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Ya es medianoche. Fuman en silencio junto al rumor del agua, sin quitar los ojos de las cañas.
Durante más de dos horas las oyeron cantar. A fines de la primavera, la corvina negra ingresa a los canales a desovar y tronan el aire del campo con sus ronquidos graves y vibrantes. Cantaron por más de dos horas, pero ni siquiera una picó.
Recogen las líneas para revisar los anzuelos antes de echarse a dormir. Encarnan con cangrejo (tanteando el balde, Leo recibe un pinzazo).
Vuelven a lanzar y ponen una campanilla en la punta de las cañas.
Cantaron por más de dos horas, pero ahora el canal, el campo; la noche toda quedó silenciada.
Leo prende la pipa, el tabaco expide un aroma avainillado. Walter saca de su campera un paquete al que le queda un solo cigarrillo; por reflejo, comprueba contar con otro paquete; y allí está, intacto en el bolsillo de la mochila.
La luna resalta la textura del agua, su movimiento en bajante; hacia el mar.
Se echan sobre el pasto como animales, alertas al campanilleo de las cañas. El resto de una fogata humea y mantiene alejados a los mosquitos. Miran las estrellas, pocas veces han visto un cielo más claro. Pocas veces escucharon a las corvinas cantar con tanta fuerza. Walter se duerme. Leo da unas caladas más a su pipa.
Entre los juncos, se escucha el gañido de un zorro.
Leo se reincorpora como arrancado de una pesadilla. Si la campanilla sonó, fue en sus sueños; porque las cañas continúan quietas, apenas inclinadas hacia dónde se dirige la corriente; todavía en bajante, hacia el mar.
Una estela púrpura vibra en el horizonte y transforma el canal en una guirnalda.
- ¿Qué hora es? - pregunta Walter con un brazo sobre los ojos.
- Las cuatro y diez.
- ¿Y no picó nada?
- Nada.
- Vamos a tener que arrancar.
- ¿A qué hora entrás a laburar?
- A las siete.

Deben cargar el kayak y atravesar unos diez kilómetros del sinuoso canal, descargar el kayak y cargar todo en la camioneta, kayak incluido; llegar con tiempo para descargar la camioneta, darse una ducha y comenzar la semana laboral.
Walter contempla el canal mientras enciende el cigarrillo.
- Está bajo - dice.
Un gran lodazal quedó al descubierto hacia la curva, donde ostreros y chorlitos picotean en el barro. El campo se tiñe con el azul del alba.
- Hay que meterle por el veril - dice Leo mordiendo la pipa encendida.
- La tabla de marea marcaba que subía a partir de las dos, le pifiaron.
- Raro que siga bajando.

El frío de la madrugada cede ante la promesa de un calor agobiante. Es el turno de los pájaros, un gran concierto de jilgueros, verdones, ratonas, calandrias.
- ¡Qué malaria! Ni una - dice Walter.
- Nos dieron un concierto.
Recogen las cañas. Todos los anzuelos tienen los cangrejos intactos.
- ¡Qué malaria! - repite Walter.

Cargan el kayak procurando atar bien todos los equipos. Es la primera incursión que hacen con el motor. Un motorcito de Zanella ensamblado en la parte de atrás del kayak, con una hélice rodeada con una planchuela de hierro a fin de evitar que se dañara con piedras, troncos o al fondear en el mismo barro.
Se ponen los wader y arrastran el kayak al agua. El barro cede como un flan.
Walter da un tirón a la piola, el ruido del motor provoca el vuelo de los ostreros y chorlitos del lodazal. El kayak se mueve con dificultad. Leo rema para ayudar al motor, pero la hélice desparrama barro por la escasa profundidad. Walter maniobra el timón hacia el medio del canal y al fin encuentra el veril donde logran más velocidad.

