Por una adicción.
Verónica estaba por dejar el hospital donde trabajaba pensando que pronto no tendría que volver, su jubilación estaba a punto de concretarse y aunque extrañaría a sus pacientes y al trabajo por el cual había hecho tantos sacrificios, le había llegado la hora y tal vez de verdad necesitaba un descanso, aunque fuera permanente.
La doctora era una mujer atractiva sin ser bella, pero eso ya no le interesaba, había estado casada por muchos años, aunque jamás tuvo hijos, no porque no los deseara, simplemente, quizá ese era su destino, pero ahora desearía haber tenido, aunque más no fuera un hijo o una hija para compartir sus años de vejez.
No era que se sintiera vieja ni mucho menos, pero la verdad es que estaba sola, su marido ya no estaba, se había ido algunos años atrás y aunque lo extrañaba, era la ley de la vida, unos se van antes que otros, eso ella lo sabía.
Verónica era una mujer adicta, pero no como se pudiera imaginar, no fumaba, no tomaba bebidas con alcohol ni jugaba por dinero, su adicción era muy diferente, a ella le agradaba anotarse en cuanto sorteo hubiera donde pudiera ganar algo, quizá respondiendo preguntas o tal vez quizá con un poco de suerte, algún llamado telefónico, siempre había soñado con ganarse un auto o que alguien la llamara para comunicarle que había sido acreedora de un crucero o tal vez… pero, aunque alguna vez había ganado alguna cosa, como la vez que ganó una heladera portátil la que tenía en su dormitorio o la vez que ganara un juego de loza por haber contestado bien el nombre de un cantante de otra época, nunca había ganado un viaje simplemente por contestar una llamada. Pero, esta vez la habían llamado y aun no daba crédito a lo que oía.
La verdad es que no estaba muy segura de la autenticidad del premio, pero luego de investigar llegó a la conclusión de que aquello era real, lo único que debía hacer era usar las prendas que el patrocinador del sorteo le indicara para hacer propaganda de una marca de prendas para la nieve.
El viaje era a un lugar donde ella siempre había deseado ir, pero que por distintas razones nunca lo hizo y ahora se lo servían en bandeja de plata, Bariloche en invierno, siempre había deseado conocer la nieve, no por las películas sino poder tocarla y hacer un muñeco con ella como si fuera una niña y eso estaba por cumplirse.
Luego de pasar por la agencia de viajes y recibir los pasajes de ida y vuelta y saber que su estadía sería de una semana con todos los gastos pagos siempre y cuando usara aquellas hermosas prendas de vestir apropiadas para la nieve y posar para algunas fotos con las mismas y eso era todo, decidió emprender el viaje.
Al principio pensó que estaba loca, ¿qué haría sola en Bariloche?, pero luego se dijo a sí misma que mucha gente viajaba sola y quizá conocería a alguien con quien pudiera mantener una conversación.
El hotel era de última moda, Bariloche es una ciudad turística y mucha gente, como ella, deseaba conocerla, sabía que, aunque le hubiera agradado hacerlo, no esquiaría, eso jamás, ya no estaba en edad de romperse un hueso o más, pero iría a ver a los otros, los que sí se animaban a hacerlo y a los profesionales que surcaban la nieve y eran admirados por todos.
El primer día y ya luciendo algo apropiado de entre las ropas que le habían dado, salió junto a un grupo de personas que iban a esquiar, o como en el caso de ella, simplemente a observar y se encontró con cámaras que la filmaban.
Sabía que eso iba a pasar y como le habían dicho, tratara de no mirarlas y seguir con lo que estaba haciendo, el resto lo harían ellos.
Trató, aunque se sentía un poco incómoda al saber que la filmaban de hacer lo que le habían dicho, seguir el curso de su agenda sin inmutarse por ellas.
Se estaba divirtiendo, pero a pesar de que llegó a conocer a varias personas que tampoco esquiaban, se sintió sola, no conocer a nadie, ni una amiga, ni un amigo con quien conversar, era mucho para ella, casi se sentía como en su casa y había empezado a decepcionarse de aquel viaje cuando llegó la hora de almorzar, luego de cambiarse de ropa por una más ligera, llegó al comedor donde las mesas estaban puestas para grupos, el problema es que ella estaba sola. El mesero al verla se acercó a conducirla a su mesa, allí estaba un hombre de mediana edad, sentado solo y al presentarlos, al ver que eran del mismo país según la conversación que mantuvieron, el almuerzo fue muy agradable.
