado a mi padre. Como experimentado guerrero que era, Río Pallanga apuró el paso para que el argentino no se le distanciara más. Éste no duraría mucho en estar primero, unos trescientos metros más, porque Río Pallanga y su jinete, lo iban midiendo bien, teniéndolo a medio cuerpo y sabían en qué momento debían galopar a fondo y darle caza. Y así lo hicieron cuando faltaban 1, 600 metros, pues Río Pallanga aceleró con fuerza y faltando 1,500 rebasó al enemigo, tomando la punta otra vez. Mi padre y toda la fanaticada saludaron ese momento y no pararon de vivar cuando vieron que Río Pallanga sacó dos cuerpos a Granizo faltando 1,200, y no dejaron de gritar su nombre cuando Río Pallanga continuaba arriba faltando 1,000, 800, 500, 300 para la llegada, ahora seguido por Postor que dejó atrás a Granizo. Y vi a mi querido progenitor sacudir los brazos en alto y al hipódromo hecho un loquerío de gritos de júbilo, cuando Río Pallanga en el tramo final de los últimos ciento cincuenta metros sacó tres, cinco cuerpos de ventaja, indetenible, siete, ocho cuerpos, con un aura victoriosa alrededor de su humanidad, nueve, diez, once cuerpos delante de un tal Peel, que ahora iba segundo, hasta que el “Expreso”, como todos lo llamaban, cruzó ganador la meta a trece cuerpos de ventaja, en medio del delirio, la algarabía, la apoteosis de la muchedumbre que siempre creyó en Río Pallanga. Mi padre no cabía en su inmensa felicidad, saltando eufórico mientras lagrimeaba, abrazándome fuertemente, estrechándose con su amigo y con desconocidos que también lloraban de la emoción. Y lo seguí cuando él y todo el mundo bajaron a las pistas para intentar tocar o acariciar al héroe de la tarde memorable. Pero como vimos que eso era imposible por el mar de gente que rodeaba al campeón, regresamos a las graderías y mi padre se sentó unos minutos en ellas, aún agitado de tanto haber gritado como nunca. Me mostró un semblante radiante.
-Te lo dije, Río Pallanga no nos podía fallar- me dijo conmovido, mientras se levantaba para irnos a cobrar a las ventanillas.
Poco después, mi padre, con sus doscientos cincuenta soles en los bolsillos, yo y todos los adeptos del célebre caballo, abandonamos el hipodromo con el pecho henchido de alegría.
Pero lamentablemente, a pocos metros de la salida vimos que un mozo de unos veinte años, le quitaba el dinero a un niño que vendía dulces. Mi padre y otros más, fueron tras el bribón para atraparlo, pero aquél resultó ser más rápido que ellos y pudo huir de la escena. El niño, en medio del llanto, no paraba de repetir que con esos trescientos soles que le robaron, iba a comprar unas medicinas para su abuelo. Mi padre, luego de cavilar unos segundos, se le acercó y lo consoló acariciándole los cabellos, metió la mano al bolsillo y le dio todo dinero que había en él, pensando que era lo que ganó en la apuesta.
-Toma, pequeño, es todo lo que tengo. No faltará una buena persona que te complete los cincuenta que falta- dijo él, apesadumbrado. Y miró alrededor de la gente, para ver si alguien colaboraría. Apenas nos alejamos a escasa distancia del lugar, volteamos y vimos con satisfacción que unos hombres le daban plata al chico.
Luego, cuando ya estábamos muy cerca de la estación del tranvía, noté que mi padre tuvo una expresión de perplejidad al momento que rebuscaba algo en su camisa y en su pantalón. Un instante después, el pobre me dijo avergonzado que sin querer, unió el dinero que ganó en la apuesta con los billetes del pasaje y todo se lo dio al niño.
-¿No te molestas si nos vamos en colectivo número once?- me preguntó con voz tímida.
