TU COMUNIDAD DE CUENTOS EN INTERNET
Noticias Foro Mesa Azul

Inicio / Cuenteros Locales / filosofotrizte / La sesión

[C:624433]

La sesión
—Doctor, no fue una sola cosa —le digo apenas me siento—. Fueron grietas. Una tras otra. Y yo las fui tapando como pude, hasta que la casa se me vino encima.
No levanta la vista de inmediato. Me deja hablar. Eso ya lo conozco.
Yo sigo.
—La primera fue temprano. Yo estaba comprándole los útiles escolares a sus hijos. Feliz. Comprometido. Creyendo que estaba haciendo lo correcto. Y ese mismo día descubrí que hablaba con su ex. No era una conversación “inocente”. Era intimidad. Era algo que no se hace cuando alguien te está sosteniendo la vida con las dos manos.
Se me quiebra la voz.
—Ese día quise irme. Pero lloró. Y yo me quedé. Ahí empezó todo.
El doctor asiente apenas. Anota algo.
—La segunda —continúo— fue cuando me dijo que iba a tomarse un café con una amiga. Yo me quedé cuidando a los niños. Horas después supe que se fue a una discoteca. A bailar. Con otros tipos. Dos para dos. Y yo en la casa, esperando como un estúpido.
Aprieto los puños.
—Ese día rompí cosas. No por ella. Por mí. Porque sentí que no valía nada.
Respiro hondo, pero sigo.
—La tercera fue una constante. Se hacía las uñas, se iba a beber, y desaparecía cinco horas. Incomunicada. Varias veces. Siempre. Yo esperando. Siempre yo. Como si mi tiempo no importara. Como si mi ansiedad fuera un capricho.
El doctor levanta la mirada.
—Eso se llama abandono intermitente —dice—. Y es profundamente desorganizante.
Trago saliva.
—La cuarta… —me cuesta— fue el día que me dijo que tenía que reconquistarla. Ahí sentí que el amor se me rompió por dentro. Porque yo nunca me fui. Yo no había dejado de amar. Y aun así, no bastaba. Ese día entendí que ya no estaba conmigo… me estaba evaluando desde afuera.
El silencio pesa.
—La quinta —digo— fue con su hijo. Me desautorizó. Me faltó el respeto. Y lo apoyó a él. Me dejó sin lugar. Sin rol. Como un intruso en mi propia casa.
Me paso la mano por la cara.
—Y la última… —cierro los ojos— la última fue verla bajarse de una camioneta con otro tipo. Se fue a beber con sus amigos de la universidad y me dejó esperando. Como un pendejo. Ahí se terminó de romper todo.
No puedo seguir hablando. El cuerpo me tiembla.
El psiquiatra habla entonces, despacio, sin juicio.
—Usted no puede perdonar porque no hubo reparación. Porque cada una de esas grietas fue un quiebre de seguridad. Y usted, en lugar de ser cuidado después, fue empujado a entender, a ceder, a aguantar.
Asiento. Lloro.
—Doctor… —le digo apenas me siento— no fue una cosa. Fueron demasiadas. Y yo las fui normalizando hasta que me desaparecí yo.
Él no me apura. Sabe que esto no se dice rápido.
—Hubo veces —continúo— que me mandó a callar. A bajar la voz. Delante de su papá. Como si yo fuera un muchacho malcriado. Yo me tragaba la rabia, porque no quería conflicto, porque quería ser “el adulto”, pero por dentro algo se me iba muriendo.
Aprieto los dientes.
—Había días que yo me paraba como un ladrón. Literal. Caminando en puntas de pie para no despertarla… no para irme a beber, no para joder, sino para irme a trabajar. A producir. A sostener la casa. Y ni un café. Nunca. Nunca se paró a hacerme un café. Nunca un “cuídate”. Nada.
Siento vergüenza al decirlo. No debería, pero la siento.
—Empecé a entender que no me trataba como un marido… sino como un monigote. Como alguien que estaba ahí, pero que no merecía cuidado, ni ternura, ni consideración.
El doctor anota. No levanta la vista.
—Y lo peor —mi voz se quiebra— fue con mis hijos.

Levanto la cara, ya no puedo esconderlo.
—El desapego fue brutal. No los quiso. No se tomó el tiempo. No intentó entenderlos. Los trató como estorbo. Como algo que venía conmigo, pero que no valía la pena amar.
Me tiemblan las manos.
—Eso me terminó de matar, doctor. Porque yo puedo aguantar que me falten a mí… pero no a mis hijos. Ellos no hicieron nada. Y aun así los rechazó con frialdad. Como si no existieran.
El silencio se vuelve pesado.
—Entonces usted no está hablando solo de infidelidades, desapariciones o faltas de respeto —dice al fin—. Está hablando de humillación sostenida, de desvalorización cotidiana y de rechazo a lo más sagrado para usted.
Asiento.
—¿Sabe por qué no puede perdonar? —continúa—. Porque perdonar implicaría volver a un lugar donde usted no fue visto como hombre, como pareja ni como padre. Y el cuerpo se niega. Con razón.
—¿Y qué hago? —pregunto, cansado—. Porque yo la amé.
Me mira fijo, sin dureza, sin compasión barata.
—Amar no obliga a quedarse.
—Amar no borra el daño repetido.
—Y amar no justifica que usted se rompa para que el otro esté cómodo.
Respira.
—Lo correcto aquí es contacto cero. No para castigarla. Para protegerlo.
—Y no es “por ahora”. Es definitivo. Porque cada nuevo contacto reabre todas estas escenas. Y su sistema nervioso ya no puede más.
Siento una mezcla rara: dolor y alivio.

—Olvidarla no significa negar lo vivido —agrega—. Significa no volver a exponerse. Significa aceptar que esta historia cumplió su ciclo, aunque duela. Y que insistir sería seguir traicionándose.
Me quedo callado.
—Usted no perdió un amor —dice al final—.
Perdió la ilusión de que ese amor pudiera convertirse en hogar.
Y eso duele… pero también libera.
ahi descubri una verdad que pesa como una lápida, pero también como un límite firme:
Hay personas que se aman.
Hay personas que se respetan.
Y hay personas que pueden ser ambas cosas al mismo tiempo.
Ella no lo fue.
—El perdón no es una decisión moral —continúa—. Es una consecuencia biológica. El cuerpo perdona cuando vuelve a sentirse a salvo. Y el suyo nunca lo estuvo.
Levanto la mirada.
—¿Entonces qué hago, doctor?
Respira conmigo antes de responder.
—Dejar de exigirse perdonar.
Dejar de buscar paz donde hubo daño repetido.
Aceptar que amar no obliga a quedarse.
Y entender que irse no lo convierte en malo… lo convierte en alguien que se cuida.
Me quedo en silencio.
—Usted no está roto —dice al final—. Está exhausto. Y cuando el amor duele así, no es porque falte amor… es porque sobró dolor.
Salgo de la consulta con una certeza que duele, pero ordena:
No todo lo que se ama se puede sostener.
Y no todo lo que se perdona se debe volver a tocar.

Texto agregado el 03-01-2026, y leído por 0 visitantes. (0 votos)


Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte! ]