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El Mar De Árboles y La Sabiduría de la Torcedura

Bajo la mirada gélida del Monte Fuji, la tierra guarda el recuerdo de una herida que no quiso cicatrizar. No fue un acto de creación, sino un parto de fuego y basalto el que dio vida a este reino. En el siglo IX, las entrañas del gigante se quebraron y una marea de lava negra inundó los valles, deteniendo el tiempo con un manto de piedra que parecía destinado a la esterilidad eterna. Pero el destino tiene sus propias leyes de belleza.

Con el paso de los siglos, el aire se volvió un tejido de bruma y el silencio se hizo carne. Sobre la lava atormentada, el musgo empezó a reptar como un terciopelo verde y hambriento, ocultando las grietas donde el mundo se rompió. Así emergió el Aokigahara Jukai, un laberinto de raíces desnudas que no se hunden en el suelo, sino que se abrazan a la roca con el ansia de quien busca un latido en un cuerpo muerto. Es un lugar donde el eco se extingue antes de nacer y donde el hierro escondido en la piedra susurra a las brújulas promesas de extravío.

Aokigahara no es un bosque de madera y savia, sino un teatro de resistencia. Es una catedral de árboles que han aprendido que la vida solo puede florecer cuando se acepta que el cimiento es, en realidad, un rastro de destrucción. Aquí, cada hoja es un secreto guardado y cada tronco retorcido es un monumento a la obstinación: un recordatorio de que, incluso sobre la roca más dura y el pasado más negro, la vida siempre encuentra una forma de seguir de pie.


Tokio aún no había despertado del todo a sus reflejos cuando Kaito salió.

La ciudad apenas respiraba. Las ventanas eran párpados cerrados y el asfalto conservaba el frío de la noche como una memoria reciente. El motor de su sedán plateado emitía un ronroneo bajo, casi doméstico, una constancia mecánica que contrastaba con el temblor interno que lo había acompañado durante meses. Aquel sonido era la forma más simple del gaman: resistir sin ruido, sin espectáculo, sin que nadie note el esfuerzo.

Mientras avanzaba por la autopista, Kaito no veía la carretera sino la última cena con sus padres en Nerima. El tintineo exacto de los palillos contra la porcelana, la sopa ya tibia, el reloj marcando una hora irrelevante. La voz de su padre había caído entonces con la precisión de un diagnóstico:

—El hijo de Tanaka ya es jefe de sección. Tú, a tu edad, sigues siendo un engranaje reemplazable. No es que seas malo, Kaito… es que no eres necesario —dijo con voz decepcionada mientras tomaba el arroz con los palillos y evitaba su mirada

El menosprecio japonés no grita; se sirve frío, como una verdad estadística que no admite réplica.

Al tomar el desvío hacia Aokigahara Jukai, el paisaje se compactó en una masa de verde oscuro. El Monte Fuji estaba allí, lo sabía, pero la bruma lo borraba, dejándolo reducido a una idea abstracta de perfección: una silueta que existía solo para recordar lo inalcanzable. Al entrar al estacionamiento, la grava volcánica crujió bajo los neumáticos como huesos secos, marcando el fin de la ciudad y el comienzo de otra geometría. Apagó el motor y, por un instante, permaneció inmóvil, con las manos aún sobre el volante, escuchando cómo el silencio empezaba a imponerse.

Bajó del auto. El lugar era más mundano de lo que había imaginado: una explanada irregular, algunos vehículos dispersos, un par de autobuses turísticos aún vacíos. Nada en apariencia anunciaba el peso simbólico del sitio. Solo entonces vio los letreros. No eran dramáticos ni solemnes. Eran prácticos, casi amables. Paneles de madera clara con letras sencillas: “Su vida es valiosa”. “Piense en su familia”. “Si se siente abrumado, hable con alguien”. Debajo, números de teléfono de ayuda, líneas de apoyo, nombres de organizaciones. En uno de ellos, una frase breve: “No camine solo”.

