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Inicio / Cuenteros Locales / BRINCALOBITOS / LA COMPLICIDAD DEL MAZAPÁN

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Pensaba embarcarse en un sueño y despertar en la luna. Como si eso fuera posible. De hecho, podría haber estudiado para astronauta y se acercó al sol del dinero que, dicen, es el que más calienta. Total, para emprender una exitosa carrera de empleado de banca sin mayor gloria. En todo caso, una noche más, un año más, a siete días tan solo de la cima de la montaña más adversa. Pidió otra cerveza. Mientras se la servían, quiso serenarse, comprender que las cosas son como son, que las Navidades forman parte de esos inconvenientes de la vida, en tanto en cuanto obligan, aunque no se encañone a nadie para aceptarlas. Pero eso son posibilidades reservadas a tipos con más coraje. Algunos son capaces de eludir la catástrofe y ponerse en el otro extremo del mundo de inmediato. Con premeditación y alevosía.
Aunque, pensándolo bien, ¿qué territorio, en el planeta, queda a salvo de una sucesión imparable de acontecimientos como los que rigen el latido de los festejantes en estos “días señalados”? ¿Cuál? El concurso de jerseys navideños en la oficina; el amigo invisible a vida o muerte; los villancicos en bucle sonando por cada rincón de la sucursal; las felicitaciones corporativas; las cenas de empresa donde todos fingen llevarse bien. Y la familia. Lo mejor a punto de enmendarse hacia la fatalidad.
Si hubiera estudiado para astronauta, como se empeñó en decir cuando era niño y no tenía ni puta idea de la vida, que quería ir a la luna, ahora podría. Ahora que la NASA lo pretende. Que los chinos lo pretenden. Ir a la cara oculta, instalarse en las sombras perpetuas. Donde las delirantes iluminaciones municipales no alcanzan. Donde las baterías de altavoces intergalácticos carecen de utilidad. Ni luz ni ruido. Eso estaría bien.
Otra alternativa, en esta misma Tierra, sería una cueva. Un dilema demasiado problemático para él. Tuvo amigos a los que les gustaba la espeleología, pero la posibilidad de adentrarse en el vientre del planeta por conductos estrechos siempre le dio miedo. Y están los bichos, los insectos, las ratas. Porque ratas debe haber en todas partes. Las ratas, las asquerosas ratas. ¿Por qué estaba pensando en ratas?
Justo al lado, dos tipos demostraban su insatisfacción, entre tercio y tercio, hablando de temas laborales. Enseguida dedujo que estarían empleados en una empresa de control de plagas. Uno de ellos se quejó abiertamente:
“Me toca currar el 24 por la noche. Rutina de inspección en el museo: trampas, cebos, dispositivos. Parece que han visto a alguna de mis amigas. De las que aspiran al puesto de Master Splinter para entrenar a las Tortugas Ninja. Turno entero. Nochebuena a la mierda.”
El otro sacó el móvil y añadió:
“Mira lo que dice el jefe.”
En la pantalla se leía: “Si no podéis venir el 24, buscad sustituto. Avisad solo si hay incidencia.”
De modo que las ratas venían de esa otra parte del bar. Por un instante, pensó en lo que daría por desaparecer solo una noche. Una noche sin villancicos, sin fotos, sin brindis, sin conversaciones circulares. Una noche de rutinario trabajo en la banca nocturna que estaba por inventar.
Entonces, como si un destello cinematográfico lo envolviera, experimentó la epifanía de su existencia. Eso. No estar. Nunca viajaría a la luna, pero una obligación lo libraría, al menos, de los compromisos familiares que detestaba. Una obligación es un compromiso y una excusa. Una armadura insuperable.
Por tanto, tenía que actuar. Se atrevió, por primera vez. Interrumpió el diálogo de los vecinos, se ofreció para ocupar el lugar del afectado por la guardia y, en pocos minutos, llegaron a un buen acuerdo. La operación estaba en marcha. Quien se arriesga poco obtiene, como mucho, la pedrea. El matarife de roedores entendió las necesidades del intruso y consideró plausible sostener ese cambiazo.
“Bastará un uniforme que yo te proporciono —dijo el tipo—. Una chaqueta con el logo de la empresa, un chaleco reflectante y una gorra. La tarjeta de acceso pertinente: un llavero con código normal, aquí no se gastan identificaciones biométricas. Tendrás unos días para examinar lo más importante de este manual: revisar trampas, anotar incidencias, llamar si hay algo raro. Pero no te agobies: el noventa por ciento del trabajo consiste en dar paseos tranquilos comprobando las cosas. Si ves una rata, abres un registro. Si no ves nada, lo anotas igual. Esto lo hace cualquiera. Si te preguntan algo, di que eres el suplente. Siempre hay suplentes… ¿Hay trato?”
Lo hubo. Lo hubo. Y no pasó nada de cuidado.
Unos días después, nadie lo puso en aprietos. La familia, sin embargo, no tragó tan rápido.
“¿Pero cómo que trabajas en un museo?”, preguntó su hermana, frunciendo el ceño.
“Es un favor puntual. No preguntes, que llego tarde”, respondió él, ya poniéndose el abrigo.
La hermana abrió la boca para insistir, pero la madre la llamó desde la cocina y el asunto quedó más cerca del cubo de la basura que de la mesa puesta todo mantel.
“La Navidad también es esto, ¿no? Ser generosos, ser comprensivos, darse para ser felices”, añadió antes de salir triunfante. Discurso impecable. Felicitaciones.
Y no, no fue la luna en el museo, pero… pero. Como se sabe, siempre hay un pero. Para que una narración prosiga, tiene que existir una distorsión, una piedra dentro del calzado. Un objeto punzante del que no se tuvieron noticias.
Resulta que los vigilantes del museo amenizaban el paso de las horas, atentos a la seguridad, con melodías navideñas: unas muy pegadizas, otras decididamente inadmisibles si el centro hubiera estado abierto al público. Estaban en sus puestos, desde luego, relajados, tocados con gorros de Papá Noel y gala de espumillón, y no dudaron en mostrar camaradería invitando al impostor a dulces y sidra El Gaitero.
Mientras mordisqueaba un mazapán, oyó un ruido seco detrás de una vitrina. Se giró. Una rata cruzó el pasillo arrastrando un trozo de espumillón, como si también celebrara algo. Nadie más la vio. Él sí. Y entendió que la noche tampoco sería un refugio. La Navidad, como un organismo imparable colándose por las rendijas, estuvo con él, lo mortificó, logró, incluso, la complicidad del mazapán. Tampoco esa noche concluyó a salvo. También esa noche la Navidad mordió. Como las ratas.

Texto agregado el 24-12-2025, y leído por 43 visitantes. (1 voto)


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