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Memoria de un noviembre
(Relato)

Nunca he podido recordar el minuto exacto en que todo cambió. Sólo sé que la tarde del 28 de noviembre de 1991 tenía un color extraño, como si el cielo hubiese decidido advertirme de algo sin encontrar las palabras. Yo, joven y distraído, creía que el mundo era un lugar estable, inmóvil, un escenario que no podía quebrarse de improviso.

Después vino el golpe. No un golpe físico solamente —aunque lo hubo, contundente y seco— sino un golpe que quebró mi vida en dos mitades: antes y después.

Dicen que el cuerpo tiene memoria, pero el alma también. A veces me despierto con la sensación viva de aquel instante: la caída: rápida, violenta, inevitable, el intento de enderezarme en el aire, el golpe seco, brutal, el silencio denso que siguió como si el mundo entero contuviera el aliento. Recuerdo manos que trataron de alcanzarme, voces que se alejaban como si vinieran desde debajo del agua. Y en medio de todo, un pensamiento que aún hoy me estremece: “¿Aquí termina todo?”

El destino decidió dejarme aquí, con la marca invisible de ese día. Hay cicatrices que nadie ve, pero que pesan como piedras en los bolsillos. Desde entonces camino con la nostalgia al hombro, como quien carga un fantasma que no sabe si agradecer o lamentar. Porque sobrevivir es también una forma de condena y de bendición, dependiendo de la luz con que se mire.

Y entonces aparece él. Ese muchacho de 1991, detenido en algún punto del tiempo que sólo yo sé encontrar. A veces lo descubro en el reflejo de una ventana, en el eco de un pensamiento, en un olor que regresa sin aviso. Lo veo como si estuviera atrapado detrás de un vidrio: confundido, respirando rápido, sin entender por qué el mundo se le desmoronó de un instante a otro.

A veces me mira. No con reproche —los reproches vendrían después— sino con una mezcla de miedo y desconcierto. Es el “yo” que quedó congelado justo antes del impacto, tratando de recomponer el rompecabezas de un destino que no pidió.

Y mientras yo avanzo, él permanece ahí: fijo, mirando el momento exacto en que creyó que su historia terminaba.

Con los años, he aprendido a visitarlo en silencio. Me acerco despacio, como quien no quiere asustar a un animal herido. Le digo, sin palabras, que sobrevivimos. Que seguimos aquí. Que aún duele, sí, pero que también hay luz.
A veces quisiera tomarlo del hombro, sacarlo de ese instante detenido y traerlo conmigo. Pero no puedo. Él pertenece a ese día, ya no existe. Es la memoria viva del momento en que la vida decidió cambiarme el rumbo.

Y sin embargo, su existencia me sostiene. Porque ese muchacho, asustado y temblando, me recuerda que hubo un antes. Y con eso, me ayuda a entender mi después.

Algunas noches, noviembre regresa. No el mes, sino el recuerdo: el asfalto frío, el vértigo, la fragilidad brutal de la vida enfrentándose a su propio límite. Y entonces me invade una mezcla extraña de tristeza y melancolía, como si ese muchacho siguiera allí, esperando que yo regrese a buscarlo para explicarle que, aunque nada volvió a ser igual, todavía estamos de pie.

Quizá por eso escribo. Para que aquel instante no me persiga en silencio, sino que pueda transformarse en algo más: un relato, una herida convertida en palabra, una forma de decirle al tiempo que, aunque me partió, no logró apagarme.

Porque uno no vuelve a ser el mismo después de mirarse tan de cerca con la muerte.

Pero a veces —en las horas más quietas— me gusta pensar que ese golpe no me quitó nada: sólo me obligó a despertar.

Texto agregado el 27-11-2025, y leído por 52 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
28-11-2025 Nietszche se equivocó. Lo que no te mata, No te hace mas fuerte. Solo nos ayuda a despertar. Pero esos momentos siemore regresan. misletras
 
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