Era un niño completamente normal.
Nació en una familia normal, en una ciudad corriente, de esas donde todos los días se parecen entre sí y la vida pasa sin grandes sobresaltos. Creció sano, tranquilo, observador. Tardó en hablar, como les ocurre a muchos niños, y hasta los tres años apenas dijo palabra. Sus padres no se preocuparon demasiado; el pediatra insistía en que cada niño tiene su ritmo.
Pero cuando por fin habló, lo hizo de golpe, con frases claras, como si llevara mucho tiempo guardándolas.
Una noche, mientras su madre lo acostaba, abrió los ojos de repente y dijo:
—He vuelto a tener el sueño.
—¿Qué sueño, cariño?
El niño tardó unos segundos en contestar. Sus manos apretaban las sábanas con fuerza.
—El del hombre… el que me dispara.
Desde entonces lo repitió muchas veces. Siempre el mismo sueño. Siempre el mismo final. Un callejón oscuro, un ruido seco, un dolor fuerte en el pecho y el suelo acercándose muy deprisa.
Sus padres pensaron que era imaginación. Algo que habría visto en la televisión, una historia mal entendida. Pero lo contaba con una seguridad extraña, como si no lo estuviera inventando, como si lo recordara.
Y luego estaba lo del vecino.
En el mismo rellano vivía un hombre llamado Juan. Un tipo solitario, callado, de los que entran y salen sin mirar a nadie. Nadie sabía mucho de él. Siempre había sido así: educado, distante y poco dado a conversaciones.
La primera vez que el niño pasó delante de su puerta, ocurrió algo inesperado.
Se quedó completamente rígido. Sus ojos se llenaron de lágrimas y empezó a temblar. Se agarró con fuerza a la pierna de su madre y, señalando la puerta con el dedo, rompió a llorar.
—No… no… —repetía entre sollozos.
—¿Qué pasa, cariño? —preguntó ella, asustada.
El niño apenas podía hablar.
—Fue él… —dijo al fin—. Él me mató.
La madre se quedó helada.
—¿Quién?
El pequeño, con el dedo temblando, señalaba directamente a la puerta cerrada.
—El de ahí… en otra vida… me disparó.
A partir de entonces, cada vez que pasaban por delante de esa puerta, la escena se repetía. El niño lloraba, se encogía, se escondía. Siempre diciendo lo mismo.
Y al otro lado, Juan empezó a darse cuenta.
Una tarde, al oír el llanto, se acercó en silencio a la mirilla. Miró con curiosidad, pensando que sería una rabieta más de un crío. Pero cuando vio al niño señalando su puerta, llorando desconsoladamente, algo le recorrió el cuerpo como una corriente helada.
No conocía de nada a aquel pequeño.
Nunca lo había visto antes.
Sin embargo, sintió que el aire le faltaba por un instante.
Porque en su corazón llevaba una pena que nunca había contado a nadie.
Muchos años atrás, en tiempos de guerra, había matado a un hombre.
No fue en el frente. No fue en combate. Fue algo más sucio, más callado. Más cobarde, si se decía la verdad.
Según él, aquel hombre le había robado a la mujer que quería. Eran tiempos difíciles, donde el odio crecía fácil y la vida valía menos que un trozo de pan. Nadie preguntaba demasiado. Nadie quería saber.
Lo esperó una noche, escondido en la oscuridad de un callejón. Sabía que volvería de verla. Sabía por dónde pasaba.
Llevaba la escopeta en las manos.
Cuando el hombre apareció, no hubo palabras. Solo el ruido seco del disparo a bocajarro. El otro cayó al suelo sin tiempo siquiera de entender qué estaba pasando.
A la mañana siguiente lo encontraron desangrado.
Nadie preguntó.
Nadie sospechó.
Era otra época. Otro tiempo. Un muerto más no cambiaba nada.
Juan vivió con aquello dentro durante años. Lo enterró en su memoria. Se convenció de que había sido la guerra, la rabia, la juventud. Nunca volvió a hablar de ello. Nunca volvió a pensar demasiado.
Hasta ahora.
Desde la mirilla, miraba al niño llorar y señalar su puerta con un miedo que no podía fingirse.