-Pero, ¿con qué pagamos a ese colectivo?- cuestioné.
-Felizmente es gratis. Y aquí están esperándonos- me dijo, mirando nuestras piernas. Tardíamente entendí la broma y no pude contener reirme buen rato. Claro que acepté irnos a pie, que más quedaba.
Entonces, cuando ya la noche empezaba a devorar a la tarde, iniciamos el regreso, por una ruta distinta a la del tranvía, según mi padre, para cortar camino.
Y caminamos abrazados sorteando unas chacras de pastizales y nos desviamos por un sendero adoquinado que dividía a una zona residencial de bien iluminadas casas de concreto, de una barriada con casuchas de palos y esteras entre tinieblas.
-¡Qué contraste, ¿no Moisés?! Los ricos por allí y los pobres por allá!- expuso mi padre con un gesto de desazón, y ahí mismo me preguntó qué haría yo si fuese Presidente.
-Gobernaría por un país más justo, sin ricos ni pobres- respondí sin titubeos, imaginándome con mi banda presidencial, al momento que él me felicitaba por mi buena respuesta.
Después pasamos por unas fábricas textiles, de donde salían obreros presurosos a tomar sus colectivos nocturnos.
-Quién sabe que algunos de esos trabajadores, lleven los zapatos que hice- dijo mi padre, pensativo, mirando los calzados de ellos.
-Si volvemos en veinte años, y aún ellos siguen caminando con los mismos de ahora, entonces salieron de tus expertas manos- dije y él besó sus manos orgullosamente, haciéndome reir.
Media hora después, por una lúgubre plazuela, encontramos la estatua del poeta preferido de mi padre, quien se molestó por hallarla sucia. Sacó su pañuelo y la limpió lo mejor que pudo, mientras criticaba que esa estatua merecía ser de oro y no de bronce, con el que la tallaron.
“Hay golpes en la vida, tan fuertes yo no sé”- recitó solemnemente, aleccionándome que era el inicio de un poema famoso del gran poeta peruano César Vallejo, al que debía leer todas sus obras. Asentí el consejo.
Seguidamente, siempre abrazados, andamos más de una hora por una larga vía pedregosa, paralela a una carretera, en cuyo tramo final vimos un parque inmenso, en el que decidimos reposar en sus bancas. Oteamos la luna detenidamente.
-Pobre de ti, lunita preciosa, pobre de ti si el hombre llegara a conquistarte- comentó mi padre. Le pregunté, curioso, ¿qué pasaría?
-Lo que está pasando esta Tierra. Habría tanta miseria y la destruirían de tantas guerras- contestó muy serio. Le di la razón.
A poco de reanudar la caminata, nos cruzamos con un tropel de hinchas iracundos que salían de un estadio, vivando a su equipo de fútbol que acababa de ganar y nos preguntaron de qué escuadra éramos seguidores. Por supuesto que dijimos que del club de ellos o tendríamos problemas. Nos felicitaron y continuaron con su caravana bulliciosa.
No tardamos en ingresar al centro de la ciudad y nos alegramos de ver a Chaplin en los carteles de los cines. Era nuestro actor favorito, porque era tan divertido.
-Ya vendremos a verlo en estos días. Cuentan que esa película “El Chico” es hermosa y muy tierna. Vamos a llorar juntos cuando la veamos- dijo mi padre, encandilado.
Entre el bullicio de las bocinas de los carros y el ajetreo de las filas de gente que recorría las calles, al parecer mi padre tendría algo de frío, porque en una de las esquinas le pidió a un vendedor ambulante que nos fie un par de vasos de linaza caliente, que sin falta, al día siguiente le pagaría el doble de lo que costaba. El hombre, de buen ánimo, no solo nos fió la linaza sino también un par de deliciosas empanadas. Mi padre lo abrazó muy agradecido y le prometió pagarle el triple de la cuenta.
