Cuando descubrimos que Santiago era celoso y posesivo, supimos que Camila corría un serio peligro. Aunque yo evitaba entrometerme en asuntos de pareja, me acerqué lo suficiente a Camila como para que ella sintiera la libertad de confiarse abiertamente conmigo. Nadie más se animó a acercársele tanto, tal vez por miedo a Santiago, quien por aquel entonces era capaz de cualquier represalia, tanto verbal como física. Solamente había que presenciar los gestos que hacía Santiago cuando veía a Camila divertirse con sus amigos de toda la vida, gestos que hacían retroceder hasta el más valiente.
Pobre Camila. Sus amigos nos preguntábamos por qué elegía a hombres como Santiago, hombres que la maltrataban y la hacían sufrir de esa manera. Pero no podíamos hacer nada más al respecto, aparte de cuidarla a la distancia, tenerla siempre presente en nuestras conversaciones, en nuestros pensamientos. Hubiéramos hecho cualquier cosa por el bienestar de Camila, pero solamente hasta donde ella nos permitía llegar. Cuando se peleó con su último novio, con el que precedió a Santiago, yo le dije que ella se merecía mucho más, a alguien mucho mejor. Por eso cuando se puso de novia con Santiago quise creer que esta vez iba a ser diferente, que Santiago no sería el crápula que finalmente terminó siendo. Pero Camila estaba como enceguecida y era como la mujer más sumisa que yo había conocido.
Varias veces quise tener una conversación con ella, sin embargo Camila se mostraba esquiva a hablar sobre ciertos temas, prefería concentrarse en la vida de los demás, como si la suya no tuviera la importancia que se merecía. Cuando yo quería volver sobre el tema, Camila agachaba la cabeza y ponía gestos de mal humor. No solamente yo quería advertirle que Santiago no le convenía, también su mamá le decía lo mismo, y hasta algún pariente que andaba por ahí y que conocía la situación. Pero tampoco queríamos presionar a Camila, por eso nos limitábamos a ofrecerle nuestra compañía, aunque cada vez menos teníamos esa posibilidad, porque Santiago lo acaparaba todo, haciéndose dueño poco a poco de la vida de Camila.
Cuando los veía juntos a Camila y a Santiago, era inevitable pensar en una pareja tan despareja, como a un lobo caminando al lado de un cordero. Sin embargo ella lo defendía cada vez que lo creía necesario. Conciente de eso, Santiago dejaba entrever una sonrisa de satisfacción y de victoria sobre todos los amigos de Camila. Nosotros nos quedábamos mudos ante semejante actitud. Entonces Santiago abrazaba a Camila por el hombro y la apretaba fuerte contra él, como si ella le perteneciera. Sin embargo algo en Camila se estremecía. Yo me daba cuenta perfectamente de eso, mientras reprimía toda mi bronca al ver la sonrisa burlona de Santiago.
Con el correr de los días y de los meses, cada vez veíamos menos a Camila. Cuando sus amigos nos juntábamos para salir a bailar o al cine o al teatro, siempre nos hacíamos el tiempo para hablar de Camila. La imaginábamos en el auto de Santiago, siempre rumbo hacia algún lugar elegido por Santiago, charlando de las cosas que le gustaban a Santiago y escuchando las cosas que una y otra vez le decía Santiago. Porque cuando hablábamos de Camila, todo Santiago se sobredimensionaba, adquiría los aspectos que suelen tener los grandes villanos. Sin embargo teníamos que reconocer que Camila ya estaba bastante grandecita como para hacerse cargo de su vida, de sus decisiones y de las compañías que elegía. Nosotros no podíamos hacer nada más que eso, escribirle de vez en cuando, hacerle sentir que la seguíamos queriendo mucho.
En las redes sociales de Camila veíamos cada vez más presencia de Santiago y cada vez menos la nuestra. En las fotografías ella aparecía con una sonrisa casi siempre forzada y Santiago abrazándola por el hombro, en ese gesto que a mí particularmente me hacía rechinar los dientes. Si yo hubiera sido el novio de Camila, la habría tratado mejor, hubiera sido amigo de sus amigos y los míos serían los suyos. Así de simple. Pero Camila tenía que buscarse un novio que prácticamente la secuestraba. Y eso se notaba en la manera en que Camila comenzó a vestirse y a maquillarse. Ella era tan diferente a la Camila de antes, a esa chica que le sonreía a todo el mundo. Sus amigas eran las que más cuenta se daban de ese cambio. Por eso le escribían largos mensajes que Camila apenas respondía. Después me daban la noticia de que Camila había ido al cine sola con Santiago, o a cenar sola con Santiago, quien había conseguido su propósito, llevarla de aquí para allá y al mismo tiempo arrebatárnosla, quitarnos a Camila para siempre.
