II Fiesta de fin de año
A su lado vi a otro personaje. Delgado, de cara seria, completamente opuesto al jefe de personal. Este sí se veía cansado y maltratado. Triste. Aburrido. Un ser disminuido. Era el contador de la empresa, el tesorero. Subordinado directo y hombre de confianza del gerente de administración y finanzas.
Su imagen era la de alguien permanentemente acorralado por las exigencias burocráticas. Tanto, que ni siquiera tuvo paciencia para esperar que el jefe de personal se secara el sudor antes de enfrentar las cámaras. A la primera oportunidad tomó sus pertenencias y salió disparado del lugar.
Había llegado tarde, criticando todo lo que veía, y se fue temprano, desilusionado y arrepentido de haber asistido. Como era costumbre, ese año tampoco recibió ningún premio. Nadie lo felicitó. Desde el anonimato comentó cada entrega de premios y, por supuesto, en ninguna estuvo de acuerdo.
Recordé algo que me llamó la atención: apenas se dio cuenta de su ubicación en la mesa, se acercó al jefe de personal. Primero exigió y después casi sobornó para cambiar de lugar y quedar más cerca de su jefe. Su terno se veía falso. No por la calidad, sino porque su cuerpo no lo habitaba. Era como si no le perteneciera.
Mientras lo miraba pensaba que ese renacuajo no encajaba en el grupo. Parecía un personaje introducido a la fuerza. Me lo imaginé como el prisionero de guerra que los guardias eligen para los mandados: el mocito que cree tener autoridad, pero que en realidad recibe maltratos e injusticias por igual. Hasta su risa se notaba falsa.
Cuando el jefe de personal anunciaba un brindis, él recorría la sala con la mirada, revisando quién levantaba la copa y quién no. Solo después de ver que su jefe levantaba la suya, recién levantaba la propia. Patético.
La señora Alicia fue la figura principal en la ronda de bailes. En realidad, fue la única mujer que se atrevió a bailar. Con una práctica de quién sabe cuántos años, su estilo era envidiable. Una mujer dulce, de más de cincuenta años, delgada, de buena facha y con muchos años en la empresa. Como era de esperar, recibió una gran cantidad de premios de todo tipo.
Terminada la cena y bajo la orden de monitores imaginarios —de esos que indican, pero no cargan— retiraron mesas y sillas hacia las orillas, dejando una pista de baile amplia en el centro. Cesó la música ambiental y comenzó la música bailable, estridente.
La empresa trabajadora, de edad mediana, bien vestida y de buen trato, se transformó en una empresa arribista donde convivían distintos tipos humanos, agrupados claramente por clase social y, dentro de ella, por edad. La nueva distribución confirmaba el esfuerzo del jefe de personal por evitar las divisiones cotidianas del trabajo: las del casino, las de los pasillos, las de siempre.
El grupo que dependía de la gerencia de ventas apareció con todo su personal en pleno. Nunca se soltaron la corbata ni se desprendieron de la chaqueta. Secretarias y ejecutivas indistinguibles, todas bellas, con clase. Nadie se preocupaba de negociar la vuelta a casa, ya que la mayoría contaba con auto propio. Y quienes no habían venido en auto podían disponer de cualquiera de ellos, porque todos vivían en el sector alto de la ciudad.
Hablaban de restaurantes y visitaban las mismas playas, por supuesto que en casa propia. Hablaban de marcas y modelos: vinos, gafas de sol, equipos musicales, bienes raíces, ropa. Al contrario de los otros grupos, estos no posaban para las fotos. A lo más ofrecían su mejor perfil. Ninguno de ellos pertenecía a un sindicato.
Solo tomaban licor. Nunca les faltó hielo. Usaban servilletas. En la mesa, con mantel blanco, no existía huella de haberse volcado una copa. Fueron los primeros en desaparecer.
El resto era la fiesta. Administrativos, secretarias, obreros, auxiliares. No armaban grupo. Circulaban. Invitaban. Mezclaban. Pedían música, tragos, cigarros. Trencitos, caídas, fotos borrosas.
Otro grupo eran los de informática. Estaban mezclados con los otros jefes de área. El grupo más alegre y extrovertido de toda la fiesta. Al comienzo, todos con el terno impecable; al avanzar la noche, ya no quedaba corbata ni camisa en su lugar. Después de cada baile competían por ver quién transpiraba más. El licor afloraba por los poros.
Avanzada la noche, todos tenían sobrenombre y se inventaban parejas entre ellos mismos, con intencionado doble sentido. El mantel de sus mesas lucía manchado por la cantidad de vasos volcados y platos esparcidos. Al contrario de sus colegas de ventas, estos sí posaban para las fotos. Armaban grupos como equipos deportivos, pedían las fotos y siempre, después de la toma, alegaban que no habían salido bien por tal o cual razón.
Sus conversaciones giraban en torno al trabajo, el fútbol y el sexo. Estos sí estaban preocupados por la vuelta a casa. No todos tenían auto y lo peor era que todos partían hacia rumbos contrarios. Quién vivía más lejos del centro: La Florida, Maipú, Puente Alto. Así, desaparecieron en bloque. Los que tenían auto debían llevar al menos a tres más.
A la administrativa estrella, que recibió la gran mayoría de los premios y bailó con varios, le llamaron un radiotaxi. Se fue sola.
El resto era una población flotante entre administrativas, secretarias, empleadas, obreros, auxiliares y algunos invitados. La fiesta era de ellos. No armaban grupo. Circulaban por todos los rincones invitando, mezclando, ofreciendo trago, pidiendo cigarrillos, sacando a bailar a todo el mundo. Dirigían la música y pedían los tragos. Ruedas, trencitos, porrazos, fotos de ebrios. En fin.
Al parecer, se quedaron toda la noche.
Yo me fui antes.
16/10/2023 |