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El relato que me dispongo a historiar no me fue regalado, como se ofrecen las buenas historias. Lo hurté, abolí las convenciones; fue fruto de la intromisión casual, en una conversación a la que no fui invitado. El interés en lo ajeno es un impulso que confraterniza bien con la naturaleza humana; la hace además, más gregaria. El hecho ocurrió en un viejo bodegón de la calle Vilamarí, vestido de madera y con olor a barrica húmeda y a mosto.
No es mi intención reproducir exactamente lo que los ínclitos personajes se narraron, pero pondré todo mi empeño, si la memoria es generosa, en ser aliado fiel al relato.
Lo primero que me llamó la atención cuando me senté en la mesa contigua a la suya, fue su vivacidad, su lucidez, sus maneras dóciles y la pasión con la que contaban los días, siendo, eso es lo que calculé, los dos prácticamente nonagenarios.
Y es que, en la pared en la que estaba pegada su mesa de madera carcomida y pegajosa, había un almanaque de grandes dimensiones en el que, con los dedos índices, iban señalando los días.
Procedían a continuación a corroborar el conteo con los dedos de las manos, mientras se miraban y asentían. Uno de ellos, de elegancia decimonónica y aire delicado y frágil, rompió el silencio, y con ello la liturgia en la que estaban inmersos.
- 23… 24… ¡25 días exactamente han transcurrido! ¡Ni más ni menos!
- ¿25?... ¿Tú crees?... vuelve a contar – insistió su compañero, de aspecto más desaliñado, completamente calvo, con unas inmensas gafas y una enorme nariz aguileña.
Y volvieron a contar por enésima vez, con una pasión fresca y desnuda, casi infantil.
- A ver…si murió el día 3 y hoy es 28…, ¡sí, son exactamente 25 días!
- ¡Irrefutable! – sentenció el del inmenso naso - ¿y eso te ocurre desde el mismo día que murió María?
- Sí, desde esa misma noche- respondió el protagonista del misterio.
- El tema es, a todas luces, apasionante e inquietante… ¡sin duda, extremadamente inquietante!
Mi curiosidad iba en aumento, así que fui acercando paulatinamente mi silla a su mesa, centímetro a centímetro, convencido como estaba de que, debido a la edad, sus sentidos neblinosos no notarían mi gesto.
Pretendí distraer mi interés con el periódico que se encontraba en mi mesa, fingiendo leer las tediosas páginas de economía, pero mi completa atención se encontraba absorta en la conversación de mis venerables vecinos de cantina. Un almanaque, una muerta, y un suceso inquietante, los ingredientes precisos para un gran relato; me sentí la envidia de Poe y Maupassant.
- Todavía no encuentro ninguna explicación lógica - dijo el protagonista del misterio mientras apoyaba la barbilla sobre las manos entrelazadas -. Si tú eres capaz de alumbrar mi oscuridad, acercando aunque sea un candil, te lo agradeceré…
- Vuelve a contarme todo con detalle - inquirió su compañero -, a ver si soy capaz de entender.
En ese momento, recliné la espalda todo lo que pude para escuchar mejor; la silla de madera en la que estaba sentado se quejó del esfuerzo con un chirrido de madera vieja, pero aguantó el embiste con estoicidad.
El protagonista del suceso prosiguió su relato.
- Tenemos el tema de las cortinas… ¡pero también tenemos el tema de las flores! A mí ya me conoces…, todas las supercherías y majaderías extrasensoriales y paranormales me parecen espejismos para crédulos e imprudentes.
Pero lo que me está pasando no tiene lógica alguna. Sé que el positivismo nos enseñó que el conocimiento de la realidad se nos transmite por la experiencia sensorial; lo que veo es real y tangible… ¡pero es a todas luces inexplicable! A mí ya me conoces - repitió, con esa forma tan característica de la senectud de repetir una y otra vez lo contado -, no creo en tonterías del más allá pero… ¿cómo explicar lo que me está sucediendo?
- ¿Puedes ir al grano y dejarte de digresiones? - lo cortó bruscamente su compañero.
Y eso hizo. Explicó cómo cada noche, con su mujer, tenían la sempiterna discusión sobre las cortinas. Él quería dormir con las cortinas cerradas, y ella con las cortinas abiertas; así son las discusiones conyugales, fruto de las ajadas relaciones humanas que el tiempo y la convivencia moldean a su arbitrio. Al final ella siempre terminaba cediendo; suelen ser los espíritus más elevados los que se visten de derrota para ceder paso a la armonía.
Resulta que desde el primer día que nuestro narrador dormía solo, corría las cortinas antes de ir a dormir, pero… ¡las encontraba completamente abiertas a la mañana siguiente cuando despertaba! ¡25 eran los días que llevaba el misterio ocurriendo! Vivía solo, y tenía la costumbre de cerrar la habitación con llave antes de acostarse, así que… ¿cómo podía razonarse el misterio? No había explicación posible.
- Y lo de las plantas es, si cabe, más misterioso todavía – siguió narrando el viudo -. María tenía una predilección casi mística por tres tipos de flores: las begonias, que tenía en el alféizar; las ponsetias, junto a la ventana, y las dalias, que tenía colgadas en la pared. Las tres son flores que necesitan atención casi diaria; sin abundante agua, se marchitan y mueren, es un principio que todo amante de la botánica conoce. María, con ternura y delicadeza las regaba a diario; desde que extraño su presencia, no las he regado ni un día. Y ahí siguen, más hermosas que nunca, no han perdido un ápice de su esplendor desde el último día que ella las regó; es como si recelosas y expectantes aguantaran la respiración.
- ¿Y por qué no las riegas? – preguntó el de la probóscide descomunal.
- Porque siento que hacerlo sería alimentar mi nostalgia. El regarlas sería como ocupar su lugar, llenar su vacío…, en fin, traicionar su memoria – dijo mientras bajaba la cabeza y cerraba los ojos como abstraído por el dolor.
- Ciertamente, nunca había escuchado nada igual, pero… ¿desde cuándo dices que te pasa? – preguntó sorprendido su compañero.
- ¿El qué? - preguntó el viudo.
- Lo de las cortinas y las flores – respondió el narigón.
- Vamos a ver…
De manera casi sincronizada los dos viejecitos se giraron hacia la pared, y bisbiseando para sus adentros, empezaron a señalar con los dedos índices el almanaque que tenían pegado a su mesa y a contar de nuevo los días.



Texto agregado el 09-02-2026, y leído por 0 visitantes. (0 votos)


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