Yo me preguntaba si nos habíamos pasado de la raya, si lo nuestro se había convertido en puro egoísmo. Quizás yo deseaba que Camila continuara perteneciendo a su inseparable grupo de amigos, el cual integrábamos desde hacía tanto tiempo. Quizás éramos los últimos solteros del grupo y hacíamos todo lo posible para que Camila también continuara siéndolo. Sí, tal vez hubiera un poco de egoísmo de mi parte, aunque me doliera reconocerlo, aunque Santiago también se hubiera dado cuenta de eso y se propusiera robarnos a Camila, separarla de nosotros para consumar un noviazgo que quizás era solo un capricho del momento. Bienvenido sea si era algo pasajero. Eso significaba que pronto volveríamos a tener a Camila entre nosotros, que nuevamente nos acompañaría a tomar mates los domingos a la tarde, o que regresaríamos a los boliches los sábados a la madrugada, o que iríamos a los teatros cualquier fin de semana. Otra vez Camila unida al grupo de amigos, otra vez a los inseparables.
Todo eso yo lo pensaba antes de que Camila apareciera con el ojo morado, antes de que Santiago osara levantarle la mano para lastimarla. Apenas nos enteramos, todos sus amigos corrimos a visitarla a su departamento. La encontramos llorando mientras confesaba su incomprensible vergüenza. Pero nosotros la llenamos de abrazos, de palabras de consuelo y gracias a todo eso Camila nos miraba como deseando volver a ser nuestra. Pero antes tenía que recuperarse de la terrible decepción, porque había entregado su corazón a alguien que había creído perfecto, cuando la realidad estaba lejos de eso. Le dimos el espacio y el tiempo necesario, sin descuidarla ni siquiera por un momento, porque sabíamos que Santiago intentaría tender sobre Camila una red de excusas mezcladas con arrepentimiento y pedidos de perdón, otra trampa en la que Camila podía caer fácilmente de nuevo. Por eso la cuidamos lo mejor que pudimos, la visitábamos seguido y comenzamos a escribirle todos los días.
La familia de Camila nos abrió más grande que antes la puerta de su casa. Especialmente el papá de Camila nos veía como una protección para su hija, aunque ella todavía no se animaba a salir casi a ningún lado, salvo al kiosco de la esquina o al almacén de la vuelta, siempre mirando para todos lados y acompañada, por miedo a que en cualquier momento se le apareciera Santiago. Le preguntamos a la familia si habían hecho la denuncia a la policía, a lo que respondieron que querían evitarlo. Camila aclaró que sin la denuncia las cosas estarían mejor, así el asunto no se convertiría en una bola de nieve que irritaría a Santiago, y que lograría que la situación empeorara. Además, Santiago ya se lo había advertido, "si me denunciás con la policía, entonces preparate...". Se lo dije a Camila cuando nos quedamos solos, "hacés mal en no denunciarlo", pero Camila se quedó callada y con la cabeza gacha. Después levantó la mirada y me abrazó con todas sus fuerzas mientras yo la acariciaba.
Ahora únicamente nos reuníamos en el departamento de Camila. Su ojo morado había conseguido que afloraran muchos sentimientos entre nosotros. No nos importaba quedarnos encerrados en el departamento mientras afuera hacía un día precioso, podíamos salir al balcón y con eso nos conformábamos. Camila se mostraba cada día más tranquila aunque de vez en cuando recibía llamadas telefónicas anónimas. Le aconsejamos que cambiara su número de teléfono, cosa que Camila se negó a hacer. Fue la primera vez que le dije "no es necesario que seas tan valiente". Porque ella lo era. Dejarse ver con el ojo morado, hablar siempre de lo que le había hecho Santiago, era muy valiente de su parte. Todos sus amigos pensábamos lo mismo.