Ninguno dijo el motivo por el cual estaba en aquel viaje, pero el hombre, llamado Sergio, le dijo que había visto cómo las cámaras la filmaban a lo que Verónica optó por contarle cómo había llegado a aquello.
Los dos rieron y ninguno preguntó nada sobre la vida del otro, aquello era muy agradable, estaban haciéndose amigos y eso era lo que ella quería, había vivido tanto tiempo sola que una amistad era todo lo que deseaba.
Quedaron en encontrarse a la tarde, Sergio le dijo que iba a presentarle a alguien que por estar indispuesta no había almorzado con él y Verónica no preguntó a quién.
Luego de una pequeña siesta los amigos se encontraron, Sergio venía con una mujer, muy bonita, atractiva a pesar de ir en una silla de ruedas.
Verónica al principio sintió pena por aquella mujer que siendo joven aún, no podía caminar, pero se presentó y a pesar de las limitaciones, aquella mujer se sentía más viva que ella.
Sergio la presentó como a su esposa, le dijo que el médico le había recomendado traerla a ese viaje, Bariloche tenía una clínica donde quizá, con una terapia adecuada le podían devolver algo de motricidad a sus piernas.
Verónica les dijo que ella era médica y luego de una charla intensa, los tres casi se sentían como amigos de años.
Había conseguido en un día lo que en mucho tiempo no había podido, la amistad de dos personas que quizá el destino había juntado con un propósito.
De ahí en más, Verónica y Alma, la esposa de Sergio, se volvieron inseparables, pero los días vuelan y al fin llegó el momento de despedirse, Verónica debía marcharse la estadía había llegado a su fin.
Sergio y Alma aún debían estar unos días más debido a que Alma vería a un especialista.
Quedaron en verse en Montevideo ya que ellos también vivían allí, aquella amistad no iba a terminar como tantas que duran el tiempo de las vacaciones, no, aquella no era de esas.
Dos semanas después Sergio y Alma iban al hospital donde aún trabajaba Verónica, el encuentro fue increíble, parecía que hubieran sido amigos por mucho tiempo, la alegría se notaba en el rostro de los tres. Verónica los hizo pasar a un consultorio donde los invitó a sentarse frente a ella y con un expediente en la mano, les dijo que no era casualidad que ellos estuvieran allí, ella se había comunicado con el médico de Bariloche y le pidió que los mandara al hospital donde trabajaba, les tenía buenas noticias, según el expediente de Alma, tenía muchas probabilidades de volver a caminar con un nuevo tratamiento que desde hacía poco tiempo ella estaba especializándose y al cual le tenía mucha fe.
Constaba de usar un yeso que le cubriera toda la columna vertebral durante unos meses, sabía que era incómodo, pero que no imposible, eso haría que sus vértebras se soldaran en el lugar preciso y aunque no les daba el cien por ciento de seguridad, con un setenta y cinco por ciento, era más que suficiente para intentarlo.
Alma fue la primera en hablar, haría el tratamiento a pesar de que Sergio aún no estaba muy de acuerdo, ella decía que era su cuerpo y que deseaba volver a ser la mujer de antes y con eso bastó para que aceptaran llevarlo a la práctica.
Tres meses que a Alma le parecieron cien habían pasado era el día en que luego de ese tiempo, el yeso fuera sacado del cuerpo de la mujer.
Verónica estaba tranquila, a pesar de que era la primera vez que hiciera este tratamiento, sabía del resultado en pacientes de su profesor y confiaba, estaba segura de que todo saldría bien.
Unos meses después, Alma, Sergio y Verónica paseaban en una nueva excursión del brazo los tres caminando por las calles de París, era la forma que encontró Sergio de pagar a la doctora por aquello que parecía imposible, haber sacado a su esposa de la silla de ruedas y devolverles la vida a ambos.
Sentados cómodamente en un hermoso lugar, ahora los amigos conversaban mirando el Sena, eran felices, por distintas razones, pero lo eran, ellos habían conseguido lo que Verónica no había hecho nunca, una amistad, una amistad verdadera que había empezado no luego del tratamiento de Alma sino en el mismo momento que se conocieron, Alma nunca tuvo celos de Verónica, el amor de su marido hacia ella no tenía barreras y Verónica nunca miró a Sergio a pesar de ser muy atractivo, con otros ojos que no fueran los de la amistad.
Una amistad que los uniría hasta el final de sus días.
Omenia
17/1/2026
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