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Serían las dos de la tarde y aún no tenía la ropa puesta. Pues eso sí, era uno de esos días en que no deberías salir a la calle, pues todo está realmente abandonado al silencio. Podrías salir y solo encontrarías un museo de autos, recuerdos pintados en las paredes oscuras, alambres de energía y eso que se lleva el viento, el tiempo, y que casi nos hace inmunes. Claro, hablo del verdor de los seres inmortales, del hogar de las aves del cielo, del amor por cambiar el dióxido de carbono por oxígeno de día para que de noche sea al revés. Esto se llama fotosíntesis, creo, y realmente me conmueven las plantas, como si fueran los guardianes de la humanidad, o quizás el pulmón del mundo entero. Eso pensé. Seguí mi andar y el sol aún brillaba como sucede en verano, pero en nuestra ciudad es muy especial pues creo que aquí el bochorno es intensamente feroz y traicionero. No lo ves, pero lo sientes, sabes. Eso de estar a 29 grados centígrados y tener una humedad del 85 por ciento es terrible. Mi hermana se da como cinco veces al día una ducha ante este bochorno. En cuanto a mí, las paredes del cerebro están que saltan por quererse salir del cráneo, como si estuviera en una olla de presión, pero no, no lo permito. Y tampoco me baño tantas veces, solo me hidrato lo más que puedo con por lo menos tres litros de agua Cielo, que es el agua con menos mineral que las otras como San Mateo. En verdad nunca me gustó el verano. Quizás de joven sí, pues ibas a la playa, corrías sobre la arena, y veías a tanta gente abrazada a la arena como si en ella tuvieran una relación invisible de nacimiento. Y es verdad, pues somos polvo y en polvo nos convertiremos. Eso sí. Y con esos pensamientos seguí mi andar hasta llegar a una bodega, pedir una docena de croissant au beurre—aún no sé francés, la IA sí lo sabe mejor que yo—y si no se entiende, solo quería decir cachitos de mantequilla, que son mis favoritos para el desayuno con un café caliente y nada más. Eso sí, consumirlo en casa y antes darme una buena corrida de un kilómetro en mi trotadora para luego darme un baño frío, pues hace mucho calor. Eso sí, digerir lo que esté delante de mis ojos en esa mesa que veo por más de treinta años y ver con claridad las cuatro paredes de casa con dos puertas. Una que da a la sala del comedor y la otra que da a la salida al lavadero de ropa, y cada cual con macetas con plantas verdes enormes. Eso sí, aún recuerdo llevar a mi madre al Vivero que quedaba en las afueras de la ciudad, administrada por una señora anciana vestida de provinciana, con sombrero negro, falda enorme y chompa y camisa aunque fuera de verano o invierno. Siempre estaba vestida de la misma forma. Para luego cargar en el auto una docena de plantas envueltas en una bolsa especial y al costado doce macetas de barro con dibujos de colores como la ropa de la anciana. Esto era cada medio año, y mi madre sí que amaba las plantas. Hablaba con ellas, las cuidaba, les regaba, las limpiaba, les cantaba, y hasta sentía que las plantas la amaban más que ella a ellas. En fin, ese era mi pensar. Pero ahora aún siguen las plantas, y cuando mi madre murió algunas de ellas se apagaron. Quizás se vistieron de luto pues cambiaron su color por el negro, secándose como si quisieran volver al polvo donde mi madre volvió, al igual que una planta seca. Eso viví. En el comedor donde estaba había cuadros y muchas fotos, pero de todos ellos había una que me traía muchos recuerdos. Esa imagen era la de mi perro. Ese pendejo sí que era un perro macho de verdad. Creo que mordió a mamá tres veces, mandándola al hospital esas veces. Lo extraño de todo era que se entendían tanto como las plantas. Mi madre le compraba lo mejor para su alimento y cada quince