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EL DESPERTADOR FANTASMA



Si no fuera por su nieta Toñita, don Obdulio no se habría llevado a su querido despertador a la tumba, tal como era su deseo.

El día del sepelio, con los corazones destrozados, su viuda esposa y sus cuatro hijas, lo maquillaron con esmero, lo perfumaron de pies a cabeza, lo vistieron con su mejor terno, le colocaron su reloj favorito en la muñeca derecha y un lindo clavel en la solapa de su saco negro. Y justo cuando estaba a punto de ser enterrado, se oyeron los gritos de la pequeña Toñita, que llegó algo tarde con su madre al cementerio, trayendo al despertador en sus manos.

Ocurrió que la familia había olvidado por completo el deseo de don Obdulio. Quizás el descuido era comprensible, porque el difunto lo expresó tres años atrás, cuando aún gozaba de buena salud. Pero felizmente Toñita lo recordó y tuvieron que abrir el cajón marrón para poner el despertador encima del pecho de su querido abuelo.

Don Obdulio le tuvo mucho cariño a ese despertador, porque estuvo a su lado casi toda su vida, desde su infancia. Lo despertaba a tiempo para ir al colegio, a la universidad, al cine con la novia que sería su esposa, a la misa de cada domingo, al estadio para alentar a su equipo, a los diversos trabajos, a sus reuniones sociales, a sus citas médicas, entre otros compromisos. Sin él, su vida no habría estado bien organizada, y le debe, en gran medida, los muchos momentos felices que tuvo y todo lo que sembró y cosechó para vivir sin sobresaltos.

Al día siguiente de su entierro, antes de salir a pasear por el cementerio como nuevo fantasma, se apenó de ya no poder tocar a su despertador, pues cuando quiso acariciarlo, sus manos no sintieron sus pieles sino al vacío.

Vio un hermoso amanecer soleado al empezar su caminata entre muchos fantasmas madrugadores. Cuánto hubiera deseado encontrarse con sus difuntos padres para abrazarlos y besarlos, pero ellos yacían en un cementerio demasiado lejano, fuera del país.

En su recorrido, hizo amistad con fantasmas de todas las edades y de todos los tipos: callados, parlanchines, soberbios, humildes, desprendidos, tacaños, cultos, ingenuos, pícaros, pesimistas, arrojados, tímidos, avariciosos, etc.

Se ilusionó mucho cuando le dijeron que todos los fantasmas que fueron buenos en vida tenían la recompensa divina de pedir un deseo una vez por año, excluido el deseo de resucitar.

El más antiguo de los fantasmas lo llevó a la capilla del camposanto. Don Obdulio se arrodilló solemnemente ante el altar y pidió al Todopoderoso su deseo: poder tocar a su despertador. Así, podía programarlo para que lo despierte a la hora que él eligiera.

De inmediato regresó a su tumba y se alegró de que sus manos sintieran nuevamente la humanidad de despertador y lo acarició un buen rato. Como él fue un hombre generoso toda su existencia, su deseo fue concedido al instante. Volvió a la capilla para agradecer al Todopoderoso por ello.

Después, le causó mucha gracia cuando le contaron que una enorme legión de fantasmas, de haber sabido que sus familiares nunca le traerían flores ni limpiarían sus nichos, no hubiese pedido otras cosas al Todopoderoso, sino que los convirtieran en fantasmas visibles para ir a asustarlos con sus caras furiosas, por lo desamorosos e ingratos que eran.

Supo que los que quisieran podían salir del cementerio a pasear. Pero por norma divina, solo desde las 11 de la noche y volver antes de las 5 de la mañana. A los que se excedían de esta hora, como castigo, se les excluía la posibilidad de solicitar su deseo anual al Supremo. Casi todos los fantasmas iban a sus casas a visitar a sus familiares. Suspiraban de alivio de que ellos no pudieran verlos porque, de lo contrario, echarían a correr del espanto.



