¿Qué sería del sonido del río sin las piedras?
Tal vez perdería su gracia.
Tal vez correría limpio, pero mudo.
Durante años creí que la felicidad funcionaba igual: que necesitaba golpes, obstáculos, miedo. Que sin sufrimiento no había gozo. Que sin noche no existía el día. Y no lo pensaba por filosofía barata, sino porque así la había conocido.
Antes de hablar del día —o mejor dicho, del **momento**— más feliz de mi vida, necesito aclarar algo: no creo en la felicidad como estado permanente. Para mí siempre fue un instante breve, casi clandestino, que aparece después de mucho esfuerzo, mucha espera y demasiado dolor. Un destello. Un permiso.
No fue “el día más feliz de mi vida”.
Fue **el momento más feliz de mi vida**.
Y llegó precedido por una cadena de sucesos oscuros que lo hicieron posible.
Todo se remonta a julio de 2005.
Esa noche recorrí hospitales como quien busca aire bajo el agua. Caracas estaba empapada. Llovía sin misericordia. El dinero se me acababa, los taxis se cansaban de mí, y yo sentía que cada minuto que pasaba me arrancaba algo por dentro.
La información me llegó rota, mal dicha, incompleta: *la habían baleado*. Dos hombres. Un intento de violación. Resistencia. Disparos. Nada estaba claro, excepto el miedo.
Una llamada cortó el caos:
—Está en Los Teques. La están operando.
Veinte minutos después estaba allí, sentado en una sala de espera que olía a desinfectante y desesperación, intentando no pensar en la palabra *madre* como si fuera una despedida. No recuerdo rezar. No recuerdo llorar. Recuerdo esperar. Esperar con todo el cuerpo tenso, como si mi inmovilidad pudiera ayudarla a sobrevivir.
Entonces el doctor salió.
Su voz fue aguda, casi indiferente:
—Está fuera de peligro.
Ese fue el momento.
No grité. No salté. No abracé a nadie.
Sentí algo mucho más profundo: **el terror se fue**.
Y en ese vacío repentino —donde antes había miedo, imágenes, catástrofes— apareció algo que identifiqué como felicidad. No porque todo estuviera bien, sino porque **no había ocurrido lo peor**.
Durante años pensé que esa secuencia lo explicaba todo:
dolor → alivio → felicidad.
Pensé que sin sufrimiento no podía existir el gozo. Que la tribulación era necesaria. Que la vida tenía que empujarte al borde para permitirte sentir algo verdadero.
Hoy empiezo a entender algo distinto.
Tal vez la felicidad no nace del sufrimiento.
Tal vez yo aprendí a reconocerla solo cuando el sufrimiento se iba.
Ese día no fui feliz porque había pasado algo horrible.
Fui feliz porque **amaba profundamente** y no perdí.
El dolor fue el contexto.
No la causa.
Y eso cambia todo.
Porque si uno cree que la felicidad necesita tragedia, termina desconfiando de la calma. Termina buscando intensidad. Confundiendo paz con aburrimiento. Viviendo siempre a la espera del golpe para justificar el alivio.
Hoy empiezo a aceptar que existe otra forma de felicidad.
Más baja.
Más callada.
Menos épica.
Una felicidad que no descarga adrenalina, que no viene con lluvia ni sirenas, que no se recuerda como una anécdota heroica, pero que **sostiene**.
Tal vez el río también puede sonar sin romperse contra las piedras.
Tal vez yo solo estaba acostumbrado al estruendo.
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