Sin dejar de caminar abrazados, luego de media hora, vimos ya cerca al puente del río que separaba a nuestro barrio con el centro de la ciudad: dimos un suspiro de alivio, ya faltaba poco para llegar. Acelerando el paso, lo cruzamos oyendo el bullicioso rumor de sus aguas. Entonces la medianoche nos sorprendió llegando a casa al fin.
Fueron seis largas horas de inolvidable caminata. Mi madre y mis hermanas nos recibieron preocupadas, preguntando dónde estuvimos, por qué tanto demoramos si escucharon por la radio que la carrera del Gran Premio terminó como las cinco y media de la tarde. Después de las explicaciones del caso, todos nos sentamos a tomar una sopa bien caliente por el frío que reinaba. Luego, mi padre fue a echarse a su cama sin desvestirse y le quité los zapatos. El pensaría quitarse la ropa en un rato, pero se quedó profundamente dormido y nos negamos a despertarlo. A pesar de su evidente cansancio, su rostro transmitía esa paz y tranquilidad de los que tienen la satisfacción de haber cumplido con algo bueno. Y de tanto contemplarlo, caí dormido al lado de él. Mi buena madre, nos dejó así y se fue a dormir al cuarto de mis hermanas.
Al día siguiente, si no es por ella que vino apresurada a despertarme para que vaya al colegio, yo seguiría durmiendo de largo. Recordé que tenía exámen de historia esa mañana. Como ya era algo tarde, no pude repasar mi libro y con las justas tomé el desayuno antes de salir apurado al colegio que distaba a veinte minutos yendo a pie.
En el camino, tratando de concentrarme en el exámen, quise recordar lo que había leído antes de que me fuera a ver la carrera de caballos con mi padre, pero en vez de que aparecieran en mi memoria las fechas del Día de la Independencia y de las principales batallas o combates, surgieron las imágenes del viaje en el tranvía hacia el hipódromo; del momento que partieron los caballos; de las lágrimas de mi padre cuando Río Pallanga cruzó victorioso la meta; de cuando nos metimos felices a las pistas para tratar de tocarlo; del pillo que asaltaba al pobre niño; de mi padre entregándole el dinero que ganó en las apuestas; de la propuesta para regresar en el colectivo número once; del instante que nos abrazamos para iniciar el larguísimo regreso, cuando de pronto, sentí una mano amiga sobre mi hombro, que me sacó de mis recuerdos: era mi compañero de aula que me saludaba y recién me di cuenta que estaba en la puerta del colegio. Éramos los últimos en llegar.
El profesor Zavala, un anciano regordete, con gafas y estricto con la puntualidad, a regañadientes nos dejó pasar. Percibí una lacerante tensión en el aula.
-Alumno Mendoza, pase a dar el exámen.- empezó a llamarnos. Advertí que el muchacho temblaba de pies a cabeza, quizás temía lo desaprobaran.
-Dígame, en qué año…- solo eso pude escuchar del profesor, porque otra vez volví al domingo entrañable. Por mi mente desfilaron el momento que pasamos entre los pobres y ricos; los zapatos de los obreros; la estatua sucia del poeta; la preocupación de mi padre por la luna; la celebración de los hinchas de fútbol; los cartelenes de Chaplin; del emolientero que nos fio, de la alegría que nos dio como nunca antes de ver el puente, cuando otra vez se me esfumaron mis reminiscencias al escuchar la severa voz alta del profesor que ya había acabado con Mendoza, reprochándome que desde hace rato me llamaba para acercarme a su pupitre.
-¿Dónde andaba, en Marte? - me dijo muy irritado, cuando estuve frente a él. Oí que algunos alumnos se rieron.
