Carlitos falleció a los ochenta y dos años. Con su muerte, Juanito, Miguelito y Pato emprendieron rumbos diferentes.
Cuando Juanito llegó a Estados Unidos traía una maleta, tres sueños y un diccionario inglés–español que se caía a pedazos. Aprendió sus primeras palabras escuchando los casetes que su mamá le había comprado en el Círculo de Lectores. Durante el día estudiaba inglés y, por las noches, trabajaba como cazador de zarigüeyas. Sí, zarigüeyas. Ponía jaulas en los techos con mangos maduros y, cuando caían, Juanito las bajaba con cuidado y las devolvía a su hábitat.
Después se metió en la jardinería. Un día vio tres palmeras que le parecieron sospechosas. Les tomó fotos, hizo un análisis de riesgo y fue donde el alcalde a advertirle:
—Mire, esas hojas secas pesan mucho. Si llegan a caerle a alguien, sería fatal.
El alcalde, impresionado por su nivel de dramatismo, ordenó cortarlas de inmediato.
Mientras tanto, Miguelito se convirtió en médico A su prima le formuló unas gotas para los sapitos; eran tan fuertes que le quemaron la boquita. A su abuela le recetó una inyección prohibida para diabéticos y ella terminó celebrando el Año Nuevo en urgencias: con luces, sudor y taquicardia. Al abuelo, que tenía un dedo lleno de pus, le dijo:
—Eso se lo tiene que ver un especialista.
Pero la familia decidió hacerlo “a la criolla” y, con una espina, le pincharon el dedo. El pus salió como si fueran fuegos artificiales.
Pato, por su parte, tenía un minimarket. Lo más llamativo era que vendía manteca de cerdo, como había sido tradición de su familia materna. Su verdadera pasión, sin embargo, era cocinar. Por eso, los sábados y domingos les preparaba la comida a ochenta reclusos. A las cuatro de la tarde subían el ollón gigante en una carreta y se dirigían a la cárcel. Algunos decían que, si los presos salían gorditos, era gracias a Pato.
Además, estaba al cuidado de la casa de una hermana de su mamá. La cocina era de mármol y no la usaba cuando tenía visitas por temor a dañarlo, así que cocinaba en el fogón que había chamuscado los pulmones de su tía.
Ella siempre quiso un asador. Cuando por fin se lo regalaron, no esperó ni un minuto: compró la china —la parrilla portátil—, el carbón, y tenía listo un delantal que también le habían regalado, con una vaca sonriente y la frase: “Reina del carbón”.
A veces sacaba el asador, pero solo para asar maduros. Por esos días sabía que la carne existía, pero no la podía ver ni oler: no tenía para comprarla. Hasta que llegó el gran día del asado familiar, y fue Miguelito quien compró la carne.
Ese día, Pato conoció a Luis. Se cayeron bien, se cayeron mal, se volvieron a caer bien… y dos años después ya estaban viviendo juntos.
Mientras tanto, Juanito seguía luchando por obtener la ciudadanía americana. Frente a la casa de Pato, paradójicamente, vivía un señor en un cambuche. Ella, con su gran corazón, le llevaba desayuno, elementos de aseo y lo que él necesitara… siempre que no fuera licor.
Todos los viernes sonaba su celular —uno de esos Nokia “indestructibles” que “todos tienen”— y era Juanito llamando desde el norte. Insistía en que ella estaba desperdiciando su vida en Colombia y que pronto se la llevaría a los Estados Unidos junto.
Por su gran corazón, Pato empezó a recibir regalos. Aunque no le gustaban los perros, estuvo a punto de recibir uno. Solo puso unas condiciones: que se lo regalaran con un año de concentrado, con las vacunas, con un año de seguro veterinario y con la funeraria incluida para el perrito. Ante tantas exigencias, se lo negaron.
Juanito se casó allá y, dos años después, ya era papá de un niño que era como su fotocopia. Miguelito, por su parte, seguía sin aparecer con mujeres. Siempre llegaba a visitar a Pato acompañado de un hombre diferente.
Cuando Juanito por fin pudo regresar a su tierra natal, Pato organizó una fiesta con papayera incluida, música colombiana y baile hasta el amanecer. Al día siguiente salieron a recorrer el pueblo, tomaron fotos de los murales. Juanito le dijo a Pato que podría crear una cuenta en Instagram con todo lo emblemático del pueblo y cada mejora. Recorrieron el pueblo durante dos días, tomando fotos, haciendo videos, fueron hasta el cementerio a visitar la tumba de sus familiares que estaban enterrados allí. En una de esas vueltas, se encontraron con Mario Quemao, un amigo de la infancia. Terminaron hablando del gallinero que tenía y de todas las propiedades que había adquirido engordando pollos.
Algunos de sus amigos de la infancia eran profesionales y la mayoría se habían hecho ricos en tiempo record, sin que nadie hiciera muchas preguntas. Total, ¿para qué? Había fiestas con mariachis en la calle, comida en abundancia y licor gratis para todo el que pasara, incluso para el que solo iba a comprar pan.
Todos decían que Pato era boba, que no aprovechaba las oportunidades. Pero no… de boba no tenía ni el carnet. Simplemente, su ritmo de vida iba en otro carril, sin pito y sin afán. Incluso su compañero de vida empezó a entenderlo cuando vio, con números y todo, la utilidad mensual que dejaba su minimarket, de la cual Pato separaba religiosamente un dinerito para su soñado viaje a Perú… un viaje sin fecha, pero con fe.
Un día antes de que Juanito regresara a los Estados Unidos, Pato los invitó a él y a Miguelito al mejor café del pueblo, que casualmente también era el más caro. En la terraza, los tomó de la mano; se le escaparon un par de lágrimas —dramáticas pero dignas— y dijo:
—Gracias… gracias por estar siempre ahí, por cuidarme, incluso después de la muerte de Carlitos, a quien honro y recuerdo todos los días. Él fue mi inspiración financiera… y mírenme ahora, sobreviviendo sin deberle al banco.
Luego continuó,:
—Esto no es un adiós, es un “nos vemos cuando haya plata”. Juanito, primero viajaré a Perú y después, con tu ayuda, quiero conocer alguna ciudad de Estados Unidos… y aclaro, antes de que preguntes: será un viaje de vacaciones, no de trabajo ni de quedarse ilegal.
Juanito, con su clásica seriedad asintió con la cabeza y respondió:
—Sigue con tus proyectos y cuídate; no muchos tienen tu corazón… ni tu paciencia.
Miguelito, por su parte, le entregó una lista interminable de recomendaciones para cuidar su salud. Pato la leyó y comprendió que de aquel médico inexperto quedaba muy poco, así que le dijo con honestidad:
—Seguiré todo… excepto lo que contradiga los remedios de la abuela, porque ahí sí no me meto.
Antes de irse, miró al cielo estrellado y declaró:
—Por cada estrella caída, un día menos de soledad.
Les deseo lo mejor, pidió que Dios los acompañara y les regaló a cada uno una camándula hecha por ella misma.
—Cuélguenla en el carro —dijo—, que como estas solo existen tres.
Al salir del lugar, notó que ellos también habían lagrimeado, sonrió y remató:
—Recuerden que la vida es como el agua pálida del río San Cipriano: a veces no se ve clara, pero igual hay que meterse.
Y así, entre risas, nostalgia y café caro, cada uno tomó su rumbo.
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