Hay días —quizá más de los que admitimos— en los que uno despierta con la sensación de estar habitando una historia ajena. Como si la mente, silenciosa y caprichosa, tomara la pluma y decidiera escribir por nosotros. He llegado a pensar que, en el fondo, nuestra vida se resume a la elección constante entre dos formas de existir: crear o sobrevivir. No hay más.
Vivir en Estado de Creación
El estado de creación es un territorio luminoso. No siempre fácil, pero sí vivo. Es ese instante en que la mente se abre como una ventana recién pulida y permite que entre un aire distinto. En creación, uno deja de ser espectador y se atreve a ser arquitecto. Las posibilidades se multiplican, incluso cuando la realidad parece la misma.
Crear es suspender por un momento el peso de lo conocido para preguntarse: ¿y si…?
¿Y si tomo otro camino?
¿Y si pruebo algo que nunca he intentado?
¿Y si dejo de obedecer la voz que siempre me dice que no se puede?
En este estado, la imaginación no es un lujo: es un acto de valentía. Se trata de abrir puertas que aún no existen, de inventar puentes sobre precipicios que antes parecían insalvables. Vivir en creación es, quizá, la forma más íntima de libertad.
Vivir en Estado de Supervivencia
El otro camino es más estrecho y transitado. El estado de supervivencia tiene la comodidad de lo conocido, ese calor tibio que se confunde con seguridad. Allí nos movemos como quien camina por una habitación oscura que ya memorizó de memoria: sin encender la luz, sin cuestionar, sin mirar lo que podría haber más allá.
Sobrevivir es repetir el mismo pensamiento porque pensar uno nuevo duele.
Es elegir el hábito aunque ya no nos sirva, porque la incertidumbre parece más peligrosa que la insatisfacción.
Es vivir al filo de los días, no en ellos.
En supervivencia, la mente rehúye lo inesperado y se aferra a la rutina como si fuera un salvavidas. Lo triste es que, a veces, olvidamos que podemos soltarlo.
Entre una y otra
A veces nos engañamos pensando que elegimos conscientemente, pero la verdad es más simple y más brutal: ambas formas coexisten dentro de nosotros, tironeando del hilo de nuestra historia.
Un día nos descubrimos creando futuros, y al siguiente sobrevivimos apenas al peso del presente. No es un fallo, es la condición humana.
Pero hay momentos —raros, fugaces, luminosos— en los que uno se detiene y se mira por dentro. Y en ese silencio aparece la pregunta que lo cambia todo:
¿Estoy viviendo o apenas sobrevivo?
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