Y por primera vez en décadas, sintió que aquella noche del callejón no se había quedado atrás.
Los padres estaban cada vez más preocupados.
Al principio intentaron restarle importancia, convencerse de que todo era una etapa, una mezcla de pesadillas infantiles y fantasía desbordada. Pero el tiempo pasaba y nada cambiaba. El sueño se repetía con una precisión inquietante y la reacción del niño frente a la puerta del vecino era siempre la misma, exacta, casi ritual.
Decidieron llevarlo al médico.
Le hicieron pruebas, análisis, revisiones exhaustivas. Todo salió perfecto. El niño estaba sano, fuerte, despierto, sin ningún problema neurológico ni físico. El pediatra sonrió con profesionalidad.
—Está más sano que una manzana —dijo—. No hay nada que indique que debamos preocuparnos.
No se quedaron tranquilos.
Lo llevaron al psicólogo. Luego a otro. Y a otro más. Sesiones largas, juegos, dibujos, preguntas suaves, intentos de interpretar símbolos. Todos coincidían en lo mismo: el niño no mostraba signos de trauma, ni de trastorno, ni de imaginación patológica. No mentía, no fabulaba, no parecía influenciable.
—No inventa —les dijo una psicóloga con gesto serio—. Cree firmemente lo que dice.
—¿Entonces qué es? —preguntó la madre, agotada.
La mujer dudó antes de responder.
—No lo sé.
Las noches se volvieron un suplicio. El niño se despertaba llorando, llevándose la mano al pecho, describiendo siempre el mismo momento: la oscuridad, el ruido, el impacto, el frío que llegaba después. No añadía detalles nuevos. No cambiaba nada. Como si reviviera una escena grabada.
Y durante el día, cada vez que salían de casa, la tensión crecía.
Al llegar al rellano, el niño se aferraba a ellos con una fuerza impropia de su edad. Señalaba la puerta de Juan, lloraba, suplicaba que no se acercaran. A veces gritaba su nombre sin saber de dónde lo había sacado.
—Él… él fue… —repetía entre sollozos.
La situación empezó a ser insostenible.
Los padres sabían que aquello no podía seguir así. Y, haciendo de tripas corazón, decidieron enfrentarse a lo inevitable. Llamaron a la puerta de Juan.
Cuando abrió, el hombre los miró con sorpresa contenida. Escuchó en silencio mientras le explicaban lo que ocurría, tropezando con las palabras, pidiendo perdón una y otra vez. Se disculparon por las miradas, por los llantos, por el señalamiento absurdo e injusto.
—Sabemos que no tiene sentido —dijo el padre—. Sabemos que es una locura. Pero… queríamos que lo supiera. Y pedirle disculpas.
Juan no se enfadó.
Ni siquiera pareció molesto.
Asintió despacio, con esa resignación que solo tienen quienes llevan demasiado peso encima desde hace demasiado tiempo.
—No pasa nada —dijo—. Los niños dicen cosas raras.
Pero desde entonces, cada vez que oía pasos en el rellano, Juan se acercaba a la puerta y pegaba la oreja a la madera. Escuchaba el llanto del niño, los sollozos, las palabras rotas.
Y cada vez que oía:
—Fue él…
sentía cómo algo muy antiguo, muy hondo, se removía dentro de su pecho.
Porque, aunque nunca lo hubiera confesado en voz alta, sabía que aquel niño no estaba señalando al azar. Y eso era lo que más miedo le daba.
Juan empezó a obsesionarse.
Intentaba convencerse de que todo aquello no tenía sentido. Se lo repetía una y otra vez mientras caminaba por la casa, mientras intentaba dormir, mientras fingía leer el periódico sin pasar de la misma página.
Era imposible.
Los muertos no vuelven. O van al cielo o van al infierno. Eso lo tenía claro desde niño. Así había sido siempre y así tenía que seguir siendo.
Entonces, ¿cómo podía ese crío mirarlo de aquella manera?
Pensó que tal vez alguien le hubiera contado algo. Alguna historia antigua, un rumor, un comentario perdido. Pero no quedaban testigos. Los de su quinta estaban todos muertos o demasiado enfermos como para recordar nada. Y aquella noche, en aquel callejón, nadie lo vio. Nadie preguntó. Nadie sospechó.
