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La vecina que recibe los llamados

Este profesor, con jornada completa en la universidad, tenía un negocio paralelo que rendía tanto como su sueldo académico. Tal vez más. Era licenciado en Física, de esos que entienden el mundo a través de fórmulas, pero que no le temen a ensuciarse las manos cuando hace falta.

Dentro de la universidad se dedicaba exclusivamente a hacer clases. No investigaba, no publicaba, apenas aparecía en congresos. Era un teórico puro, una especie en retirada dentro de un ambiente donde la docencia suele ir de la mano con la investigación, que es, al final del día, lo que da prestigio y estatus a un profesor.

Su hábitat natural era una oficina pequeña y angosta, con un escritorio que parecía más grande de lo que era por la cantidad de papeles que acumulaba. Ahí se le encontraba casi siempre.

Casi.

A veces uno llegaba, preguntaba por él, y la secretaria del pabellón —ubicada estratégicamente a la entrada del pasillo— levantaba apenas la vista y decía, con una naturalidad entrenada durante años:

—Está fuera de su oficina realizando un trámite personal.

Era una frase perfecta. Neutra. Diseñada para no comprometer a nadie. No levantaba sospechas. Porque habría sido muy mal visto decir la verdad: que el profesor estaba visitando a un cliente. ¿Cómo que clientes? Si estaba contratado a jornada completa por la universidad.

Pues sí. Tenía varios.

En las largas tertulias que sosteníamos apoyados en su escritorio —él como profesor, yo como alumno— me fui enterando de su otra vida. No cabía duda: era un hombre de negocios. Locuaz, encantador, rápido para pensar y aún más rápido para hablar. Siempre bien vestido, traje y corbata, como si estuviera listo para una reunión importante incluso cuando explicaba una ley física que nadie terminaba de entender del todo.

Un día me invitó a acompañarlo. Subimos a su furgón —ya eso me pareció extraño: que un profesor tuviera furgón— y fuimos a una clínica en el centro de Santiago. Nos recibió el propio gerente. Se saludaron como viejos amigos. No lo eran. Eran mímicas bien ensayadas: cliente y proveedor representando la cordialidad necesaria para que el negocio funcione.

Después de un rato en su oficina, bajamos a uno de los laboratorios. Nos recibió un tecnólogo médico que señaló un mesón donde descansaba una centrífuga del tamaño de una olla a presión.

—Funciona bien —dijo—, pero cuando gira el ruido es insoportable.

Mi profesor asintió con calma profesional, como si ya hubiera escuchado esa frase mil veces.

—Perfecto. Me la llevo ahora a mi laboratorio y la reparo.

Luego me miró.

Entendí al instante que ya había hecho suficientes piruetas sociales y que ahora me tocaba a mí. Sin preguntar nada, tomé la centrífuga y caminé hacia el estacionamiento como si eso fuera lo más natural del mundo.

Ya en el furgón, con la máquina apoyada sobre mis piernas, me explicó su funcionamiento. Me indicó cómo, al retirar la tapa, los tubos de ensayo quedaban alineados radialmente. Giraban a alta velocidad, lo que permitía la separación de los glóbulos rojos. Continuó con una catarata de datos técnicos que, honestamente, solo me inspiraron a decir:

—¿En serio?

Me llevó a su casa. En un cuarto habilitado como pequeño taller la abrió. Cambió el rodamiento —tenía repuestos— y la centrífuga volvió a girar, silenciosa, impecable, como nueva.

Yo ya había cambiado bujes en artefactos domésticos, así que la magia científica de la alta velocidad y la separación de glóbulos rojos se me cayó rápido.

—Es igual que una sacadora de jugo —dije.

Sonrió. Luego me explicó que reparaba equipos médicos. Su contacto principal era el dueño de una importadora. Ellos vendían los equipos y, cuando fallaban, lo llamaban a él.

Me contó entonces la famosa anécdota: la gracia no es el tiempo que uno se demora en reparar una máquina, sino saber qué tornillo apretar; en este caso, qué rodamiento cambiar.

Cuando vi la factura y el elevado monto cobrado, hice la pregunta inevitable:

—¿Cuántas centrífugas reparas al mes?

Hicimos un trato. Socios de palabra. Yo me encargaría del transporte; él no podía ausentarse tanto de la universidad.

—Eso sí —me dijo—, no me llames a la universidad. Llama a Olga.

Olga era una conocida. Desde su casa recibía los llamados de la importadora y de los clientes. Por la mañana o al final del día yo debía llamarla para recibir los recados y organizar los viajes.

Era una oficina virtual. Una solución simple y brillante. Así evitaba que lo llamaran a la universidad o a su casa.

Con el tiempo entendí que, por las características del negocio, la señora Olga podría haberlo dirigido entero. Recibía los llamados, escuchaba los síntomas del equipo, decidía y me indicaba a qué taller llevarlo, coordinaba tiempos, calmaba clientes. Todo. A pesar de su juventud, jamás dejé de llamarla “Señora Olga”. Incluso se ofrecía a reparar equipos con parientes suyos para agilizar la operación, pero el profesor se negaba: conocía demasiado bien la calidad de los talleres electromecánicos con los que trabajaba desde hacía años.

Gracias a ella, en pocos días ya era experto.

El profesor, liberado de la logística, se dedicó de lleno a las relaciones públicas. Empezó a ofrecer mantenciones a clínicas, hospitales y laboratorios. Todo lo que tuviera motor, cable y enchufe entraba en el negocio. Ya pensaba en grande: arrendar un local, contratar personal.

Yo retiraba equipos directamente desde los laboratorios. Aprendí a escuchar a médicos y tecnólogos, no solo lo que decían, sino cómo lo decían. Me explicaban los problemas, porque de otro modo habría bastado con llenar una orden de trabajo. Aprendí a distinguir cuándo el problema era real y cuándo era puro susto. Me acordaba de qué tornillo apretar.

—Si se lo lleva, me deja el turno flojo.

Entonces le llevaba otro equipo, uno que estaba destinado a entregar, mientras reparaban ese. Tomaba decisiones.

Al principio me pedían guías de despacho para formalizar el retiro o la entrega. Después solo decían:

—Adelante, ya conoce el camino.

Crucé maternidades, pisos de hospitalizados y, una vez, una sala común de un hospital de cárcel. El negocio no era la reparación: era la confianza.

Toda esa coordinación tenía un centro invisible: la Señora Olga.

Entonces el profesor obtuvo una beca para estudiar un posgrado en el extranjero. En diciembre ya no estaría. Todo se desinfló.

Cuando la señora Olga lo supo, intentó convencerme de seguir sin él. Tenía proyecciones, números, planes. Sabía exactamente el tiempo que tomaban las mantenciones.

—Esto funciona —me decía—. No necesitas a él todo el tiempo.
—Son solo dos años.
—Los talleres siguen, los clientes también.

Tenía razón. Y lo sabía. Eso era lo peor.

—Yo coordino —insistía—. Tú mueves.

No hablaba desde la emoción. Hablaba desde los números, desde un teléfono que ya no dejaba de sonar.

Pero yo ya me había bajado.

Después supe que ella mantuvo el negocio mientras pudo. Los parientes prometidos nunca aparecieron.
Mucha palabra, poca logística.

El negocio se fue apagando de a poco.
No con un cierre.
Ni con una despedida.

Simplemente dejó de sonar el teléfono.

Santiago, 1980.

Texto agregado el 01-02-2026, y leído por 1 visitantes. (0 votos)


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