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PROCASTINACIÓN


Había pensamientos que el hijo ya no podía controlar desde que supo cuanto obtendría como jubilación una vez que su padre falleciera.
Miró a su progenitor con pena, sabiendo que un día partiría dejándolo sin su presencia y compañía que ciertamente le alegraba los días y lo reconfortaban tras el fin de su matrimonio.
La cantidad de dinero que había sido puesta sobre la mesa era elevada, una suma sideral para él, que a sus más de 50 años jamás podría haber obtenido con el fruto de su esfuerzo.
La palabra esa, procastinación, le daba vueltas en la cabeza. Era una que le acostumbraba a señalar su ex esposa, quien la emitía como una maldición cada vez que lllegaba del trabajo y lo observaba realizando sus poses hindúes.
A él inicialmente tales expresiones de su mujer le generaban risas y hasta ella se lanzaba a reír, pero a medida que fue pasando el tiempo se transformó en una fórmula para exponerle su incapacidad, para obtener ingresos para los hijos.
"Tú sabes que no tengo plata. Mi padre es el que tiene dinero. Yo no tengo nada", se limitaba a decir y seguía como si nada pasara a su alrededor.
Ahora, mientras se encontraba realizando su trabajo de guardia de seguridad en una empresa de seguros, comenzaba a sacar cuentas de lo que podría hacer con los caudales de su padre una vez que fueran suyos.
Y al pensar en todo lo que podría hacer se le llenaban los ojos de lágrimas. Contaba con impaciencia los días para que su padre que había sido su sostén le entregara todo aquello que, pretendía, podría hacerlo más feliz.
"Qué importa que mi mujer se haya ido pues con el dinero seguro que volverá pues seré otro, más capaz, más seguro de mí mismo", repetía mientras pasaban las horas en la garita donde estaba durante sus extensos turnos nocturnos.
Más de una vez se reprochó no haber conseguido fortuna y no haber aprovechado las oportunidades que la vida le dio para desarrollar sus habilidades, pero muchas veces llegó a la conclusión que sus padres no le entregaron las armas que necesitaba para crecer.
"Mi madre me consintió y mi padre parecía estar más ocupado de sus conquistas qué de atener a su único hijo y he aquí que estoy de turno en un trabajo de miseria esperando la herencia que me pertenece, que necesito y que me puede brindar todo aquello que me fue negado por mis padres. Es de justicia qué la obtenga ya y deje esta miserable cueva", pensó golpeando con furia la caseta en la que se encontraba de guardia.
El entorno era opresor, frio y traumatizante. Durante ocho horas debía estar despierto y atento para reaccionar ante cualquier intromisión en el sector. El frío lo atacaba con fuerza y el sueño era su compañia permanente entregando de tanto en tanto imágenes grotescas de su mujer en una alcoba o de su padre en un ataúd.
El hecho de disponer de dinero a raudales en un plazo breve se le hacia urgente. Su padre que le había construido una casa para él y su mujer y había pagado sus estudios y viajes ya no estaba dispuesto a seguir dilapidando más recursos.
"Debes hacerte cargo de tus cosas", le decía el padre tratando de motivarlo a que trabajará como abogado, pero jamás lo había conseguido. pero esas palabras a él le parecían humillación.
A veces soñaba con que le recriminaba a su padre por no haberlo educado como correspondia y otras veces se sumergia en un análisis interno donde la procrastinacion era la palabra más elegante que encontraba para reflejar la flojera, modorra, la falta de normas, el abuso de sustancias.
La procastinación se le figuraba una manera acertadamente técnica, elegante, novedosa y hasta científica para explorar su ser más íntimo y ver en su sistema un fallo del que no tenía culpa alguna, de tal forma que todo podía explicarse mediante carencias de vitaminas, exceso de algunas hormonas o circuitos cerebrales debilitados. Pero él como persona creía verse como una víctima de los acontecimientos.
Frente a las carencias afectivas de la infancia, el exceso de mimos, la abundancia de recursos en un periodo de su vida estudiantil, las falencias de su organismo debilitado y su mente afligida, esperaba ahora como compensación a su alma enfermiza el dinero que debía llegar.
Y su padre que había tratado de ser un buen referente en la medida que sus propias posibilidades le permitían debía dejar esta tierra. De alguna manera u otra, se decía, debo obtener esa cifra antes de que cumpliera 60 años.
Entonces, planificaba, "se iluminará mi vida, podré arrendar mis propiedades, vender el sitio en la cordillera y atender a mi esposa como ella siempre soñé. El fruto que se espera de mi llegará y podré hacer realidad mis anhelos más preciados. Ya no tendré que repetir "No tengo dinero" , pues dispondré de mucho y para gastar en lo que desee y necesiten mis hijos y mi esposa se sentirá orgullosa de mi", repetía como enajenado.
Tras aquel turno y luego de llegar a su casa se sentó junto a la piscina. A lo lejos vio a su padre que se acercaba. Fingió no verlo. Cerró sus ojos presumiendo que dormía. Mientras, su padre se acercó con absoluto sigilo, levantó un bate y le reventó el cerebro. "Inútil siempre fuiste un inútil pequeña sabandija. Y esperabas verme morir? Pues acá estoy más vivo qué nunca. Yo también tengo finales para tus cuentos", dijo con tranquilidad. Tras ello limpió el lugar y fue a sus aposentos.
















Texto agregado el 11-01-2026, y leído por 9 visitantes. (0 votos)


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