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Más allá de un rostro

En la gran ciudad de Lima, donde cada amanecer mezcla el clamor del tránsito con la fe silenciosa de quienes aún sueñan, vivía Aurora. Su nombre parecía una promesa cumplida: la naturaleza la había dotado de una belleza que detenía miradas y despertaba suspiros. Sus ojos verdes guardaban la profundidad de un bosque antiguo; su cabello castaño caía con la docilidad de una cascada; su piel clara reflejaba la luz como si el día hubiera decidido habitar en ella.
Aurora lo sabía. Y, sin darse cuenta, había aprendido a mirarse más con los ojos del mundo que con los del alma.

Brillante en los estudios y con el firme deseo de convertirse en actriz, avanzaba por la vida con la seguridad de quien cree que el futuro se le debe. No era arrogancia cruel, sino una confianza mal educada: había confundido el valor con la apariencia, la identidad con el espejo.
A su alrededor orbitaban afectos sinceros. Natalia y María, amigas leales; Javier, su primer amor, aquel que le enseñó a soñar de la mano. Y, en silencio, Pablo: el mejor amigo de Javier, testigo discreto de su felicidad, guardián de un amor que nunca exigió ser visto.
La noche que lo cambió todo llegó sin advertencias. En vísperas de un examen, la ciudad se quedó en tinieblas, Aurora encendió una vela para seguir estudiando. Cansada, cerró los ojos antes de tiempo y se quedó profundamente dormida. La llama, viva e indomable, cayó sobre los cuadernos, sobre la cama, sobre los sueños. El fuego fue avanzando con una furia que no distingue promesas.
Los vecinos comenzaron a ayudar a apagar el fuego. Pablo, que vivía a pocas cuadras de la casa de Aurora, corrió desesperadamente y, sin pensarlo, ingresó ante el peligro inminente.

Aurora sobrevivió, pero sobrevivir no siempre significa salir ileso.
Despertó entre paredes blancas y silencios incómodos. El rostro vendado fue la primera señal de la pérdida. Paso mucho tiempo cuando las vendas cayeron, también cayó la imagen que había sostenido su mundo. Las cicatrices trazaban mapas de dolor sobre su piel. Y entonces lloró. No solo por el ardor físico, sino por el miedo profundo de dejar de ser amada, admirada, elegida.
Javier no supo quedarse. Al principio fueron excusas, luego distancias, finalmente ausencia. No hubo crueldad abierta, solo ese abandono silencioso que duele más que una herida. Porque hay amores que solo saben amar lo intacto.
El regreso al colegio fue una prueba de fuego distinta. Miradas que juzgaban, murmullos que pesaban, espejos que acusaban. Aurora comenzó a esconderse, a encogerse, a dudar de su derecho a existir plenamente.
Y entonces, Pablo.
Pablo no llegó como salvador, sino como presencia. No habló de cicatrices, habló de libros. No la miró con pena, sino con respeto. Caminó a su lado sin prisa, como quien sabe que sanar es un acto lento y sagrado. Le recordó, día a día, que su risa seguía siendo música, que su voz aún podía conmover, que la belleza no huye cuando la piel cambia.
Al principio, Aurora rechazó ese afecto. Pensó que era compasión, una deuda moral. Pero el tiempo —sabio y paciente— le mostró la verdad: Pablo no amaba lo que ella había sido, sino lo que era. Donde ella veía ruinas, él veía coraje. Donde el mundo señalaba imperfección, él encontraba historia.
Y Aurora, por primera vez, comenzó a mirarse sin miedo.
Volvió a soñar. Volvió a actuar. Los rechazos llegaron, sí. Puertas cerradas, silencios incómodos. Pero su mirada ya no buscaba aprobación, sino verdad. Y esa verdad, una tarde cualquiera, fue reconocida por una directora de cine que no buscaba rostros perfectos, sino almas capaces de contar historias reales.
Aurora fue elegida. No pese a sus cicatrices, sino gracias a ellas.
Su carrera floreció. Su rostro —marcado, honesto, vivo— conmovió a miles de personas. Se convirtió en símbolo de resiliencia, de belleza transformada, de esperanza posible. Y mientras su nombre brillaba en los créditos, su corazón descansaba en el lugar más seguro: junto a Pablo.
Se amaron sin máscaras. Se eligieron sin condiciones. Construyeron un hogar donde la risa no necesitaba perfección y el amor era el único espejo necesario.
Javier, desde lejos, comprendió tarde la lección que la vida enseñó sin piedad: que la belleza que no resiste el dolor nunca fue verdadera.
Aurora, en cambio, aprendió lo esencial:

Que el fuego puede destruir un rostro, pero jamás la luz de un alma valiente.
Porque hay personas que, como el amanecer, no desaparecen tras la noche,
sino que regresan más radiantes.
FIN

Texto agregado el 06-02-2026, y leído por 27 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
07-02-2026 Que triste es que el mundo se privilegie a las persona por su belleza. Y la belleza verdadera no es la que hace a una persona diferente,agradable y confiable. Esa persona a la cual te puedes acercar sin elegir su rostro,la que puede hacer que necesites su compañía ,porque tiene el alma bella y en sus ojos se refleja . Saludos Victoria 6236013
07-02-2026 La vida cambia constantemente en todo sentido, la belleza no es eterna, por lo menos no la física, pero sí, la belleza del alma y esa deberíamos mirar, aunque no siempre se haga. Saludos. ome
07-02-2026 Yo siempre digo que el secreto de ser un buen escritor esta en el decir. Y vos contestes esta historia con la magia de tus palabras que hace que esta historia sea conmovedora. tete
 
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