No tardó en enterarse de que muchos de los fantasmas tenían un gran problema, pues eran tan dormilones que se levantaban muy tarde y se lamentaban de pasar poco tiempo con su familia. Despertaban a las 2 o 3 de la madrugada y apenas disfrutaban un corto tiempo con sus seres queridos. O peor aún, más de un recontra fantasma dormilón, cuando salía apresurado de su sepulcro, ya no podía hacer nada, pues ya el cielo estaba claro.

Por ello, para remediar el problema, esa mañana don Obdulio llevó a todos los fantasmas dormilones a su fosa para que conocieran a su despertador y acordaron que éste los levantaría a las once de la noche para salir a pasear a donde les complaciera.

Desde entonces, por casi dos semanas, gracias al despertador que los levantaba a la hora señalada, los fantasmas dormilones disfrutaban de pasear más tiempo en sus hogares: se sentaban en los muebles para ver la televisión, unidos a la familia, que por supuesto, no podían verlos; observaban con nostalgia el jardín donde antes plantaron un rosal o unos geranios; se echaban encima de sus zapatos con los que tanto andaron; fingían jugar con gatos engreídos o tocar sus guitarras; se sumaban a los bailes de las fiestas que daban por los cumpleaños de sus hermanos o tíos; merodeaban por las ollas para saber si habían preparado su plato favorito; o risueños, subían y bajaban las escaleras como cuando eran niños.

Los fantasmas dormilones más jóvenes, se echaban en la cama junto a sus padres que soñaban con ellos; los más viejos, al lado de sus viudas, de sus hijos y de sus nietos que recordaban los paseos o viajes que hicieron con ellos.

Pero eran los fantasmitas dormilones los que podían romper el corazón a cualquiera: las mujercitas, buscaban con ansias a sus muñecas para simular hacerles un peinado de moda o preparar algo con su cocinita de juguete; los hombrecitos, mirando con añoranza la pelota con la que hicieron espléndidos goles o a los carritos que echaban a correr por los patios.

Don Obdulio solía ir a su casa, donde vivía toda su familia, para acariciar los cabellos de su dormida esposa (claro que ella no lo sentía) y hacer lo mismo con todas sus hijas y demás nietos. Ojeaba, melancólico, a su acogedora silla mecedora y a todas las cosas del hogar que alguna vez le fueron útiles. Luego entraba al cuarto de Toñita (su nieta favorita) para deleitarse de verla haciendo sus tareas hasta pasada la medianoche. Y se daba tiempo también para ir a visitar a su mejor amigo, que permanecía sentado frente a un tablero de ajedrez, como esperándolo para echarse una partida. Y en otras ocasiones, se iba a pasear al estadio solitario donde tantas veces había gritado, eufórico, los goles de su equipo predilecto. O a los cines vacíos, donde muchas noches se emocionó hasta las lágrimas con las mejores películas de drama.

Contentos, él y los fantasmas dormilones emprendían el camino de regreso a sus sepulturas, cuando notaban que el amanecer empezaba a apoderarse del cielo.

Pero resulta que durante esos días, el joven guardián del cementerio, no se cansó de buscar infructuosamente el lugar de dónde salía ese ruido molestoso que lo despertaba a las once de la noche (el camposanto era tan inmenso), pero muy seguro de que se trataba de un despertador. Estaba a punto de rendirse, cuando se le ocurrió contar su problema a los trabajadores que laboraban en el día.

-Hay un despertador del diablo que no me deja dormir. Me despierta con su tremenda bulla a las once de la noche desde hace dos semanas. Pero no logró ubicarlo al bandido- les confesó furioso.

Sorprendido, uno de los trabajadores afirmó haber abierto el cajón de un difunto para meter un despertador junto con él, a pedido de su familia. Entonces, llevó al guardián a la fosa de don Obdulio.

Sin perder tiempo, el guardián esperó que oscureciera para agarrar un pico y empezar a excavar la tumba del difunto, cuidándose de que nadie lo viera.

