Siempre esa pinche comezón está presente, especialmente durante los días en que las noches gobiernan a la luz. Esa alarma sigue siendo la misma, pero cada vez que sales, el manto azul claro comienza a desvanecerse poco a poco, rindiéndose a la oscuridad justo frente a tus ojos. El sonido sigue alcanzándote desde cada vez más lejos, viniendo de esa ciudad de mierda que no quieres ni de pedo volver a pisar. Si te quedas quieto, además de tu propio latido, los motores suenan cerca. Todo lo que puedes hacer es apretar los ojos y fingir que tienes el poder de hacer que todo se detenga; en vano.
Un solitario y retorcido conjunto de dragones emplumados de vapor despiertan desde tu taza de té caliente, solo para ser destrozados por la cuchilla silenciosa de un viento del norte, junto con el fugaz vistazo de paz que te habían acariciado, demasiado breve. El frío se te viene encima, directo a la cara, y el necio sentimiento de que algo te hace falta resurge de nuevo. Como un hambre que no se deja amansar, ese sentimiento que no te deja descansar.
Le das un trago a tu té y regresas por la puerta trasera a la cocina.
De pronto se escucha un fuerte estruendo y el zumbido de tu generador desaparece. No, no, no, chingado… no mames, qué carajos. Te dices a ti mismo, tratando de mantener la calma, mientras corres al almacén del patio trasero, donde el generador te esperaba completamente muerto. Empiezas a presionar botones, a mover palancas, incluso a patear esa cosa sin vida, pero nada. Entonces recuerdas la batería de repuesto; Dios sabrá cuánto tiempo había pasado desde la última vez que le diste tantito cuidado. Abandonas el generador y entras al siguiente almacén.
Ahí estaba: esa vieja batería, enterrada debajo de recuerdos polvosos del mundo antes de que todo se fuera a la mierda. Solo para mantener contento al viejo, alguna vez la habías conectado al generador que creías perfecto, sin fallas. El único problema había sido la falta de energía, pero una vez más, ese viejo seguía dando lecciones desde la tumba. Al menos tenía suficiente carga para encender la chimenea eléctrica que te mantendría con vida, justo a tiempo antes de la tormenta programada de las ocho de la mañana que el gobierno había planeado, diseñada para contrarrestar al megalodón de tormenta que vendría si no liberaban estas “más pequeñas”. Ya sabes lo que dicen: los fuegos controlados son tan seguros como las ventiscas controladas.
Durante las siguientes dos horas, tuvo que evitar que su mente se lo comiera vivo. Por suerte, aún tenía ese dispositivo inteligente conectado al satélite, completamente cargado… o eso pensaba. Junto a su cama, el pastillero estaba vacío, acompañado de garabatos y marcas de conteo que cubrían la pared, con una frase encerrada en un círculo destacándose entre todas:
“Sigue intentando. Tú puedes. Papá.”
La batería se drenó y comenzó el debate: congelarse o mantener con vida un dispositivo que pudiera alejar su mente del caos. Congelarse habría decepcionado a su jefe, y eso, amigos míos, no iba con su carácter. Tan solo pensarlo le provocaba escalofríos, como una hoja afilada apretándose alrededor de su cuello. En cada casa había un cuarto dedicado a este tipo de problemas. Un radio de recarga por movimiento, algunas latas, provisiones, cobijas, siempre listas, junto con un temporizador. Estas operaciones siempre eran puntuales. El gobierno no tenía permitido, por las grandes corporaciones, exceder los tiempos que les habían sido asignados.
A lo lejos, mirabas un viejo letrero golpeado por el tiempo que decía:
“Únete al congelamiento, será pan comido.”
Adornado con la imagen de un retrato familiar: mamá, papá y un par de niños sonrientes, parados frente a lo que parecía un enorme cubo sin ventanas, solo un maldito cubo. Había una sola puerta grande, con una especie de caminadora que empujaba a la gente, familia por familia, hacia un agujero oscuro que servía como entrada. |