Sueño de Plata
La noche se curva con la lentitud del cristal,
un velo de encaje que susurra tu nombre al caer.
Las sombras pierden sus filos, se vuelven musgo,
y el aire custodia un secreto de seda,
esa promesa que no necesita de la voz.
La piedra de los muros se desvanece en humo,
el tiempo es ahora un hilo de agua entre los dedos.
Desde el telar del cielo, las estrellas sueltan
sus amarras de plata sobre tu frente,
con la paciencia del que teje el reposo de un rey.
Existe una claridad que no hiere los ojos,
una luz de luciérnaga que solo sabe escoltar;
se posa en el aire, un pájaro sin peso,
comprendiendo que el milagro es el silencio
y la magia, simplemente, permanecer.
El mundo es ahora un rumor de hojas distantes,
y el reloj, un mecanismo de olvido bajo la hiedra.
La noche te acuna desde tu propia sangre,
haciendo de cada latido un cuenco de luz,
un pequeño hogar de ceniza y oro.
Nada reclama su peso en esta orilla.
Todo es un manto, una tregua de sombras.
El sueño despliega sus alas de lechuza
y te reclama para sí, con la calma
de quien aguarda el regreso de un antiguo viajero.
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