Kaito los leyó sin apuro. No sintió rechazo ni consuelo. Le parecieron advertencias correctas, bienintencionadas, como manuales de emergencia colocados demasiado tarde. Más allá de los letreros, el bosque aguardaba en silencio, sin carteles ni instrucciones. Un sendero angosto se abría entre los árboles, marcado por cintas discretas y cuerdas bajas, como si el lugar quisiera guiar sin imponer.

Respiró profundo. El aire olía a humedad antigua y a piedra. Cerró el auto. El sonido metálico del seguro resonó más de lo esperado, como un gesto definitivo. Entonces, sin mirar atrás, Kaito se internó en el bosque, cruzando el límite invisible entre el estacionamiento y el bosque.

Mientras caminaba, el recuerdo de su escuela primaria lo asaltó con una claridad injusta: el día en que no pudo resolver un problema de matemáticas en la pizarra. El aula en silencio. El profesor ajustándose las gafas. No hubo insulto ni castigo explícito. Simplemente dejó de llamarlo. Durante un mes entero, Kaito no existió para él. En Japón, el castigo no es el golpe; es el shikata ga nai: no hay nada que hacer contigo. Es la desaparición social.

El bosque se volvía más denso mientras la mañana tomaba forma. Las rocas permanecían cubiertas por un musgo antiguo, extendido con la calma de los siglos. Un midori casi luminoso suavizaba las pisadas y apagaba los ecos, imponiendo su propio pulso al lugar. Kaito percibió entonces que el tiempo había cambiado de naturaleza: allí, las horas existían de otra manera, suspendidas en una quietud profunda.

Se detuvo ante una grieta volcánica. La abertura era estrecha pero profunda, un corte oscuro en la piel de la tierra.

Aquí, pensó.

Un paso al vacío y dejaré de ser una estadística fallida.

—Hay que tener cuidado con las grietas —dijo una voz tranquila, un poco rasposa—. A veces el musgo las teje como trampas.

Kaito se sobresaltó.

A pocos metros, un anciano con un chaleco de guardabosques azul oscuro y un sombrero de ala ancha estaba agachado, concentrado en limpiar con una pequeña brocha un hongo que crecía en la base de un ciprés. Sus movimientos eran lentos, económicos, como si cada gesto tuviera un costo que no estaba dispuesto a malgastar.

—Buenos días —añadió, alzando la vista. Sus ojos pequeños y brillantes estaban rodeados de arrugas que parecían senderos antiguos—. Soy Sato. Reviso la salud del micelio. A veces los visitantes pisan donde no deben.

Señaló los hongos con un ademán casual, como si hablara del clima.

—Mire estos pequeños. Crecen en la oscuridad absoluta, bajo la presión de la piedra. No intentan ser robles ni compiten por la luz. Solo transforman lo que está muerto en algo útil. A veces, ser invisible es la mejor forma de sostener el mundo, ¿no cree?

Sato se incorporó con un leve quejido de rodillas, inclinó la cabeza apenas —un gesto mínimo, casi ceremonial— y siguió caminando hacia el espesor del bosque.

Kaito permaneció inmóvil. Las palabras del anciano se mezclaron con el recuerdo reciente de su oficina, cuando su jefe le había entregado el formulario de “renuncia voluntaria” con una cortesía impecable:

—Tu presencia ya no aporta valor al flujo de la empresa.

El día avanzó.

Kaito caminó durante horas. A veces creía ver la silueta azul del chaleco de Sato entre los troncos, siempre a cierta distancia, nunca cerca, como si el hombre midiera el ritmo del bosque más que el suyo. El sol ascendió sin hacerse notar; apenas una variación en la densidad de las sombras. El silencio no era ausencia de sonido, sino una acumulación: raíces crujiendo, gotas cayendo de hojas invisibles, el latido sordo de la tierra.

