Cerré la puerta, y se me quedó mirando, como quien no entiende lo que escucha.
El viaje había comenzado unos veinte minutos antes.
Había pedido un taxi por teléfono, que llegó puntual.
-¿A dónde vamos?- Inquirió a modo de inicio de conversación.
-A la costanera. Esté será el viaje final de esta vida de mierda.
Pasó los siguientes minutos pensando qué hacer, o qué decir.
Mi respuesta lo había dejado perturbado.
Manejaba como un autómata. Solo reflexionaba sobre lo que había escuchado.
Luego de unos minutos, se animó a preguntar, con expresión grávida:
-¿Cómo te llamas?
-Noelia. Pero en unos momentos esté nombre ya no le importará a nadie.
Tragó saliva.
-¿Estás segura de que no hay otra oportunidad para vos? – me preguntó inspirado.
-Nada. Esto es lo que quiero y lo que voy a hacer.
Tomó su celular, como para hacer una llamada de emergencia, pero vaciló, y muy a su pesar, y decidió respetarme.
Mi teléfono sonó entonces.
-¡No!. Olvidate.¡ No pienso volver a atrás! – contesté ofuscada y corté la comunicación.
Su rostro, que se había iluminado por un instante, volvió a mostrar expresión de consternación.
Aquí está bien. Aquí me bajo – le indiqué.
Le di varios billetes de $ 20000, que eran todo lo que tenía, y mucho más de lo que costaba el traslado.
Como no atinó a agarrarlos, cayeron sobre la parte delantera del auto.
Ya en la vereda a punto de cerrar la puerta, le escuché decir:
- No creo que la muerte sea la única salida.
- ¿La muerte de quién? – le dije sonriendo.
-¡Ana, tesoro! Los productores te esperan para la firma.
A partir de hoy, nuevo nombre, y una nueva carrera.
En una semana, comenzamos a filmar.
Marcelo Arrizabalaga.
Buenos Aires, 28/11/2025.
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