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Inicio / Cuenteros Locales / papagayo_desplumao / Piratas y pokemones (III)

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Aunque también hubo momentos extraños, relámpagos de un peligro latente que amenazaban con perturbar la dicha. Como aquella vez que, en el momento de pedir voluntarios, Joel eligió a una chiquilla de la segunda fila. Al verla subir al escenario me di cuenta de que era una niña con síndrome de Down. El corazón me dio un vuelco. La nena sonreía confundida ante la figura de aquel hombretón de gestos grotescos. Aquella visión desató una angustia que habitaba en mi pecho desde hacía tiempo, como un tictac silencioso.

Sí, os tengo que hablar de Joel. Lo he sacado de la imagen expresamente, porque quería que entendierais lo maravilloso que fue, sin su incómoda presencia. Joel era como un borrón en el cristal, algo que evitas mirar porque te empaña el paisaje, pero estaba allí y desde el principio vimos ciertas señales que decidimos ignorar. Joel estaba loco, lo pensé desde el primer momento. Pablo opinaba lo mismo.

En lugar de la espada de juguete que nos daba Dreams Theatre, Joel llevaba una cutlass de empuñadura escocesa que había encontrado en algún anticuario. Dicen que la había llevado al casting y que los directores se habían quedado muy impresionados. Les había deslumbrado su audición. Al fin habían encontrado a un pirata de verdad. Menuda panda de porreros. A mí me seguía pareciendo muy fuerte que le dejaran subir al escenario con una espada de verdad, por bonita que fuera.

Cuarenta y largos, físico imponente, varios huecos en la dentadura, medio tuerto, lo tenía todo. Hablaba un inglés de pirata que nadie entendía, como un actor de método que no dejaba nunca el personaje: el Daniel Dey Lewis del teatro infantil. Siempre con su petaca de ron, ese aroma que jamás le abandonaba. Apenas nos dirigía la palabra. Era más de hablarse a sí mismo, entre dientes, como si estuviera rumiando algo en todo momento. No se unía a nuestras salidas por los pueblos, lo cual nos venía perfecto, estábamos mejor sin él. Lo habíamos visto desatarse a gritos contra un camarero o liarse a puñetazos contra una puerta. A su lado sentías que el caos podía estallar en cualquier momento.

Pero hacíamos como si nada. ¿Por qué? Porque era increíble lo que pasaba cuando se subía al escenario. Los niños lo miraban boquiabiertos. Podía oirse el ruido de una mosca tosiendo. Con solo levantar una ceja hacía que el teatro entero estallara en risas. Era el actor más carismático que jamás había conocido. Un maestro de la tensión escénica. A veces soltaba cosas políticamente incorrectas, absolutamente inaceptables, pero no importaba, porque nadie entendía ni una palabra. En las reseñas lo mencionaban siempre como lo mejor de la obra. Pero algo me decía que caminábamos al borde del abismo.

Texto agregado el 03-02-2026, y leído por 0 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
03-02-2026 2. Mientras leía tenía la sensación de que algo podía salirse de control en cualquier momento, y aun así entendía por qué seguían adelante. Ese equilibrio entre talento, miedo y negación está muy bien logrado y deja un poso inquietante que no se olvida fácil. kone
03-02-2026 1. Este fragmento me pareció brutal por lo honesto y por lo incómodo, sin adornos innecesarios. Joel se siente como una grieta constante en la historia: nadie quiere mirarlo de frente, pero su presencia lo contamina todo. Me gustó mucho cómo transmites esa decisión colectiva de “hacer como si nada”, que es tan humana y tan peligrosa a la vez. kone
 
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