Luego de mirar su reloj, me lanzó la pregunta. Como vio que demoraba en responder, me exigió que me apurara, que faltaban aún diez alumnos. Yo sabía la respuesta. Pude responderle los nombres que me pedía, pero los dejé de lado. Entonces no tuve miedo cuando finalmente respondí. Todos mis compañeros se doblaron de las carcajadas de lo que dije, porque les parecería que era un chiste. Pero no era así, yo hablé lo que realmente sentía. Y no me importó que el profesor, enojadísimo, me amenazara con expulsarme del colegio por tan grotesca burla, según él. Pues finalmente le respondí con aplomo y orgullosamente los nombres de mis héroes de toda la vida:
-Mi padre, Juan Antonio Acosta y Río Pallanga.
SOY UN DIA
Soy un día
un día que acabo de nacer;
sé todo
lo que en la Tierra acontecerá
en mi breve presencia
en mis fugaces
veinticuatro horas.
Seré un día
con defectos y virtudes:
horrendo para algunos
magnífico para otros;
me apenarán los primeros
los segundos serán mi consuelo.
¡Cuánto desearía
ser para todos
un día hermoso y sin duelo!
Para aquel oso
que arrancarán su piel
para esa mujer
que será viuda
para aquel toro
que van a torturar
para esa nube
que un avión asfixiará
para aquel árbol
que alguien lo talará.
.
Y como soy día noble
día con buen corazón
les he pedido
a mis lluvias
que no tornen
a diluvios monstruosos
que provoquen
el desborde de los ríos;
a mis vientos,
a huracanes despiadados
que hagan volar ciudades;
a mi frío,
a cruel helada
que asesine en las punas.
Seré fiel testigo
del ajetreo humano:
me espantarán
sus atrocidades,
me complacerán
sus generosidades.
Mis sentidos
no tendrán descanso
para percibir
todos los hechos
que sucederán,
millones contenidos
en cada milésima de segundo,
cuyos mínimos detalles
no se repetirán nunca más
desde hoy
hasta el fin del mundo;
como aquellas escenas
del tierno loco dublinés
que hoy resbalará y caerá al suelo
por intentar apagar al sol
con un baldazo de agua
y
de la gaviota argelina
que de su pico
caerá un pez sobre la cabeza
de un perro vagabundo;
ambos sucesos
a las once de la mañana
con cuarenta y un minutos
treinta y siete segundos
y seis milésimas.
Me afligirá igual
un anciano hambriento
un elefante cazado
un jardín marchito;
igual celebraré
al pescado escapando al mar
al payaso que me hará reir
al enfermo que vencerá a la muerte.
Me daré tiempo
para frecuentar
maternidades y camposantos:
iré a despedir
a todos los fallecidos
y a la vez
brindando con vino
bendeciré
a mis recién nacidos.
Nosotros los días
que somos tan diferentes
tuvimos. tenemos y tendremos
nuestras propias
pieles y voces,
distintos
huesos y sueños
y por supuesto
nuestros propios nombres.
Mentira
que nos llamemos
lunes, jueves o sábado.
Mi nombre
no lo pronunciaré
para que no lo apedreen
los que me tengan
un mal recuerdo.
Quizás me perdonen ellos
cuando comprendan
que no tengo
ni voz ni voto
para manejar mi destino.
Yo que cuánto anhelo ser
un verso de paz
un trozo de paraíso.