días le llevaba a una guardería de caninos. Le cortaban el cabello, le bañaban, lo desparasitaban y luego lo encerraban en una jaula hasta que el dueño lo recogiera. Y salía oliendo a rosas para luego mearse en la entrada de la guardería. Eso sí que les molestaba. Pero el perro de mi madre sí que sabía molestar a la gente. Menos a mí. Que una vez en que mi madre se fue de viaje a visitar a una de mis hermanas por más de dos años, quedamos el perro y yo. Y este quiso controlarme, mostrando sus muelas. Eso vi. Y pues eso fue al revés, pues saqué las muelas de la ira y con una cadena de fierro le di una y otra vez hasta dejarlo llorando por un tiempo más. Luego lo llamaba y le preguntaba si deseaba más. Este salía del rincón temblando y con la cola entre las piernas. Entendió quién era el amo. Y con eso la pasamos tranquilos durante dos años. Eso sí, era muy intransigente, pues a eso de las cinco de la madrugada y a las seis de la tarde empezaba a arañar la puerta de vidrio de mi cuarto para que lo saque a pasear por una hora. Y yo, como este, tenía que salir, colocarme lo que tenga a la mano, colocarle la correa en el cuello y salir a la calle. Eso vi. Era increíble verlo. Cómo era posible que el mismo lugar lo sintiera con tanta pasión como si fuera nuevo, como si estuviera en su cielo. Pues sí. Y una experiencia me dio a entenderle. Solo eso me permitió entender que él era una nariz sobre todo, que todo cuando veía no eran los colores sino los olores. Recuerdo que una vez en la puerta de casa le quité la correa de su cuello y el pendejo salió disparado como si fuera un demonio. Eso sí que vi. Corrí duro y parejo por cerca de kilómetro y medio para verlo con otro perro y su dueño. Me acerqué y le puse la correa. Le pregunté al señor cómo era posible si era la primera vez que se conocían, y él me respondió que su perro era hembra y que estaba en celo. Fue toda una revelación, pensé. Apenas volvimos busqué en internet ese fenómeno y leí que los perros pueden oler el celo de una perra por más de un kilómetro, y no hay nada que los haga detener hasta encontrar a la perra. Eso leí. Sonreí. Y ya cada vez tenía cuidado en que entrara a casa con la correa en su cuello, por seguridad. Y cada día en mi diario laborar retornaba y antes de entrar a casa me gustaba sentarme junto a mi perro y acariciarle la cabezota y abrazarlo si era posible. Él ni se inmutaba, pero es indudable que sí sentía mi amor por él, que se dio con el tiempo. Nada nos separaba en nuestros paseos. Hasta una de las tantas veces en que se me escapaba se peleaba con perros más grandes que él. Y en eso, no podías meterte hasta que el otro perro se detuviera, en caso estuviera ganando la pelea, cosa que pocas veces vi. Y cada vez que nos cruzábamos con el perro grande yo tenía que salir con un palo para asustar al perro y que no se acercase mucho. Mi perro estaba asustado. Sabía que iba a perder. Pues sí que sabía. Y así parábamos como dos hermanos que se cuidaban. Cuando llegaban personas a mi casa y querían algo malo, les ladraba y hasta les mordía. Y casi nadie deseaba volver a casa por el temor a mi perro. Eso sí, era un buen guardián. Salvo cuando vio un ratón enorme en una de las paredes de casa. Este le ladraba pero no se acercaba mucho. Le temía. Eso vi. Y tuve que coger un enorme palo con un clavo y darle al ratón donde le cayese. Y este se metió por las paredes de un hueco de casa. Mi madre al día siguiente hizo colocar una enorme pared que cubriese esas dos paredes y dio resultado. Pues sí, nunca volvimos a ver un ratón. Solo el sonido del silencio como si estuviéramos en un monasterio, sentía. Y ya con el paso del tiempo supe que amaba a mi perro tal como era: feo, de mediana estatura y medio loco, como yo, por supuesto. Y como todo tiene