Era imposible que el niño se hubiera “contaminado” con algo del pasado.
Y sin embargo, cada vez que lloraba frente a su puerta, Juan sentía que lo señalaba a él y solo a él.
La curiosidad terminó por vencer al miedo.
Empezó a espiarlo.
No de una forma descarada, sino con esa cautela que da la costumbre de ocultar cosas. Observaba desde lejos, bajaba las escaleras cuando oía que salían, fingía que iba a comprar pan. Poco a poco tomó la costumbre de seguirlos a cierta distancia cuando la madre llevaba al niño al colegio.
No buscaba nada concreto. Solo quería asegurarse de que no había nadie más. Que nadie le hablaba. Que nadie le susurraba al oído historias que no debía conocer.
Pasaron los días y no vio nada extraño. El niño era, a todas luces, un niño normal. Caminaba agarrado de la mano de su madre, miraba escaparates, arrastraba los pies cuando no tenía ganas de ir a clase. Nada fuera de lo común.
Hasta aquella tarde.
Volvían del colegio. El niño se había manchado la camisa, quizá con pintura o comida. Juan los seguía a unos metros, sin levantar sospechas. La madre, siempre previsora, sacó de su bolso una muda de repuesto.
Se detuvieron en un rincón del portal. Con la habilidad de quien ha repetido ese gesto mil veces, empezó a cambiarle la camisa con movimientos rápidos y naturales.
Y entonces Juan lo vio.
Se quedó completamente inmóvil.
A la altura del corazón, en el lado izquierdo del pecho, el niño tenía una marca. No era una mancha ni un simple lunar. Era una señal irregular, oscura, como una quemazón antigua. La piel parecía ligeramente hundida, como si hubiera sanado sobre una herida profunda.
La madre ni siquiera le prestaba atención. Para ella era algo de nacimiento, un capricho de la naturaleza. Más de una vez lo había comentado con otras mujeres del barrio.
—Un antojo —decían—. Hay muchos niños que nacen con marcas raras.
Y lo daban por zanjado.
Pero para Juan aquello no era un antojo.
Era exactamente el lugar donde el disparo había entrado.
Sintió cómo la sangre se le helaba.
Porque aquel hombre, aquella noche en el callejón, también se había llevado las manos al pecho, justo ahí, justo en ese punto, antes de caer al suelo sin hacer ruido.
Juan, a pesar de sus ochenta años, conservaba una salud envidiable. Caminaba erguido, apenas necesitaba bastón y su cabeza, aunque cargada de recuerdos, seguía funcionando con una claridad que a veces le resultaba incómoda.
La obsesión por el niño crecía cada día.
Ya no podía limitarse a escuchar tras la puerta o a mirarlo de lejos. Necesitaba entender. Necesitaba encontrar una explicación que no lo volviera loco.
Una mañana decidió ir a la biblioteca del barrio. Hacía años que no pisaba aquel lugar. El silencio, el olor a papel antiguo, el leve murmullo de las páginas al pasar le resultaron extrañamente reconfortantes. Preguntó con cierta vergüenza en el mostrador y, tras dudar unos segundos, acabó en la sección de lo paranormal.
Allí encontró varios libros sobre casos de niños que aseguraban recordar otras vidas. Historias de pequeños que describían lugares donde nunca habían estado, nombres que nadie les había dicho, muertes que luego resultaban tener algún eco en la realidad.
Juan leía despacio, concentrado.
Algunos relatos hablaban de marcas de nacimiento que coincidían con heridas mortales. Otros contaban cómo los niños reconocían a personas de otro tiempo, con un miedo o un odio imposibles de fingir.
Sentado en aquella mesa, con la luz cayendo sobre las páginas amarillentas, sintió que algo se removía en su interior.
¿Y si fuera verdad?
¿Y si aquel niño hubiera sido alguien antes?
¿Y si, de alguna forma imposible, aquel crío hubiera sido Carlos?
El nombre le vino de golpe, como si lo hubiera estado esperando desde hacía años.
Carlos.
Siempre había competido con él. Desde jóvenes. En todo.
