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Inicio / Cuenteros Locales / papagayo_desplumao / Piratas y pokemones (final)

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La luz cegadora del techo, un dolor de agujas atravesándome el cráneo, el cuerpo desnudo de Pablo a mi lado, ceniceros volcados, lámparas rotas, las secuelas de un huracán. Busqué el móvil y me quedé sin aire al descubrir que la actuación empezaba en una hora.

Joel estaba tumbado sobre su cama con el labio partido y la cara llena de magulladuras. Me parecía que tenía un diente menos que la noche anterior, pero no podía asegurarlo. A pesar de su lamentable estado, se encontraba de un humor chistoso. Nuestras prisas le parecían de lo más divertidas. Quizás aún estaba a tiempo para desayunar en el Bar Bodegón, pero al pasar por delante lo encontramos cerrado. Qué extraño. Había un coche de policía aparcado frente la puerta. ¿Dónde podía tomarme un café?

Los niños esperaban frente al Cine Amor como hormigas dirigiéndose al hormiguero. El jefe de departamento apareció ante mí envuelto en una nube de belleza y feromonas. Al saludarle oí mi voz dos octavas por encima de lo normal.

—Si quieres quedamos después —me dijo Óscar.

—Jajaja, no puedo, me voy a Valencia —le contesté.

—¿Que vaya a Valencia a verte?

—¡Vaya descaro! —Todo me parecía supergracioso—. Claro que sí y nos comemos una paella.

Estaba fuera de control: borracha y bajo los efectos del ácido. No podía subirme al escenario en este estado.

Óscar cogió de los hombros y me dijo:

—Break a leg.

—No digas eso —le contesté—, porque cada vez que lo dicen pasa algo terrible, alguien se rompe una pierna o se muere, jajaja.

Para ya de intentar ser graciosa, que no lo estás siendo. Me quedé helada al ver que Pablo había estado a mi lado durante toda la conversación. Anoche me lo tiré y ahora tonteaba con un tío delante de sus narices. Entré en el cine con la cabeza gacha para no mirarlo.

Desde lo alto del escenario, veía las cabecitas de los niños en las filas de asientos, tan bonitos, tan sonrientes, tan ilusionados por lo que iban a presenciar. Me cegó un foco. Al pestañear vi que los niños tenían caritas de pokemones; una platea de pequeños pokemones; si vomitara salpicaría a los de la primera fila; traumatizaría sus pequeñas vidas de pokemones. Adoraba a aquellos seres. No podía fallarles. Ahora tenía que salir Joel. ¿Pero saldría? ¿Y en qué estado saldría? ¿Se habría limpiado la sangre? Los pokemones de la primera fila eran muy pequeñitos, nenes de primaria, qué monos.

Sentí una presencia en el escenario. Era el Capitan Cook con su grandiosa pluma sobre el sombrero de ala ancha, su casaca de colores, el labio partido y el ojo morado. Estaba espectacular. Se movía por el escenario, inventándose un monólogo delirante. De un puntapié me hizo rodar por el escenario. El público se partía de risa con nuestras ocurrencias. El profesor me miraba con una sonrisa de aprobación, sentado entre sus alumnos, el profe que iba a venir a Valencia a comerse una paella (y quizás algo más) y yo me quedaba embobaba mirándolo.

Joel tenía que sacar a un voluntario, para llevárselo detrás de la escenografía y vestirlo de pirata, En lugar de eso, desapareció del biombo, para salir de nuevo a escena agitando un abanico. Esto era nuevo. El Capitán Cook deambulaba de un lado a otro abanicándose amaneradamente, mientras improvisaba un monólogo. Al terminar se plantó en el proscenio e hizo una profunda reverencia seguida de unos pases de abanico.

—¡Maricón! —dijo alguien desde el público.

Vislumbré la misma oscuridad centelleante que había visto en sus ojos la noche anterior.

—What did you just say?

—Maricón —repitió un niño desde la tercera fila.

El teatro se quedó en silencio. Por un instante, vi a Joel descolocado, como si no pudiera creerse que aquel niñito le hubiera insultado por segunda vez. Vi a un desgraciado al que le había fallado todo en la vida, al hombre dolido que se escondía detrás del pirata y debo reconocer que me dio más miedo aún sin el personaje. Tan solo fue un instante, enseguida se recompuso y volvió a ser el pirata, ahora en su versión más terrorífica.