Cuando al fin abrió el ataúd y tuvo en su poder al despertador, lo destrozó a machetazos para que nunca más lo despertara. Impotente ante esa escena horrorosa, ¡qué no daría don Obdulio para recobrar la vida y estrangular con sus propias manos a ese malvado guardián por hacer pedazos a su querido despertador!

Los fantasmas pudieron oír su desgarrador llanto y acudieron a él para saber qué había pasado. Enterados de lo sucedido, todo el mundo lo consoló, dándole palabras de aliento en esos momentos tan dolorosos. No faltó alguien que, olvidando su condición de occiso, cometió un desliz al decirle con un fraterno abrazo: “muchacho, la vida tiene que continuar”, ocasionando la inmediata corrección de otro: “la muerte, dirás”. A decir verdad, más de uno tuvo que contenerse la risa para no faltar el respeto a don Obdulio.

Una hora después, cuando lo vieron dormido entre los residuos de su despertador, todos se fueron preocupados porque ahora que ya no sonaría el despertador, ¿quién los levantaría a tiempo para ir a pasear?

Cuando llegó la noche, don Obdulio empezó a soñar con el día que le trajeron al despertador a su cuarto: tenía ocho años él, sus padres lo pusieron sobre una repisa y le pareció bello, con un cuerpo de aluminio color plomo que sujetaba el grueso cristal redondo de unos veinte centímetros de diámetro, en el que se lucían sus grandotes números negros y las obreras manecillas que avanzan a paso firme con el tiempo para indicarle la hora; a la espalda, la delicada manivela con la que programaba la hora que deseaba despertar; las recias patitas que lo sostenían; las dos campanitas, que con su tremenda bulla, hacía que ladraran asustados los perros de la casa.

Don Obdulio no quería salir de ese sueño, deseaba con toda el alma que fuese eterno, rogando a todos los santos para no lo dejaran despertar. De pronto, en el momento en que todos los relojes de la ciudad marcaron las once en punto de la noche, increíblemente tronó el despertador. Cuando Don Obdulio abrió los ojos, vio a su querido despertador convertido en fantasma. Dando brincos, lo abrazó fuertemente con cariño y todos sus amigos fantasmas dormilones que habían sido despertados por el despertador corrieron sonrientes a la fosa de él. Celebraron buen rato, dando la bienvenida al nuevo fantasma.

El guardián se espantó al oír al despertador fantasma. No podía creer que aún esté vivo ese aparato, si él mismo lo había triturado con su machete. Claro que no, no, no, él no estaba orate. Cogió coraje y se levantó más rabioso que nunca para ir a la tumba de don Obdulio. Cuando la abrió otra vez, todo estaba en orden, solo vio los despojos del despertador encima del esqueleto de don Obdulio. Se rascó la cabeza y se preguntó si acaso tuvo una pesadilla. Sintió algo de miedo y se retiró sumamente preocupado. Pero a la noche siguiente, sí que se convenció de que no fue una pesadilla, porque nuevamente escuchó sonar al despertador que provenía del sepulcro de don Obdulio. Y continuó escuchándolo en los siguientes días, sin saber qué hacer.

Hasta que una semana después, ya no aguantó más y fue a la oficina del administrador del cementerio para contarle todo. Éste pensó que el vigilante estaba loco. Ofuscado, lo echó del local. Pero antes, le advirtió que si otra vez volvía con ese cuento fantasioso, lo despedía.

Ni corto ni perezoso, el vigilante no se dio por vencido y trajo a los canales de televisión, quienes con sus cámaras, hicieron escuchar al planeta entero el preciso instante en que retumbó el misterioso despertador. Todo el mundo quedó estupefacto. Se volvió la noticia del momento. Nadie dejaba de comentar del tema. La Iglesia recomendó que un cura de la ciudad fuera a echar agua bendita a esa tumba poseída por el demonio, según ella.