Soy apenas
un impotente día
con sus estoicos
mil cuatrocientos cuarenta minutos,
que he nacido
solo para presenciar
todas las incidencias de este planeta:
por el Este
una yegua pariendo al mediodía
un hombre ultimando la traición
una mosca merodeando la chuleta,
por el Oeste
un barco ahogándose en el océano
un pulpo peleando con el calamar
un chico volando su cometa
Todos estos episodios
desde el más significativo
como el estallido
de una guerra mundial
o el nacimiento de un músico genial…
hasta el más sencillo que aparentáse
como una cabra persiguiendo a un gallo
o una hoja muriendo en otoño…
todos ellos
conformarán
mi Collage,
retrato
enmarañado y colorido,
laberinto pictórico
de interminables eventos
donde se confundirán
entre otros
un naipe que cae, un hombre baleado,
la nieve cubriendo una cabaña, unas papas friéndose
un cura matando una araña, un guitarra que afinan
un cartero sediento, un niño ansiando un pan
una bombilla parpadeando, bocas besándose
un paraguas que se cierra, una ventana que se abre
unos ojos asustados, una monja lavando su sotana
niñas haciendo rondas, una llave abriendo la puerta
un cubito de hielo derritiéndose, una rata huyendo
un soldado alistando la granada, una chica abortando
un gusano saliendo de una manzana
una prostituta fumando, una camisa que planchan
un preso cavando un túnel, un cerdo gruñendo
dos amantes saliendo a escondidas del hotel
asoleándose una vaca, corriendo un trencito de juguete
un finado penando, un asno pensando…
Mi singular collage
enorme lienzo
que estará colgado
en las paredes
de los depósitos del Tiempo,
donde penden
infinitos collages
de otros difuntos días.
Soy un día
que no sé para qué he nacido
ni sé quién me ha parido;
un misterio errante
de efímera vida
que seré
escupido o abrazado
que me querrán
(según como me haya portado)
crucificar o santificar.
Nací
se abre el telón…
Ya el cadáver
del que llamaron domingo
acaban de llevárselo en hombros.
Allá voy…
ya empiezo a andar…
La fugitiva sombra
de un gato egipcio
fue lo primero que vi;
lo último
antes de dar mi postrero suspiro:
un caballo negro
de imponente perfil
salta resuelto
para aniquilar a blanco alfil…
CUATRO CABALLOS
Cuatro caballos huyen
de las bestias españolas,
preguntándose:
quién ese bravío hombre
que no pudieron arrancarle
sus piernas aceradas.
Cuatro caballos asilados
en cuzqueñas montañas,
siguen interrogándose:
quién ese macho inédito
que extirparle no supieron
sus portentosos brazos.
En el Huatanay solidario
cuatro caballos castigados
lavan sus amargas heridas
de tanto latigazo virreinal,
por no hacer pedazos
a ese rebelde señorial
que jaqueó a la Corona.
Cuatro caballos que galopan
por una amaneciente senda
tropiezan con un brazo
que las bestias arrojaron:
el mismo brazo indomable
del hombre bravío y macho
que ellos y la soga colonial
no sacaron su brazo
Cuatro caballos pasean
al osado brazo luminoso
por los pueblos subyugados
que lo abrazan esperanzados.
Yergue victorioso en alto
el recio puño desafiante
del hermano brazo invicto,
señalando la vía de lucha
contra el opresor y el mal.
Es el puño lleno de sol
de nuestro héroe universal:
Túpac Amaru II, inmortal.
CLARO DE LUNA
Carnaval en su círculo
danzan los rayos
en su grácil blancura,
maquillado el cutis sin edad
con polvos de marfil de Venus
que acrecientan su beldad.
¿La luna enamorada
de un poeta sideral?
Nunca clareó mejor
una noche húngara.
Los dedos del genio,
retratando el momento
navegaron hechizados
en el mar de sus teclas…
Nació la Sonata atildada
de luminosidad eterna:
Claro de Luna.
LLEGASTE TARDE
Llegaste tarde
con tus costal de flashes
tarde, por unos pasos
cuando Él ya se había ido.
Grato fuese imaginar
abrir un álbum de fotos
y disfrutar de verlo
pelear con la lluvia bonnense
bebiendo el café humeante
poniendo la trompetilla a su oído;
con el exhausto rostro dormido
tras terminar su Quinta genial,
frenético con la batuta en mano
dirigiendo su Novena inmortal.
Por escasos pasos
llegaste tarde con tu olor
a zinc y plata a la ciudad,
tarde, Fotografía,
cuando nuestro Beethoven
acababa de mudarse de Viena
arrastrando su piano hacia la Eternidad.
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