UNA VOZ QUE FASCINA
En la Zona Colonial de Santo Domingo, donde las calles adoquinadas huelen a historia y guardan secretos de otros siglos, vivía Catalina, una joven con una voz que parecía llegada de las estrellas. Desde niña, su canto era como el murmullo del viento entre las palmeras, el susurro del mar en las playas y el latido mismo del corazón de quienes la escuchaban.
Catalina no sabía que su voz era un don. Sencillamente cantaba para sí misma y lo hacía en la ducha, en el mercado o en las tardes de lluvia.
Un día, mientras limpiaba su casa, el dueño del bar Arco iris pasó por su acera y la escuchó. Sus pasos se detuvieron, afinó su oído y su alma se llenó de ternezas.
—Por favor, quiero que cantes para mí —le rogó.
Catalina, tímida, luego de pensarlo dos veces, aceptó.
Esa noche, el bar se llenó de gente que no sabía lo que iban a escuchar, solo fueron porque querían disfrutar un buen momento.
La voz de la muchacha subió como humo de incienso, envolviendo a todos en una burbuja de emociones. Las conversaciones se apagaron; los parroquianos apresuraban el contenido de sus copas, y hasta la gente que pasaba por la calle se detenía para admirar aquella voz.
Catalina ofreció lo mejor de su repertorio, combinando viejas canciones que escuchaba en la voz de su padre en su niñez, con hermosos temas de la actualidad. Cantó “Ojalá” de Silvio Rodríguez, y las lágrimas brotaron sin permiso. Con “Rosalía", de Juan Luis Guerra, los pies se movían a ritmo acompasado. Cuando canto “Sobreviviré", de Rubby Pérez, la audiencia se llenó de algarabía.
Después les cantó el hermoso tema "Para vivir", de Pablo Milanés; pero fue con el viejo éxito “Eres tú", original del grupo español Mocedades, cuando el silencio fue el único testigo de su poder, pues el público evocó con nostalgia épocas muy remotas.
La música es el arte más directo: entra por el oído y va directo al corazón.
A partir de esa noche, la bella Cata se convirtió en la voz del barrio. Cantaba en bodas, cumpleaños y en reuniones en clubes y parques cuando se lo solicitaban. Su voz curaba corazones rotos, unía a los que se habían perdido, y a todos recordaba que la música es el idioma del alma.
Pero la novel cantante, no obstante, su éxito, siguió siendo la misma: sencilla, humilde, y con una voz que parecía decir: “Estoy aquí, y estoy para ti.”
Una noche, el bar Arco iris se llenó de gente importante: productores, músicos y críticos que ofrecieron llevarla a pasear su arte por el mundo. Ella, con su voz suave, les dijo: “Mi voz no es para todos. Es para los que sienten.” Y se negó a complacerlos.
Y Catalina siguió cantando en los lugares habituales: en el barrio, en el bar, en las calles. Su voz, un regalo que no se podía embotellar, siguió hechizando a todos, recordándoles que la verdadera magia no se compra ni se vende, solo se comparte.
Si visitas la Ciudad Colonial, entra al bar Arco iris; ordena tu bebida favorita; cierra los ojos y escucha. Tal vez, solo tal vez, la voz de Catalina te encuentre y también te fascine.
Alberto Vásquez.
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