En el margen del campo despunta una línea de un fulgor vaporoso; riega todo el canal con un color inverosímil, como de brillantina y papel glasé.
El kayak avanza en la profundidad, lento por la corriente en contra y el peso de los equipos de pesca, las mochilas, la parrilla, y ellos mismos. La popa hundida a tal punto que Walter parece ir sentado sobre el canal. El ruido y la vibración del motor explotan en sus oídos.
Leo señala un carpincho, corre por la orilla y luego se lanza al agua. Más allá un biguá extiende sus alas como un murciélago. El rugido del motor lo hace chapotear para echarse en vuelo.
Donde se mire encuentran belleza. Un venado de las pampas espía el canal entre unos talas.
Vale la pena, piensa W contemplando una bandada de flamencos, quietos en el humedal como figuras de un sueño. Vale la pena, llenarse de barro, dormir mal, aguantarse los mosquitos…Aun cuando no picó ni una sola.
Por momento la hélice muerde el barro en zonas de bajo caudal y Leo tiene que ayudar con los remos, hasta que Walter vuelve a encarrilarse en el veril, entonces Leo deja de remar y echa su espalda contra la mochila, pensando que le encantaría poder maridar toda esa maravillosa visión con el humo de su pipa.
Dentro de los wader sus cuerpos transpiran a chorros. Tienen sed. No bebieron agua en horas, por olvidar una de las botellas en la camioneta.
Pasan por un extenso lodazal donde antes había caudal. Hasta la luz del sol queda estancada en ese limo.
Tratan de comunicarse a los gritos; pero el motor no les permite pescar palabra. Ambos se refieren a lo mismo.
Unos tres kilómetros más, calcula Walter.
También él teme que el veril se corte como una soga y no encuentren más que barro. Los temores no tardan en hacerse caldo de lodo; después de una curva, el canal se angosta, la hélice suelta un vómito de barro y el motor se detiene.
- Vamos a tener que arrastrarlo hasta donde encontremos agua - dice Leo, bajando y enterrándose hasta encima del tobillo.
Hace fuerza por sacar la bota del barro, da un paso y vuelve a hundirse e iniciar la secuencia. Arrastra el kayak, está acostumbrado a hacer fuerza y su contextura, más delgada que en la misma adolescencia, hace que sus botas no se entierren tanto.
Ayudando detrás, Walter va hundido hasta las rodillas. Es una mole de músculos víctima de la ley de gravedad.
Leo señala más adelante: un extenso barrial con cangrejos y gaviotines.
- ¿Dónde merda está el agua? - pero no tiene aliento de decir más
Se detienen un momento, fatigados miran hacia atrás: una decepción lo poco que avanzaron. No pueden demorar los pasos sin arriesgarse a quedar atrapados. Avanzan con el kayak a cuestas. Y encuentran un poco más de agua, pero no alcanza para navegar.
El suelo no se asienta, al contrario.
Cada vez se hace más difícil trepar en el agua.

Leo tironea el kayak, que más que una embarcación parece una lombriz a medias enroscada en el limo. Se detiene. Mira hacia atrás y el sol le hiere los ojos. Walter está rezagado unos treinta metros, haciendo equilibrio entre las fauces del canal.
- Seguí - grita.
- ¿Seguro?
- Sacá el kayak. Ya te alcanzo.
Leo no puede permitirse la duda, ni desandar los pasos. Debe avanzar en esa pegajosa baba, hasta que se haga charco y luego estanque para remar. Cada paso redunda en más barro, como si avanzara hacia abajo y no hacia adelante. Recuerda cómo le divertía salir después de la lluvia, caminar descalzo por la calle embarrada.

El sol cae como plomo derretido. Leo sigue empecinado en arrastrar el kayak.
Y Walter está empecinado en arrastrar su cuerpo. Es como si un equipo entero le sujetara las piernas para que no avance.
Aún le queda un margen para divagar. Piensa que ya no llegará a horario al trabajo, que tampoco tendrá señal para avisar.
Hace equilibrio con el lodo hasta las rodillas, extiende los brazos como imitando al biguá. Y cae otra vez, apoya las manos que también se hunden, así parece un oso, putea o trata de putear; su corpachón de rugbier no se detiene, se arrastra para sacar una pierna y dar un paso más.
También le viene a la mente su padre, muerto de un ataque en una partida de tenis de mesa. En realidad, primero escuchó sus latidos frenéticos y una acidez de tabaco y nicotina saliéndole en un eructo. Después pensó en su padre.
Y da otro paso en ese dulce de leche, vuelve a estar parado, con el barro otra vez en las rodillas.
- La concha de la lora - pero no es un grito, sino apenas un espasmo.
Los latidos. El ataque de su padre.

