A las ocho de la mañana ingreso a la prisión de Nueva York. Avanzo por un largo corredor custodiado a ambos costados por celdas donde incluso la luz del sol vacila en penetrar. De los barrotes emergen manos flemáticas, hebras vivientes que el crimen ha hecho germinar en la piedra, esperando atrapar una libertad que nunca llega.
En la oficina del superintendente, el aire huele a tabaco rancio y cuero viejo. El reloj de péndulo marca los segundos con golpes secos, recordatorios sombríos de que para alguien la vida se está agotando.
— Estás de suerte —dice el jefe—. Hoy tenemos a un pez gordo. William Kemmler, verdulero alemán. Mató a su mujer con un hacha.
No será la primera persona a la que ejecuto, pero ahora será distinto. No habrá soga ni cadalso. Este día, la ciencia se impondrá sobre la tradición: la silla eléctrica, recién instalada, aguarda su primer uso.
- ¿La silla eléctrica? ¿Y por qué no lo colgamos como a los otros?
- ¡Edwin Davis, Edwin Davis! A veces me parece que no sabes ni cómo te llamas. Estamos en 1890. No podemos oponernos a los avances de la ciencia. Por lo que a mi toca, yo sólo debo asegurarme de que el alemán pase a mejor vida bien achicharrado ¿me entiendes?
-Pero ¿no le parece que la horca…
-¡Basta, Edwin! Primero, esa decisión le toca al juez, no a mí. Dentro de una hora, esto se llenará de periodistas, testigos, técnicos… y deberás estar listo para bajar la palanca. Y no olvides tu capucha negra. Para ti, como brazo ejecutor de la justicia, las cosas siguen igual.
Llega la hora fatal. El director de la prisión se acerca por el pasillo hasta la celda del sentenciado. Junto a él camina un sacerdote y dos acólitos. El propio Edison, rebosante de orgullo, ha venido para atestiguar que su método de ejecución es un avance espectacular de la ciencia que ahorra sufrimiento al ajusticiado.
La puerta se abre y Kemmler, vistiendo un traje azul oscuro que han elegido para él, recibe a sus verdugos con una siniestra calma.
Luego el cortejo se dirige hacia la cámara de la muerte. Los demás reclusos, pegados a las rejas de sus celdas, contemplan en silencio el paso del séquito y algunos se persignan.
Al llegar ante una maciza puerta de acero enchapado, uno de los custodios hace girar la cerradura. La cámara es una habitación de cuatro metros por lado y no contiene más que una silla de madera en el centro y frente a ella, tres filas de bancas sin respaldo.
A la izquierda, los periodistas y los testigos de la ejecución se apretujan al otro lado de la pared tras un falso espejo. En la parte del frente, justo detrás de la silla, está el tablero del conmutador.
La comitiva que acompaña al asesino se sienta en las bancas. El mismo condenado se desabrocha el traje y se sienta. El técnico, John Durston, traído por Edison, le corta el pantalón a la altura de la rodilla y le fija un electrodo sobre la pierna, luego abrocha con no disimulado nerviosismo las correas que aseguran a Kemmler a la tosca silla de madera. El electrodo de la pierna va unido a un grueso cable eléctrico que hace las veces de cordón umbilical de la muerte.
Durston ha repasado su lección a conciencia. Raspa un círculo del tamaño de un dólar en el cuero cabelludo del alemán y tras untarle una pasta conductora le pega un electrodo en el cráneo y otro a su espina dorsal.
- Eso es para proporcionar a la corriente un sendero sin trabas por todo el cuerpo - explica Edison, mientras los presentes asienten como si su oscuro mundo de ignorancia se hubiera iluminado con los bombillos recién inventados.
El nerviosismo es notorio en todos, desde el director de la cárcel hasta el capellán, que no cesa de murmurar plegarias que nadie escucha.
Kemmler, se da cuenta de esto, y con increíble aplomo les pide tranquilidad. “Todo va a salir bien”, les dice y se arrellana en la silla asegurándose de que su espalda caiga exactamente sobre el hilo mortal. A continuación, con voz sonora exclama: “Estoy dispuesto”.
En el cuarto contiguo, el generador aumenta el voltaje. Una bombilla del panel de control se ilumina cuando se alcanzan setecientos voltios, cantidad que Edison ha determinado es lo adecuado para matar a un ser humano.
El Alcaide, se voltea y me mira. En sus ojos hay un asomo de perplejidad y asombro evidenciando su total desconocimiento de la nueva tecnología. Le observo como traga saliva y a continuación hace un gesto con la mano. Me dispongo a ejecutar la orden. Bajo la palanca que acciona el conmutador y la corriente fluye hacia la silla.
El cuerpo del alemán salta como si quisiera escapar de las correas al ser impactado por la corriente y una serie de grotescas convulsiones lo bambolean como muñeco de trapo. Su rostro se vuelve rojo brillante.
Edison, acentúa su pose de sabio omnisciente y exclama a viva voz: “¡A partir de este día vivimos en una mejor civilización!”.
La electricidad corre por el cuerpo del alemán durante diecisiete segundos, tiempo meticulosamente cronometrado por el científico, y con un enérgico ademán me indica detener la corriente. El médico, sentado en la primera fila se levanta y se acerca al cuerpo caliente del condenado. Tras examinarlo, grita:
- ¡Está vivo! ¡La corriente, pronto!
Edison, perplejo, enmudece. Los funcionarios se dan apresuradamente unos a otros la orden de conectar la corriente. Acciono la palanca con furia pero el generador está agotado, no hay chispa, no hay redención, sólo el tiempo suspendido en el filo del destino.
Mientras tanto, Kemmler gime y lucha por tomar aire. Sus ojos desorbitados miran sin mirar mientras sus manos brutalmente apuñadas pugnan por liberarse.
Los testigos, petrificados, sienten cómo el horror les aprieta el pecho, nadie se mueve, nadie habla. El aire se ha coagulado como si el cielo mismo se negara a respirar.
Edison hace esfuerzos por recuperar el protagonismo y ordena a su técnico esperar hasta que el generador alcance mil treinta voltios. Enseguida me ordena conectar la corriente y mantenerla por más tiempo. Por tres minutos la corriente estremece sin cesar el cuerpo del desdichado que se achicharra lentamente.
Un nauseante olor a carne quemada surge de la víctima e inunda el recinto cerrado, junto a un curioso sonido crujiente como de algo que se fríe. Por encima de su cabeza se eleva una nubecita de humo y de su boca se escapan algunas llamitas azules. Su cerebro se está derritiendo.
Cuándo se me ordena detener la corriente, el médico dictamina que Kemmler está muerto. No hacía falta estudios de medicina para saberlo.
Los funcionarios, el sacerdote y todos los demás van saliendo ocultando a duras penas las ganas de vomitar.
“Finalmente hemos descubierto un método humano y civilizado de ajusticiar a los condenados” exclama el científico. Pero nadie le presta atención. El apocalipsis ha comenzado.
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