Carlos quería ser mejor que Juan, y muchas veces lo conseguía. Siempre parecía ir un paso por delante. Si Juan deseaba algo, Carlos también lo quería. Y, tarde o temprano, lo obtenía.
No había objeto, ni amigos, ni lugares que Carlos no terminara haciendo suyos. Pero lo peor fue María.
María era un trofeo codiciado por todos. Hermosa, alegre, con esa forma de mirar que parecía prometer algo. Muchos la pretendían, pero Juan estaba convencido de que, tarde o temprano, sería para él.
Había cosas que no se tocaban. Leyes no escritas entre amigos.
Carlos no respetó ninguna.
Al principio Juan intentó convencerse de que no pasaba nada. De que era una confusión. Pero el día que los vio besarse, la sangre se le subió a la cabeza de una forma que nunca había sentido antes.
Desde ese momento, algo se rompió dentro de él.
Se dijo a sí mismo que solo quería darle una lección. Asustarlo. Hacerle entender que había cruzado un límite.
Pero la rabia crecía, día tras día, alimentándose sola.
Recordaba perfectamente aquella noche.
Carlos volvía de casa de María. Canturreaba una canción por lo bajo, distraído, feliz. Aún llevaba en los labios el dulzor de aquel beso. Caminaba sin prisa, confiado, sin imaginar que alguien lo esperaba.
Desde la oscuridad del callejón salió Juan.
Carlos se quedó inmóvil, atónito.
No entendía nada.
Y entonces sonó el disparo.
Carlos se llevó las manos al pecho por puro instinto. La sorpresa en sus ojos fue mayor que el dolor. En su último suspiro vio el rostro de Juan, su mejor amigo.
Nunca pensó, ni por asomo, que acabaría muriendo así. Por una mujer. A manos de quien había crecido a su lado.
Sus ojos se volvieron vidriosos, mirando a ninguna parte, mientras exhalaba su último aliento sobre el suelo frío.
Juan cerró el libro de golpe.
Las manos le temblaban.
Porque por primera vez, después de tantos años, no recordó solo el disparo.
Recordó la mirada de Carlos en aquel último instante.
Y era exactamente la misma mirada que tenía el niño cuando señalaba su puerta.
La idea empezó a tomar forma en la cabeza de Juan como algo inevitable.
Hasta entonces se había limitado a observar, a escuchar tras la puerta, a seguirlos desde lejos con una mezcla de miedo y curiosidad. Pero ya no le bastaba. Necesitaba mirarlo de cerca. Escuchar su voz. Comprobar si en esos ojos había algo más que miedo.
Necesitaba saber si de verdad lo recordaba.
Durante varios días esperó el momento adecuado. No quería asustarlo más de lo que ya estaba. No quería que los padres sospecharan. Solo hablar. Un momento. Una palabra.
Una tarde, al volver del colegio, el niño y su madre subían las escaleras cuando Juan abrió la puerta con cuidado, como si acabara de llegar en ese mismo instante. Fingió sorpresa al verlos.
—Buenas tardes —dijo, con una voz suave que casi no reconoció como suya.
La madre respondió al saludo con cierta tensión, pero con educación. El niño, al verlo, se quedó quieto.
No lloró.
Eso fue lo primero que llamó la atención de Juan.
No se aferró a su madre ni escondió la cara. Simplemente se quedó mirándolo fijamente. Sus ojos eran grandes, oscuros, y había en ellos algo que no parecía propio de un niño.
Juan sintió un nudo en la garganta.
—Hola, campeón —dijo, intentando sonreír—. ¿Cómo te llamas?
El niño tardó unos segundos en contestar.
—Daniel.
Su voz era tranquila, muy distinta al llanto desesperado de otras veces.
—Yo soy Juan —añadió él, sin saber muy bien por qué se presentaba.
El niño siguió mirándolo. Sin miedo. Sin odio. Solo observando.
La madre, incómoda, puso una mano en el hombro del pequeño.
—Vamos, cariño.
Pero el niño no se movió.
De pronto inclinó un poco la cabeza, como si intentara recordar algo que se le escapaba.
—Tú… —dijo en voz baja.
