Inicio / Cuenteros Locales / Gatocteles / Charlot y el Genio Galo
El único parecido de Charlot con el personaje de Chaplin era el andar de pingüino desvelado, según afirmaba la cofradía de vagabundos que se hacinaban con él en los andenes del metro y en los parques públicos durante las terribles noches de aquel invierno en París.
Pero Charlot no caminaba así por afanes de gloria, sino a causa de un desajuste en los arcos de los pies atestados de juanetes. Fuera de eso, no había en él nada que evocara al icono del celuloide, pues el rostro redondo y colorado de Charlot ostentaba una barba de náufrago en lugar del bigote minúsculo del mimo; y la cabeza no se cubría con el pelo ensortijado emblemático, sino por un greñero del que ahora sólo quedaban unos parches que sobrevivieron a la reciente incursión de Charlot en los tabucos del »Servicio Público Higiénico».
Ocurría que días antes Charlot fue atrapado orinando sobre las begonias de un jardín, de manera que lo llevaron hacia un cuartucho donde lo despojaron de sus andrajos para bañarlo a manguerazos.
Lo raparon tajándole la barba casi patriarcal, y le arrojaron un montón de trapos infames de los que Charlot arrebató varios suéteres deshilachados, un pantalón de parches que ataría con un cordel, siete calcetines agujerados, y unos zapatos del número »payaso y medio».
Charlot recordó algunos de esos eventos al despertar en perfecto estado etílico bajo las bancas de una carpa, junto a varios perrillos huesudos ovillados y temblorines.
Charlot aclararía mucho después que no habría abierto sus ojos reticulados de venas de no ser por las carcajadas de la gente ante los desatinos del mimo Pierre le Bédouin.
De manera que Charlot se reacomodó empujando a un lado a los perros que se reubicaron en otra zona, y le dio un trago a la botella de ron que recién hurtara a un grupo de marinos trasnochados.
Al poco tiempo le puso atención a Pierre le Bédouin. Se trataba de un tipo flaco y alargado con un gorro frigio dignificado por los colores de la bandera francesa. Tenía el cabello contenido en una coleta, y su rostro óseo soportaba un bigote puntiagudo paralelo a la boca. Además abría los ojos minúsculos con la pulsión de un monito tarsero, y expulsaba una voz de legítimo barítono de cepa.
Así fue como Charlot dejó que su atención divagara sobre el escenario donde Pierre le Bédouin efectuaba algunas proezas mágicas abriéndose como asterisco para después ir cerrando las piernas y los brazos estirados hasta asumir la pose de quien pretende arrojarse al mar.
Todo estuvo bien para Charlot hasta que un perrillo le soltó un mordisco absurdo a la suela abollada de su zapato, por lo que volteó incómodo, y al regresar la mirada al escenario se topó con el rostro socarrón de un Pierre le Bédouin como de humo a pocos centímetros.
Algo desquiciante para Charlot fue que la versión normal de Pierre le Bédouin seguía haciendo de las suyas ante el público, mientras el que tenía al frente más bien parecía conformarse de una neblina antropomorfa.
Pierre le Bédouin juntó las manos evanescentes en el pecho y cerró los ojos, haciendo que Charlot se sumiera en un sueño pesado del que despertó en un desierto donde Pierre le Bédouin había cambiado su atuendo por el de un camellero, aunque mantenía el cabello en coleta y el bigote heroico.
Fue en esa dimensión alterna de la realidad donde Pierre le Bédouin se presentó como el Genio Galo, aludiendo con su acento de francés genuino a una historia absurda donde fue relegado por los genios del Oriente a causa de su asunción de los modos y costumbres europeos.
Ya con las cartas sobre la mesa, Pierre le Bédouin cruzó los brazos y peló los dientes en espera de que Charlot formulara »ses trois desires de rigueur».
Para ese momento la cabeza de Charlot sufría los estragos del alcohol que escocía sus glóbulos rojos y blancos, por lo que masculló una parrafada donde el Genio Galo extrajo los tres deseos que identificó mediante el ojo experto de quien distingue tres ajolotes turbios en un charco.
Charlot volvió en sí mucho después, al recordar la secuencia donde murmuró algo ininteligible que el Genio Galo interpretó como »sus tres deseos de rigor»: una dotación completa de vino tinto, su greña y barba recuperadas, y sobre todo la purga de las desquiciadas pulgas que lo picotearan toda la bendita semana.
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Texto agregado el 28-01-2026, y leído por 34
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Lectores Opinan |
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28-01-2026 |
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3. Me encanta cómo lo fantástico aparece casi sin avisar, como si fuera una extensión natural del delirio, del alcohol o del cansancio extremo. El Genio Galo no rompe la lógica del relato: la retuerce. Y cuando llegan los deseos, tan mínimos, tan básicos, el golpe es silencioso pero certero. Ahí uno entiende que la magia no viene a salvar nada, solo a subrayar lo poco que a veces necesita alguien para seguir existiendo. kone |
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28-01-2026 |
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2. Lo que más me gustó es cómo manejas lo fantástico. El Genio Galo no aparece como una solución milagrosa, sino como un reflejo cruel y lúcido de lo que a Charlot ya no le queda por desear. Esa idea de que incluso con magia los anhelos sean tan pequeños, duele un poco, pero de una manera inteligent y bien trabajada. kone |
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28-01-2026 |
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1. Este texto tiene algo muy potente y muy honesto. No intenta quedar bonito ni caerle bien a nadie. A Charlot se lo siente vivo, cansado, torcido por la calle y por la vida, pero nunca ridiculizado. La forma en que lo describes hace que uno casi huela el frío, el alcohol, la mugre. De verdad me sorprendió reconocer una ternura rara, muy humana, escondida entre las imágenes. kone |
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