Entonces, el administrador del cementerio, ante la presión de los deudos, que no iban a permitir que una alma condenada sea vecina de sus difuntos, ordenó a sus empleados que sacaran el cajón de don Obdulio y llamó al mismo tiempo a la familia para que viniera a recogerlo. Las cuatro hijas, aunque al principio protestaron enérgicamente, finalmente no lograron que su padre se quedara, ante el injusto convencimiento mundial de que don Obdulio en vida, había sido un hombre perverso y por ello era un satán. Nada más falso, pues él fue siempre un hombre de conducta intachable y de tan noble corazón.

Todos los fantasmas del cementerio, especialmente los fantasmas dormilones, vieron con tristeza como metían su cajón marrón dentro de una camioneta verde que se lo llevó sin saber a dónde ir.

Haciendo una parada por un parque cercano, sus familiares llamaron no solo a todos los cementerios del país, sino también de todos los continentes, y tal como lo sospechaban, nadie quería darle albergue al pobre don Obdulio. Por desgracia, él ya era un famoso personaje del mal en toda la Tierra.

De manera que no tuvieron otra opción que cremarlo ese mismo día. En una casa funeraria, abrieron el ataúd y se sorprendieron de ver al despertador hecho trizas. Entonces metieron los huesitos de don Obdulio al horno y luego guardaron sus cenizas en un precioso cofre plateado. Y por supuesto, encima de ellas, los restos del despertador, para que estén siempre juntos.

Por la noche, ya en casa, los familiares de don Obdulio pusieron el cofre y una enorme foto de él sobre una mesa especial. Y luego de rezar por su eterno descanso, todos fueron a reposar a sus cuartos, con la conciencia tranquila por la misión cumplida.

Toñita se quedó en la sala, mirando al cofre. Estaba feliz con el regreso de su adorado abuelo, aunque ahora volvía hecho polvo. Estaba convencida de que no se asustaría si percibiera su noble presencia por algún rincón de la casa. Ya se imaginaba informándole todos los días de las cosas que haría en su trajín diario. También le prometería que cada mañana, antes de irse al colegio, le limpiaría su cofre y lo adornaría con lindas flores. Así sabría él cuánto lo quería y que jamás lo descuidaría, para que nunca le jale los pelos.

Sentada en la silla mecedora de su abuelo, se le fueron cerrando los ojos del cansancio, hasta dormirse, soñando con el día que su abuelo la llevó a conocer el mar.

De pronto, a las once un punto de la noche, retumbó más fuerte que nunca el despertador fantasma. Hasta el lejano cementerio, donde habitó por poco tiempo, llegó su generoso rugir para levantar a los fantasmas dormilones, quienes, alborozados, le agradecían infinitamente dondequiera que esté.

Toñita despertó con una amplia sonrisa y supo que su abuelo programó al despertador a esa hora para que lo despertara.

-¡Abuelo, lindo, a levantarse!- exclamó jubilosa, presintiendo que el alma de él salía del cofre. Adivinó el espacio exacto donde estaba el fantasma de don Obdulio, para abrir sus brazos y fantasear que lo abrazaba. Y sabía que él hacía lo mismo. Mientras se daban el imaginario tierno abrazo, ambos coincidieron en que pagarían todo el tesoro del universo por volver a sentir sus brazos.

Y desde entonces, nada ni nadie pudo jamás impedir que el despertador fantasma truene exactamente a las once de la noche, para que los fantasmas dormilones despierten a esa hora y se vayan a pasear muchas horas por sus casas y que gocen con echarse en los muebles o camas al lado de sus seres queridos, besando unos, las frentes de sus añorados hijos y nietos y otros, las de sus amados padres.





15 AGOSTO, 2021






Texto agregado el 28-11-2025, y leído por 21 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
29-11-2025 Que hermoso. Es fantástico,pero me gustó demasiado leerte y creer que un despertador se volviera fantasma. Inevitablemente lo leí crei que era posible que sucediera. Me encantó Saludos Victoria 6236013
 
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