Juan notó cómo el corazón le golpeaba en el pecho.
—¿Sí?
El niño frunció el ceño, confundido.
—Antes tenías bigote.
La madre soltó una risa nerviosa.
—Daniel, no digas tonterías.
Pero Juan no se rió.
Porque durante muchos años, en su juventud, había llevado un bigote espeso que había sido casi su seña de identidad.
Se le secó la boca.
—¿Te gustan los coches? —preguntó de repente, cambiando de tema sin saber por qué—. Tengo uno pequeño en casa, de los antiguos. De hojalata.
El niño lo miró un instante más.
Y por primera vez, sonrió apenas.
Una sonrisa breve, casi imperceptible.
—A Carlos sí le gustaban —dijo.
El silencio se hizo pesado en el rellano.
La madre no entendió nada.
Pero Juan sintió que el mundo se le caía a los pies.
Aquella noche Juan no pudo dormir.
Se sentó en la cocina, con la luz apagada, dejando que el tiempo pasara sin moverse. Las palabras del niño le retumbaban en la cabeza una y otra vez. El nombre. Ese nombre que no había pronunciado en décadas.
Carlos.
Ya no había duda.
No era una coincidencia. No era imaginación. No era un juego infantil. El niño sabía cosas que nadie podía haberle contado. Cosas que solo dos personas habían conocido… y una de ellas llevaba enterrada más de medio siglo.
Ahora lo tenía claro.
Ese niño era un peligro.
No hoy. No mañana. Pero tarde o temprano empezaría a decir más cosas. Los niños hablan. Los niños insisten. Y los padres, por muy incrédulos que sean, acaban escuchando cuando algo se repite demasiadas veces.
Atarían cabos.
Recordarían lo del sueño. La marca en el pecho. Las palabras sueltas. El miedo al pasar por su puerta. Y un día, alguien preguntaría más de la cuenta. Alguien investigaría. Alguien querría saber.
El delito había prescrito hacía años. Eso lo sabía. Nadie podría meterlo en la cárcel por algo tan antiguo.
Pero la vergüenza…
La vergüenza sería peor.
Que lo miraran como a un asesino. Que supieran lo que había hecho. Que el barrio entero lo señalara. Que el nombre de Carlos volviera a salir a la luz, ligado al suyo.
No.
Eso no podía permitirlo.
Empezó a repetírselo en silencio, como si necesitara convencerse:
Era un estorbo.
Un obstáculo inesperado que había aparecido cuando ya creía que todo estaba enterrado para siempre. La vida había seguido su curso. Había envejecido, había aprendido a convivir con el recuerdo. A callarlo. A esconderlo en un rincón donde no doliera tanto.
Y ahora aquel niño había llegado para removerlo todo.
Cerró los ojos con fuerza.
Durante unos segundos, una idea oscura cruzó por su mente con una claridad que lo asustó incluso a él mismo.
Si el niño desaparecía… todo volvería a estar en silencio.
Nadie preguntaría. Nadie sabría. Nadie sospecharía de un viejo de ochenta años.
Pero aquella idea, tan rápida como había llegado, se quedó flotando dentro de él, pesada, incómoda.
Porque por primera vez en muchos años, Juan sintió algo distinto al miedo.
Sintió que volvía a estar en aquel callejón.
Sintió la misma presión en el pecho.
La misma rabia.
Y, mezclada con ella, algo que no había sentido entonces.
Duda.
Juan consiguió quedarse a solas con el niño una tarde cualquiera, de esas en las que el silencio pesa más de lo normal. La excusa fue sencilla: un chocolate caliente, un gesto amable, casi paternal. Nadie sospecharía de un anciano que ofrece algo dulce a un crío.
Mientras removía la taza, sus manos no temblaban.
Dentro había mezclado el veneno.
Había tardado días en decidirse, semanas en convencerse de que era lo único que podía hacer. Si el niño seguía hablando, si seguía recordando, tarde o temprano alguien uniría las piezas. Y él no podía soportar la idea de que todo saliera a la luz cuando ya estaba al final de su vida.
Le acercó la taza.
—Cuidado, quema —dijo en voz baja.
El niño la sujetó con ambas manos y la miró un instante, como si escuchara algo que venía de muy lejos.