Recordó a su esposa. Dos años atrás, el divorcio había sido tan silencioso como todo lo demás. Ella no gritó. No lloró. Simplemente dejó de mirarlo a los ojos. El fracaso matrimonial como una mancha que se lleva en la nuca: visible para todos menos para uno mismo.

Al llegar a una cueva de hielo natural, el aire se transformó de inmediato. Un frío puro, intacto, brotaba desde la penumbra, idéntico al de las cenas familiares medidas al milímetro, al de las salas de juntas sin ventanas, al de los ascensores repletos donde nadie se atrevía a sostener una mirada. Kaito entendió que había llegado. Abrió la mochila y rozó la cuerda.

—Hola de nuevo —dijo alguien a su espalda.

Sato apareció al otro lado de la loma, con la naturalidad de quien se cruza dos veces en el mismo sendero sin haberlo planeado. Se detuvo un momento para enderezar una estaca caída y apartar unas ramas que invadían el camino, cumpliendo su labor con movimientos precisos, casi invisibles.

Kaito señaló la boca de la cueva y comentó algo sobre el aire distinto, sobre cómo el frío parecía salir de las entrañas de la montaña, intentando dar a su presencia allí un motivo inofensivo.

Sato siguió la dirección de su mirada.

—El hielo de aquí abajo no se derrite ni en agosto —dijo Sato, ajustándose el cinturón donde colgaba una cantimplora vieja—. Se mantiene sólido porque la lava lo aísla del mundo exterior.

Sato miró la cueva como quien observa a un viejo conocido.

—A veces pensamos que estar aislados es malo. Pero este hielo está protegido. No tiene que derretirse para complacer al sol. Se queda ahí, siendo lo que es, fiel a su propia temperatura. Lo que el mundo llama frío, para el hielo es solo su naturaleza.

Le dio unas palmaditas al tronco de un árbol cercano, como quien saluda a un perro, y se alejó con pasos cortos y seguros.

La tarde empezó a inclinarse.

El cansancio volvió torpes las piernas de Kaito. El bosque parecía más hostil ahora: raíces elevadas como costillas de un gigante enterrado, piedras cubiertas de musgo traicionero. El tiempo pesaba en los hombros. El sol, al descender, encendía destellos dorados en lugares inesperados, como si el bosque respirara con más fuerza antes de dormir.

Tras desviarse por una vereda casi borrada, apenas una insinuación entre helechos y raíces, llegó a un claro en donde un enorme pino se doblaba en un ángulo imposible.

El árbol se inclinaba hacia el suelo en una curva agónica antes de volver a alzarse, como si hubiera cedido una vez y aprendido después a sostenerse de otro modo. Era una aberración hermosa, un cuerpo que había negociado con la gravedad en lugar de desafiarla. Kaito se arrodilló sin saber por qué. El día entero parecía haberlo conducido hasta allí, a ese punto exacto donde el bosque respiraba distinto.

El crujido de unos pasos lo hizo volver el rostro. Sato apareció entre los troncos, con el termo en la mano, y se detuvo al verlo. Sonrió, sorprendido, casi complacido, y se sentó en una piedra plana antes de beber un sorbo de té.

—Este es mi lugar favorito —dijo entonces—. Lo llaman el “árbol cobarde” porque no crece recto. Pero yo creo que es el más inteligente.

Señaló las ramas bajas.

—En este bosque, la tierra nunca ha sido del todo firme.
Los árboles que insistieron en mantenerse rectos terminaron por partirse cuando el suelo decidió moverse. Este ya estaba inclinado. Cuando la tierra tembló —como siempre lo hace, tarde o temprano—, él simplemente se dejó mecer. Sobrevivió porque había aprendido a ceder antes de que se lo exigieran.

Hizo una pausa y señaló los brotes verdes.

—Y mire: sigue dando vida. No necesita ser recto para ser un árbol.

