El señor Arthuro Mendizabal y la galería de arte.
La galería estaba a punto de cerrar, iban a dar las dieciocho horas, pero un visitante asiduo, aún no se había retirado.
El encargado no se preocupaba, conocía muy bien al señor Arthur, sabía que, para él, la galería era como su segunda casa, pasaba horas contemplando aquellos cuadros y cada vez que lo hacía, les encontraba algo diferente en lo que prestar atención.
El señor Arthur era un hombre de unos setenta y cinco años, en la galería era muy apreciado, se notaba que sabía que aquellos cuadros eran casi reliquias de un pasado en los que fueran plasmadas una época, en una ciudad, en un país desconocido para él, pero que siempre había admirado.
Inglaterra en la época Victoriana! A él le hubiera gustado vivir en aquella época, no sabía el motivo, pero desde niño quiso visitar ese país, pero la vida no siempre es lo que deseamos y por distintas razones nunca pudo conocer ni visitar Inglaterra, por eso la galería le mostraba en los cuadros pintados más de doscientos años atrás tal cual era la vida en un lugar tan lejano, para él.
A las dieciocho horas en punto el señor Arthur se retiraba saludando al portero con amabilidad.
Pero, antes de irse, dicho portero le comentó que al día siguiente iban a traer nuevos cuadros para exponerlos y que estaba seguro que a él le iban a agradar, esos cuadros fueron donados por una señora que los dejó en su testamento para la galería, los había conservado ya que estuvieron en la familia por muchísimos años y de dicha familia sólo quedaba ella, por tal motivo los donaba.
El señor Arthur sintió que sus ojos brillaban por la emoción de verlos y dándole las gracias a Juan, el portero se despidió nuevamente.
Al día siguiente estaba en la galería apenas abrieran la misma y lo que vio lo llevó a sentarse frente a uno de los cuadros y contemplarlo como si fuera un tesoro.
Era un cuadro no muy grande, a primera vista parecía un tanto oscuro, pero observándolo con detenimiento se notaba algo muy especial.
En el cuadro se veía una callecita empedrada, casas grises con fachadas de piedra muy al estilo victoriano árboles cuyo verdor de sus hojas contrastaban con el gris del resto y daban vida a la pintura. Al frente del cuadro, un ventanal donde a través de él, un hombre mayor observaba con ojos lánguidos todo, como si admirara lo que veía.
El señor Arthur no podía dejar de mirar aquella belleza pensando que jamás había visto un cuadro tan vivo a pesar de sus colores, como aquel, miraba cada detalle, las casas, la calle, los árboles y sobre todo el ventanal que le daba luz a través de sus vidrios y al hombre, aquel hombre al que se le notaban los años en las arrugas de sus manos y en la parte de su rostro que había sido pintada de tal manera que parecía demasiado real. Sabía que esa era una obra de arte y que su valor sería incalculable, había estudiado arte en su juventud y sabía reconocer algo valioso en cuanto lo viera detenidamente.
Por varios días, el señor Arthur volvía a la galería a contemplar el hermoso cuadro, pero no fue sino al cuarto día que notó algo que antes no había visto, sus ojos ya no eran los de antes, la firma del pintor llevaba dos iniciales que por el tiempo apenas se distinguían, además eran muy pequeñas, por eso se acercó al encargado de la galería para ver si le podía conseguir una lupa, deseaba saber cuáles eran aquellas iniciales. Cuando tuvo la lupa pudo distinguir dos letras en mayúscula… A.M.
Aquello lo impactó, recordó que eran también sus iniciales y esto lo hizo sonreír.
Ese día miró con más detenimiento el cuadro y lo que vio fue un anillo en la mano del anciano…
Corrió a su casa donde nadie lo esperaba y sacó de entre unas cajas, un anillo y volvió a la galería.
Ya con el anillo que había pertenecido a su tatarabuelo, lo comparó con el del cuadro y de ahí en más la decisión ya estaba hecha, en pocos días el señor Arthur viajaba a Inglaterra sin saber con qué se encontraría, pero quizá lo hiciera… Con su pasado.
Omenia
27/1/2026
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