Juan contuvo la respiración.
Estaba a punto de llevársela a los labios cuando el pequeño se detuvo.
Levantó la vista lentamente y clavó sus ojos en él.
Ya no había miedo.
Había algo peor.
Reconocimiento.
—Otra vez… —murmuró el niño.
Juan sintió que el aire desaparecía de la habitación.
—¿Qué has dicho? —preguntó, casi sin voz.
El niño inclinó un poco la cabeza, igual que aquel día en el rellano.
—Otra vez el chocolate… —dijo despacio—. La última vez fue un callejón.
La taza tintineó levemente entre sus manos.
—Me dolió aquí —añadió, tocándose el pecho justo donde estaba la marca.
Juan retrocedió un paso.
—No… no sabes lo que dices…
El niño no parecía escucharle.
—Cantaba —continuó, como si hablara consigo mismo—. Venía de verla. Y tú saliste de la oscuridad.
Las piernas de Juan cedieron y tuvo que apoyarse en la mesa.
—Carlos… —susurró el niño.
El nombre cayó en la habitación como una losa.
Juan sintió que el corazón se le desbocaba.
—Carlos, perdóname… —murmuró sin darse cuenta.
Entonces ocurrió algo extraño.
El niño dejó la taza en la mesa sin beber. Muy despacio, levantó la cabeza y miró hacia un punto vacío de la habitación, como si alguien acabara de entrar.
Su expresión cambió.
Sus ojos se suavizaron.
—María… —dijo en un susurro casi inaudible.
Juan siguió su mirada.
No vio nada.
Pero sintió un frío intenso a su espalda. Un frío que no venía del aire, sino de algo que estaba allí, detrás de él, observándolo.
Quiso girarse.
No pudo.
El niño sonrió, con una dulzura que no era propia de su edad.
—Ahora sí te veo —le dijo a alguien que Juan no alcanzaba a ver.
Luego bajó la vista hacia su pecho. La marca parecía oscurecerse, como si la piel respirara bajo ella.
Cuando volvió a mirar a Juan, sus ojos ya no eran los de un niño.
Eran los mismos ojos que lo habían mirado aquella noche en el callejón.
Sin reproche.
Sin odio.
Solo con una tristeza infinita.
—Esta vez no —dijo con calma.
Juan sintió una presión en el pecho.
Primero leve.
Luego más fuerte.
Se llevó la mano al corazón, confundido.
El dolor aumentó de golpe, como un latigazo seco, profundo. El aire dejó de entrar en sus pulmones. Dio un paso atrás, luego otro, buscando apoyo en la pared.
El niño lo observaba en silencio.
Sin moverse.
Sin acercarse.
Juan cayó de rodillas.
El dolor era exactamente ahí. En el mismo punto. En el mismo lugar.
Comprendió.
Con los ojos empañados, alzó la vista por última vez.
El niño ya no estaba solo.
Detrás de él, apenas perceptible, había una figura. Joven. Inmóvil. Con una mano apoyada suavemente en el hombro del pequeño.
María.
No lo miraba.
Miraba a Juan.
Y por primera vez desde aquella noche, Juan entendió que el tiempo no había borrado nada.
El disparo no había terminado en aquel callejón.
Solo había tardado en volver.
El anciano intentó hablar. Pedir perdón. Explicar algo.
No pudo.
El dolor estalló dentro de su pecho.
Sus manos se aferraron al lugar exacto donde, muchos años atrás, otro hombre había llevado las suyas.
Cayó hacia un lado, con los ojos abiertos.
El niño observó en silencio.
La figura a su espalda le susurró algo al oído.
El pequeño asintió despacio.
Luego miró el cuerpo inmóvil de Juan y, por un instante, sus labios se curvaron en una sonrisa muy leve.
Una sonrisa que no era la de un niño.
Fin.
FINAL ALTERNATIVO
Juan logró quedarse a solas con el niño una tarde gris, cuando el silencio del edificio parecía más denso de lo habitual. Lo llamó con una excusa sencilla, casi tierna, la misma que usaría cualquier abuelo del mundo.
—¿Te gusta el chocolate caliente? —preguntó con una sonrisa cansada.