esas cosas que jamás se entienden, había días en que mi perro me miraba y en sus ojos veía como un foco de luz. Qué vería, pero se encrespaba como si yo fuera otra persona. Quizás olía a otro ser dentro de mí. Es seguro que sí, pues eso sucedía cuando me sentaba a meditar todas las mañanas y noches. Y cuando le tocaba se ponía sumiso como nunca. Se acurrucaba a mis pies y me lamía las pezuñas. Le acariciaba y éramos un solo amor. Y como todo tiene su final, un día se le detectó un cáncer en el estómago. Mis hermanas y mi madre lloraban. Yo no. Sabía que los perros son pasajeros, y sin saber cuándo ni cómo, un día se irán de nosotros, dejándonos el sentimiento de lealtad y amor en nuestros corazones. Eso entendí. Cuando la doctora nos dijo que el perro estaba sufriendo, y cuando el dolor es intenso puede volverse loco pues no sabe de dónde viene ese dolor y puede atacarles, eso dijo, y mis hermanas y mi madre, en medio del llanto, decidieron sacrificarlo. Aún recuerdo ese día. Llévalo, me dijo mi madre, y en la puerta ella empezó a llorar como nunca, y le decía: adiós padrecito, adiós, perdóname si no te di tu mejor comida, pero te quiero y nunca te olvidaré. Luego cerró las puertas y juntos nos fuimos directo al cadalso. Nuestro paseo fue por los mismos lugares. Él marchaba como siempre, moviendo la cola y sacando la lengua como si fuera la primera vez. Yo sonreía. Hasta llegar a la guardería de perros donde la doctora nos esperaba, y vi que estaba llorando. Le pregunté por qué llora y me dijo que lo iba a extrañar, que le conocía desde que nació, y que eso le toca el alma. Eso entendí con claridad. Luego me hizo subirlo a una camilla, lo echase, y vi que la doctora sacaba una jeringa grande con un líquido blanquecino. Yo me puse frente a los ojos de mi perro. Quería saber, acompañarle hasta el final de su existencia. Vi sus ojos, su respirar caliente. Puse mi nariz pegada al suyo y solo me concentré en sus ojos. Estaba atento. La doctora dijo: le voy a inyectar en este momento, ¿está bien? Dije: está bien. Repetí: está bien. Y cuando le inyectó esa jeringa vi que un anillo de luz salía del fondo de sus ojos para entrar en los míos. Eso vi. Ya está, dijo la doctora. Le envolvimos en una frazada y luego en una bolsa negra. Lo cargué hasta llevarlo al jardín de casa. Cogí una pala y empecé a cavar un hoyo muy profundo. Cuando terminé ya estaba oscureciendo. Eso vi. Puse los restos de mi perro en el forado y empecé a cubrirlo con la tierra hasta dejarlo tapado. Suspiré. Suspiré mientras miraba el cielo cuando me di cuenta que cerca de mí había varios ojos brillantes, y cada uno empezó a aullar y ladrar. Eso me llamó la atención, pues no sabía que tenía amigos. Más bien era bastante odiado por ser tan guerrero. Eso entendí. Me levanté de la tierra y entré a casa. Apenas entré vi que mi madre había puesto un cuadro de mi perro en el cuarto del comedor donde estaba sentado en ese instante. Sonreí de esto. Recuerdo que cuando escribía mis cuentos mi perro gustaba sentarse a mi lado. Respiraba. Solo respiraba. Mientras yo escribía sin parar, sin parar como un poseso, para luego verle totalmente dormido a mi lado. Y ahora en que aún sigo escribiendo no lo tengo a mi lado, pero el mismo hecho de que yo esté respirando y respirando me hace sentir que nuestra relación estaba en la respiración. Ese era nuestro amor eterno, más allá de la vida y la muerte. Vaya uno a saber si cuando el aliento se vaya aquel aro de luz me lleve a su lado. No lo sé, ni tengo la certeza. Pero sí que para el amor verdadero, la respiración es lo que une a un ser humano con toda la creación, y esa es una relación de amor. |
Texto agregado el 25-01-2026, y leído por 28 visitantes. (0 votos)
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