Sato cerró el termo con un clac seco y miró a Kaito directamente a los ojos.

—El camino al estacionamiento es más fácil hacia el oeste. El sol ya hizo su trabajo por hoy. Vaya a descansar.

El anciano desapareció entre la bruma que comenzaba a levantarse del suelo.

Kaito descendió hacia la salida cuando el cielo se teñía de ámbar. Al llegar a la pequeña oficina forestal, le pareció prudente avisar que aún quedaba un guardabosques arriba; alguien debía saberlo, pero no alcanzó a decir nada. En el tablón de anuncios, entre normas de prevención de incendios y mapas descoloridos por el tiempo, una fotografía con un lazo negro detuvo su atención.

Era Sato.

La inscripción decía: “En memoria de Sato-san, guardabosques ejemplar. 1958–2021. Gracias por cuidar de los perdidos”.

Kaito retrocedió un paso. El pensamiento que traía preparado se deshizo sin ruido. Volvió sobre sus pasos como quien nota un umbral equivocado, caminó hasta el auto y se sentó sin encender el motor. Permaneció ahí, con la mirada fija en nada, tratando de recomponer la secuencia: la grieta, la cueva, el árbol torcido y el gesto final. La dimensión de lo ocurrido cayó sobre él de golpe, pesada, inevitable, como si un fragmento del cielo se hubiera desprendido y lo aplastara en silencio.

En la pequeña burbuja del interior del auto, la magnitud de lo ocurrido lo golpeó de lleno. El tatemae se pulverizó. El llanto empezó como un temblor en las manos y terminó en un grito sordo contra el volante. Lloró por el niño que nunca fue suficiente, por el empleado descartable, por el hijo que cargó con la vergüenza ajena.

El parabrisas se empañó, aislándolo del mundo. Pero, en medio del temblor, una frase se asentó como una raíz firme:

No necesitas ser recto para ser un árbol.

Kaito encendió el motor. No para volver —ya no había adónde—, sino para seguir avanzando con esa pesadez que queda después de llorar cuando uno ha llorado de verdad. Sentía el cuerpo blando, la voluntad astillada, y aun así algo mínimo persistía: una brasa que no se atrevía a llamarse esperanza, sino simplemente existencia. Se preguntó si, quizás, había sido demasiado duro consigo mismo, golpeándose por no haber sabido mantenerse recto en un mundo diseñado para quebrarlo. Miró por el retrovisor la silueta impenetrable del bosque, donde el pino inclinado seguía librando su propia batalla invisible, y comprendió la lección: vivir consistía precisamente en eso, en aceptar la torcedura, en no exigirse más dureza cuando lo único que quedaba era la sublime decisión de persistir.

Fin.

Texto agregado el 03-02-2026, y leído por 0 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
03-02-2026 3.- Y el fondo de este cuento tan emotivo va acompañado de una prosa impecable y poética: el aire como tejido de bruma, el musgo que repta sobre la piedra, el hierro en lo profundo capaz de extraviar a las brújulas, el asfalto con la memoria reciente del frío, el Fuji cual idea abstracta de perfección... Gatocteles
03-02-2026 2.- La cueva de hielo no se limita a evocar a la sociedad que rodea a Kaito, sino que revela al hielo acorde con su propia naturaleza. Luego está el árbol contrahecho y aferrado a la vida ante el que se arrodilla Kaito, en cuyo interior al fin se dio la absolución, como ocurrió en los Miserables cuando Jean Valjean se quebró al llorar. Gatocteles
03-02-2026 1.- Para decirlo pronto: el cuento resplandece por su belleza formal y su integridad ética./Kaito se encuentra en el límite, quebrado por el desprecio de su padre, de su jefe, de su esposa, de su propia conciencia. Acude al bosque para acabar de una vez y encuentra la compasión en la voz del anciano Sato y en la presencia humilde de los hongos conformes con su naturaleza. Gatocteles
 
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