El niño asintió.
En la cocina, Juan removió la taza despacio. Sus movimientos eran tranquilos, medidos. Había preparado ese momento muchas veces en su cabeza. Dentro del chocolate, completamente disuelto, estaba el veneno. Invisible. Sin sabor. Sin rastro.
Un gesto limpio.
Un final silencioso.
Le acercó la taza.
El niño la tomó con las dos manos, agradecido, y se quedó mirándola unos segundos. Juan notó que el corazón le latía con fuerza, pero ya no había vuelta atrás.
—Bebe despacio, quema —murmuró.
El niño levantó la taza… y se detuvo.
No la llevó a los labios.
Se quedó quieto.
Luego levantó la vista y lo miró.
No había miedo.
Eso fue lo que más inquietó a Juan.
—Tú estabas enfadado —dijo el niño, en voz muy baja.
Juan sintió un frío seco en la espalda.
—¿Qué?
—Mucho —continuó el pequeño, como si recordara algo que se le escapaba entre los dedos—. No querías hacerlo… pero lo hiciste.
Juan tragó saliva.
—No sé de qué hablas, Daniel.
El niño frunció el ceño, confundido.
—Había una mujer —añadió—. Yo estaba contento. Y luego… un ruido muy fuerte.
Llevó una mano al pecho sin darse cuenta.
Juan sintió que el aire se volvía pesado.
—Pero ya no me acuerdo bien —dijo el niño de pronto.
Sus ojos volvieron a ser los de siempre. Inocentes. Claros.
—A veces sueño cosas raras… pero luego se me olvidan.
Juan lo miró fijamente.
—¿Se te olvidan? —preguntó.
El niño asintió.
—Sí. Mamá dice que son sueños. Que no son de verdad.
Hubo un silencio largo.
El niño bajó la vista hacia la taza. La acercó de nuevo a sus labios… pero volvió a detenerse.
Algo en su expresión cambió. No miedo. No reconocimiento.
Duda.
—Señor Juan… —dijo despacio.
—¿Sí?
—¿Por qué lloras?
Juan no se había dado cuenta.
Una lágrima le había caído por la mejilla.
Se la secó torpemente.
—No es nada.
El niño sonrió, con esa naturalidad limpia que solo tienen los niños pequeños.
—A veces yo también lloro sin saber por qué.
Levantó la taza otra vez.
Y esta vez sí bebió.
Un sorbo pequeño.
Juan se quedó paralizado.
El niño hizo una mueca leve.
—Está un poco amargo —dijo.
Y volvió a beber.
Un sorbo más largo.
Luego dejó la taza sobre la mesa.
—Gracias.
Se levantó con total normalidad.
—Me voy, que mamá me estará buscando.
Juan no dijo nada.
Lo vio caminar hacia la puerta.
Antes de salir, el niño se giró.
Lo miró unos segundos.
Y sonrió.
—Antes tenías bigote —dijo.
Después salió al pasillo y cerró la puerta con cuidado.
Juan se quedó solo.
La cocina parecía exactamente igual que siempre. La taza medio vacía. La cuchara aún dentro. El reloj marcando el paso del tiempo con un tic-tac constante.
Se sentó despacio.
Esperó.
Pasaron unos segundos.
Un minuto.
Dos.
Desde el rellano llegó la voz de la madre.
—¿Daniel? ¿Ya estás aquí?
—Sí, mamá.
La voz del niño sonaba normal. Tranquila.
—¿Dónde estabas?
—Con el señor Juan. Me dio chocolate.
Un silencio breve.
—¿Le has dado las gracias?
—Sí.
Se oyó el sonido de la puerta cerrándose.
Luego, nada.
Juan se quedó mirando la taza.
El chocolate aún humeaba levemente.
Esperó otro minuto.
Dos.
Tres.
No pasó nada.
Entonces, muy despacio, llevó su mano al pecho.
No por dolor.
Por algo peor.
Por la sensación de que, en ese preciso instante, el silencio al otro lado del rellano era demasiado profundo.
Y por primera vez en muchos años, no supo si lo que había hecho había terminado… o acababa de empezar.
Fin
JMMPEDRÓS
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