—Alrighty —dijo—, me thinks we have a volunteer.

Me dirigió una mirada siniestra, como si quisiera hacerme cómplice de su venganza. Me acordé entonces del coche de policía que habíamos visto delante del bar. Algo había pasado para que no abrieran aquella mañana. Después me vino a la mente la imagen de la mujer saliendo despavorida de la pensión y comprendí de dónde venía. Inmediatamente después, como un vómito, volvió la descarga de pánico que me atravesó cuando vi a Joel con aquella niña con síndrome de Down, el terror de dejarla con él, un miedo tan intenso que me hizo saltarme el guion e ir corriendo hacia ella para ser yo y no Joel quien la llevara tras la escenografía. Y ahora volvía a pasar.

El niño subió al escenario pavoneándose; el típico malcriado que nunca había sufrido las consecuencias de sus actos. No es buena idea subir con esa actitud, me dije. Joel desenvainó el filo oxidado, agarró al chaval del pelo y le acercó la punta de la espada. Algunos niños se reían, otros se quedaron mudos. Justo en ese momento empezó a sonar «Sailors of the 7 seas» a un volumen atronador. Los niños se pusieron a hacer palmas. Joel y el chaval ya no estaban. Debían de estar detrás de la escenografía. Me puse a bailar sintiendo que no debería estar allí drlante. ¿Por qué estaba tan alta la música? ¿Eso que se oía de fondo eran gritos? Me entregué a la coreografía para convencerme de que no pasaba nada. Joel tenía que salir con el voluntario al final de la canción, pero cuando se paró la música no salió nadie. Tras un breve silencio la canción volvió a empezar, aún más fuerte que antes. Pablo estaba en el lateral del escenario con la mirada clavada en la mesa de sonido. ¿Por qué ponía la canción a un volumen ensordecedor? ¿Estaba boicoteándome por lo que había visto con Óscar? El profesor de inglés seguía haviendo palmas con una sonrisa. Comencé de nuevo la coreografía, inventándome pasos nuevos, para que no pareciera lo mismo. Nadie salía de detrás de la escenografía. El profesor me miraba expectante y yo me preguntaba cuánto podía aguantar antes de que empezaran a preguntarse por el crío. No era normal que siguieran allí detrás, pero no podía interrumpir la obra, porque a lo mejor me estaba volviendo loca, aunque en el fondo sabía que ya era demasiado tarde, que era absurdo que siguiera bailando, porque ya nada tenía sentido, porque un abismo insondable lo estaba absorbiendo todo. Nada de lo que hiciera podía cambiar las cosas. Tras el biombo se escondía el horror, una carnicería aún oculta a los ojos del público.

Mientras yo me desgañitaba en el escenario, Joel le rebanaba el cuello a aquel niño; mientras yo me esforzaba para que no nos dieran una mala reseña, Joel le atravesaba el estómago con su espada; mientras yo le hacía ojillos al profesor, un niño se desangraba y la sangre empezaba a deslizarse por debajo del biombo, bajaba por la pendiente del escenario y me estaba manchando los zapatos, aquellos preciosos zapatos de pirata que habían recorrido los siete mares, y pronto llegaría hasta el borde del escenario y caería a la platea como una cascada carmesí, salpicando a los niños, traumatizando a los niños, inundando cada rincón de la sala, como un mar de sangre destruyendo un navío, como un mar embravecido en el que flotan pequeños pokemones, que poco a poco se hunden en la inmensidad del océano.

Y yo seguía bailando, aunque sabía que nada de lo que hacía tenía sentido. Y no podía dejar de pensar que no era justo, porque yo quería que Óscar se viniera a Valencia a comer una paellita en la playa, yo quería vivir mil aventuras más, de verdad creía que la vida pirata podía durar para siempre, porque nunca había sido tan feliz como en aquella época maravillosa que, en aquel momento, llegaba a su fin.

Texto agregado el 09-02-2026, y leído por 0 visitantes. (0 votos)


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