BETICO
Fue todo un acontecimiento cuando llegaron los despertadores al pequeño pueblo. Luego de que el vendedor explicara a los pobladores cómo usarlo para despertarlos a la hora señalada, ninguna familia se quedó sin comprar el novedoso y atractivo aparato. El gran perjudicado fue Betico, el único gallo que existía en la zona, a quien le prohibieron que dejara de cacarear desde entonces.
Sucede que cinco años antes, muchos pobladores, por dormilones, empezaban sus labores muy tarde, por lo que tuvieron la necesidad de tener un gallo para que los levantara a tiempo. Y ése fue Betico, a quien trajeron de una comarca vecina para que levantara a todo el mundo, con sus fuertes cacareos, diariamente a las cinco de la mañana. Le pusieron ese nombre porque una mujer decía que se parecía a un tío llamado Betico.
Ahora relegado por el ruidoso instrumento, a Betico lo fueron descuidando paulatinamente: una semana después, ya no lo saludaban, ni revisaban sus plumas para saber si estaba sano o no, ni aseaban su espléndido corral que le hicieron y dejaron de traer sus alimentos favoritos como gusanos, hierbas y escarabajos. El pobre empezó a deprimirse mucho, y si no se murió de hambre, fue gracias a una buena muchacha llamada Isabel, que le daba granos de maíz todas las mañanas.
-¡Qué ingrata que es la gente, ¿no, amigo?!- razonaba la quinceañera, acariciando la cresta de Betico.
El gallo, agradecido, recostaba cariñosamente su cabeza en los tobillos de Isabel.
Pero a pesar de los cuidados y el afecto que le daba ella, no fue suficiente para que Betico soportara seguir viviendo en aquel pueblo. Quería largarse cuanto antes. Y más aún cuando escuchaba el horrible tronar de esos despertadores.
Una tarde, Betico ya estaba a punto de abandonar ese lugar de desagradecidos, cuando apareció Isabel para contarle que en una aldea lejana, una comunidad de campesinos requería de un gallo que los despertara a las cuatro de la madrugada, para empezar a hacer sus labores en el campo. Que supo de aquella urgencia por unos familiares que viven allí.
-El problema es que allá todos los gallos son unos tremendos flojos, cacarean a la hora que les da la gana. Yo hablé bien de ti, que serías muy puntual para despertarlos. ¡Vamos, Betico, acepta el trabajo! Es gente buena, te tratarán bien.- explicó animadamente la chica a Betico.
-Pero quizás lleguen los despertadores y me vuelvan a echar, como sucedió acá- dijo desconfiado el gallo.
-No te preocupes que eso no va a pasar, porque esos aldeanos son tan pobres que difícilmente podrán comprarlos- dijo Isabel con voz optimista.
Betico, luego de pensarlo por unos segundos, aceptó la propuesta y fue con la muchacha a esa aldea.
Cuando llegó allí, tras una larga caminata, le encantó la forma como los campesinos lo recibieron, haciendo todos una larga fila para saludarlo con un cálido abrazo. Comprendiendo las carencias que sufrían ellos, a Betico no le importó vivir en un humilde corral que le dispensaron y que lo alimentaran solamente con capullos de flores.
Pocos días después, Betico empezó a sentirse feliz; renacía su existencia por la cordialidad y las atenciones que le ofrecían esas sencillas personas, que bien merecían que los levantara con sus cacareos más potentes y alegres que nunca. El amor de la gente era su mayor deseo en la vida.
Además, el gallo no cabía de alegría cuando Isabel lo visitaba constantemente, trayéndole los alimentos que más le gustaban.
Un mes después, ocurrió que el pueblo que lo echó decidió traerlo de inmediato, pues los despertadores fallaban constantemente. Una docena de pobladores fueron a buscarlo por todas partes y lograron ubicarlo, pero por más que le ofrecieron el oro y el moro, Betico los rechazó. No quería saber nada de ellos.
-¡Ya verás que cuando esta gente tenga mucho dinero y pueda comprar buenos despertadores, te botarán a patadas, pajarraco!- le dijo el más malicioso de esos pobladores.
Por coincidencia, pocos meses después, unos exploradores descubrieron petróleo en una zona de la aldea y todos los campesinos se volvieron ricos.
-¿Se cumplirá lo que me dijo ese hombre malo?- pensaba preocupado Betico, mientras veía cómo la gente celebraba con una gran fiesta la buena suerte que le deparó el destino.
Y tal como él temía, a la semana siguiente apareció por la plaza de la aldea una mujer que arrastraba una carreta llena de despertadores, ofreciéndolos a buen precio.
Betico, imaginándose lo peor, decidió irse de inmediato, antes que los campesinos lo buscaran con sus despertadores bajo el brazo y le pidieran que se vaya porque ya no lo necesitarían.
-Pero, ¡¿a dónde vas, Betico?!- le preguntó sorprendida Isabel, cuando se encontró con él por el camino que conduce a las afueras de la aldea.
-¿No sabes que llegaron los despertadores acá? Seguro todos los comprarán y se me va a partir el corazón cuando me busquen y me digan que me vaya. Por eso me voy, no quiero presenciar esa escena dolorosa, porque he llegado a quererlos mucho. Y tendrán toda la razón de echarme. ¿Ya para qué les voy a servir?- dijo triste el gallo.
De pronto, alertados por Isabel, que había sospechado lo que pensaba Betico, llegaron todos los campesinos para abrazarlo y decirle cuánto lo estimaban y que deseaban que él les siguiera despertando toda la vida con sus bellos cacareos.
-¡Nadie compró un solo despertador porque saben que no habrá mejor despertador que tú, Betico!¡No sabes cuánto te quieren!- exclamó sonriente Isabel.
Betico batió sus alas de felicidad, con el pico mojado de sus lágrimas.
Al día siguiente, le construyeron un verdadero corral mansión, adornado con flores perfumadas y le colocaron una encantadora atalaya de cedro de dos metros de alto, para que suba en él y que cacaree a todo pulmón.
Y al lado del corral, edificaron una casa a la familia de Isabel, para que ella y Betico se acompañaran todos los días.
Le daban de comer todo lo que apeteciera y hasta le consiguieron una novia, una bonita gallina que le dio seis gallinitas y un gallito que sería tan buen y servicial gallo como él.
Viviendo como en un paraíso, Betico se convenció que el cacareo más alegre y apasionado que se pueda escuchar en la vida, es el que se cacarea en el lugar donde te quieren mucho más que en otra parte del mundo.
Y para siempre, sobre el atalaya, cada amanecer, Betico cacareaba mejor.
11 de Setiembre del 2024, OT, Bronx
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