Ya tuvieron experiencias peligrosas con ese kayak. Una vez se metieron a pescar al mar, remando hasta casi no ver la playa; el oleaje se puso bravo y les costó mucho salir.
Otra vez se extraviaron en la boca de la ría.
Pero nunca imaginaron los riesgos de un canal (apenas un brazo flacucho de agua) cuando se vacía en el mar.

Hacia una curva Leo se detiene. Aparece la orilla, unos doscientos metros más.
Dos cuadras de lodo. Dos cuadras sin aliento.
Leo se da vuelta para hacerle señas a Walter. Algo aparecido habrá sentido aquel marinero antes de gritar: ¡Tierra! El sol le da en los ojos, y en ese resplandor, no ve a su amigo sino a una especie de bestia atada por cuerdas invisibles, luchando con todo su cuerpo, cayendo derrotado y resucitando en el cieno.
Es una imagen para un cuadro, piensa Leo, mareado por la fatiga y el sol.
Trata de fijarla en su memoria. Porque un día, pronto, la pintará: un vapor de amanecer entre el cielo y el agua; y en el centro, la lucha de una bestia de barro.
Walter desaparece en esa claridad. Leo levanta la mano para hacerse sombra y no lo encuentra. Luego oye un rugido. Y lo ve otra vez erguido con los puños al cielo.

Los pájaros de pronto callan. Siente el latido muy fuerte.
- ¿Papá también los habrá escuchado?
Piensa que debería tener más cuidado con su corazón. Tantas noches sin dormir, desayunos con pucho y cafeína… La fuerza… El morfi… El pucho…
El latido como un ronquido de corvina negra, un cardumen que retumba en el canal de su cuerpo.
Pasan minutos. ¿Cuántos? Toda su fuerza como en un scrum contra la naturaleza.

- Estamos cerca - dice Leo -. Allá.
Una cigüeña se posa en esa orilla.
Walter no levanta la vista, da un paso más y se deja caer en el kayak.
- Siento toda la nicotina en el pecho - jadea boca arriba, con los ojos cerrados.
- Quedate así, recupérate.
- No doy más, me comía…
- Yo te arrastro.

Leo toma la soga y empieza a meterse otra vez en el lodazal.
- Dos cuadras. Sólo dos cuadras, como ir hasta lo del Tarta, nada, apenas un par de pipazos. Si no tuviera tanta sed…
Leo da pasos cada vez más lentos, ahora el agua le llega a la rodilla. El kayak se desliza más fácil, pero él cada paso se entierra más.
- ¿Cómo vas cabeza? - y se da un respiro antes de seguir.
- En mi mejor momento. La verdad no me puedo mover, si no te ayudaba.
La cigüeña echa vuelo en el cielo amarillo. Dos caranchos sobrevuelan la orilla.
- Ya casi estamos - dice Leo, pero no tiene voz.
El canal crece, lisas y dientudos inquietan el agua. Leo se arroja sobre el kayak y comienza a remar. El impulso alcanza para deslizarse un buen tramo, luego vuelven a encajarse. Baja del kayak, otra vez en el barro; pero la orilla casi se puede tocar.

Luego de permanecer tirados en el pasto un buen rato, se quitan los wader calientes como chicle derretido. Cada movimiento, por simple que sea, les demanda un esfuerzo con el que no cuentan.
Leo agarra la botella de agua. Está caliente, pero beben como si fuera Coca Cola helada. Al fin un cigarrillo cada uno. Walter mira el canal.
- Parece lleno - dice.
- ¡Cómo costó!
- Me salvaste la vida. Si estaba solo me tenían que venir a buscar con una excavadora.
Los carachos revolotean ante un resplandor más plateado que el canal.
Se acercan a mirar.
Cerca del agua, las escamas de una enorme corvina negra relucen como un cuarzo. Tal vez se acercó demasiado a la orilla a buscar cangrejos y quedó varada.
Los caranchos le vaciaron los ojos.

Texto agregado el 19-01-2026, y leído por 17 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
20-01-2026 Me gustó mucho este cuento, me hizo imaginar la tremenda odisea de los dos hombres como si fuera yo quien estaba en el agua, se lee fácil y rápido. Saludos. ome
 
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