I Fiesta de fin de año
El día fue una chacota. Nadie trabajó realmente: todo el mundo estaba pendiente de la fiesta y del paseo de fin de año. El ambiente ya venía torcido desde la mañana, como esos días en que el reloj avanza, pero nadie se mueve con él.
En la noche me fui directo a la fiesta, que se realizaba en un local conocido del centro de Santiago. Llegué medio alterado, con esa inquietud incómoda de necesitar hacer algo, aunque no supiera bien qué. Como llegué temprano, me senté en el bar a observar. Es una costumbre que siempre repito. Me acomodo en un rincón y miro.
¿Será que soy un escritor frustrado? ¿O simplemente alguien que necesita mirar antes de mezclarse?
Desde ahí identifiqué al jefe de personal. Fue la primera persona que conocí cuando me incorporé a la empresa. Un tipo de contextura gruesa, alto, de movimientos pausados, como si cada gesto estuviera pensado para no desperdiciar energía. Su voz ronca —esa voz clásica de fumador antiguo— le daba un vozarrón que usaba a su favor para hacerse entender en todo el recinto sin necesidad de micrófono.
Estaba rodeado por un grupo de personas de su misma edad. Miré sus caras y me pregunté cuántos tragos llevarían ya en el cuerpo. Bastantes, sin duda. Las expresiones delataban una borrachera temprana. Sin embargo, al fijarme en él, era evidente que los tragos no le causaban el mismo efecto. Su figura se mantenía firme, sólida, muy por sobre la del resto del grupo. Más parecía un toro resistiendo el acoso del torero.
Eso sí, había algo incómodo en su presencia: estaba completamente transpirado. Se secaba el rostro con un pañuelo una y otra vez, como si el sudor no tuviera fin. Pobre hombre.
Por un momento sentí que estaba siendo injusto con él. Había sido de los primeros en llegar y desde ese mismo instante no dejó de trabajar. Dio instrucciones, hizo recomendaciones, ordenó detalles grandes y pequeños hasta el final de la convivencia. Se encargó personalmente de recibir a cada uno de los comensales y ubicarlos en sus mesas, que por supuesto ya estaban distribuidas de antemano por él mismo.
Un detalle delicado, pensé. De esos que no se notan, pero se sienten.
La distribución de las mesas, formadas en hileras de punta a punta, tenía algo particular: alternaban hombre y mujer y, sin que se notara demasiado, el orden por edad y jerarquía estaba completamente revuelto. Nada era casual. Este hombre, con viveza y experiencia, estaba pendiente de cada pormenor para mantener alta la energía de la fiesta.
Cada cierto tiempo —sobre todo cuando el ánimo de los comensales decaía— se levantaba y pedía la palabra con gestos característicos. Con su voz gruesa y potente proponía brindis: por la antigüedad en la empresa, por los ascensos recientes, por las nuevas incorporaciones. Luego por los nacimientos, los matrimonios ocurridos durante el año, los hijos destacados en estudios o deportes. No omitió a nadie. Como buen jefe de personal, parecía estar mejor informado de la vida de los empleados que ellos mismos.
16/10/2003 |