Antes de despedirme de Camila, ahora sus padres me daban un fuerte abrazo. Aparte de eso, no me decían nada. Yo asentía también en silencio, agradecido de que confiaran en mi presencia. Esos gestos despertaban en mí el deseo de regresar lo más pronto posible al departamento de Camila, para pasar más tiempo a su lado, para charlar y reírnos a pesar de todo. Porque con Camila siempre nos habíamos reído juntos. Cuando yo llegaba a mi casa, era seguro que Camila me escribiera un mensaje para saber cómo me encontraba. Yo le contestaba enseguida "bien" y "nos vemos el próximo viernes", o sábado o domingo. Y antes de irme a dormir, aunque eso me hiciera sentir un poco cursi, le escribía otro mensaje deseándole que descansara bien y que soñara con los angelitos. Camila respondía "vos también", y siempre agregaba uno de sus típicos corazoncitos.
A medida que el ojo morado de Camila se fue sanando, su sonrisa fue reapareciendo. A pesar de que todavía miraba para todos lados al caminar por la calle, Camila iba recuperando el humor y hasta la carcajada. Aún nos reuníamos en su departamento, donde sus padres nos atendían de las mil maravillas. Si las cosas hubieran continuado así, entonces Camila se hubiera animado a salir de su departamento más seguido, y no solamente para ir y venir hacia su trabajo. Pero la noche en que recibió esa fotografía a través de WhatsApp, su recuperación retrocedió unos cuántos casilleros. En la fotografía aparecía ella sonriendo mientras caminaba por la calle al lado mío. Cuando Camila me reenvió esa fotografía, enseguida me acordé de aquella noche en la que la acompañé a comprar cigarrillos al kiosco de la esquina. La fotografía había llegado así, sola, sin ningún mensaje escrito.
Ni siquiera así Camila quiso ir a radicar la denuncia a la comisaria. Desestimó la amenaza diciendo que el remitente había sido tan cobarde que no se había animado a salir del anonimato. Camila incluso borró la fotografía de su teléfono aunque yo me guardé una copia por las dudas. Pero a partir de ese episodio, cada vez que salía a la calle, con más razón Camila miraba para todos lados al mismo tiempo que se aferraba fuerte de mi brazo. Y a veces, cuando hablaba, le temblaba la voz. Sin habérmelo propuesto, yo desempeñaba el papel de protector, algo así como un guardaespaldas de ocasión, por eso miraba de reojo para asegurarme de que estuviéramos a salvo. Los padres de Camila nunca se enteraron de la fotografía que le había llegado a su hija, porque Camila así lo había decidido. De otra manera quizás la hubieran empujado hasta la comisaría para denunciar a Santiago.
Aparte de mí, nadie más sabía lo de la fotografía, a nadie más Camila le había dado ese privilegio. Y eso se notaba cuando nos reuníamos en su departamento, cuando Camila me miraba de esa manera y cuando me hablaba con esa voz. Ella ya no me trataba igual que al resto de amigos. Sospeché que sus padres se habían dado cuenta de eso y que se ponían contentos. Ahora ellos también me sostenían la mirada un poco más. A pesar de todo lo que les ocultaba a sus padres y a sus amigos, Camila se animaba a sonreír todavía. De todos sus amigos, yo aún era el último en retirarse de su departamento. Y cuando llegaba a mi casa, seguía recibiendo mensajes de Camila, pero ahora nos quedábamos charlando durante más tiempo, y Camila seguía llenando mi teléfono de emoticones con sonrisas y corazones.
Camila me decía que a veces se quedaba mirando desde el balcón y que le parecía ver a Santiago de pié, esperando en la siguiente esquina. Pero cuando me hablaba de eso, Camila balbuceaba. A lo mejor el miedo le hacía ver cosas que no existían, a Santiago que no era Santiago, porque podía ser cualquiera que transitara por esa concurrida esquina capitalina. Camila se quedaba un rato en el balcón y después entraba a su habitación para bajar las persianas, para aislarse de nuevo del mundo. Era fácil imaginárselo a Santiago enviando mensajes de hostigamiento, mensajes que Camila bloquearía enseguida. Pero Santiago insistiría también por otros medios, sin animarse a tocar el timbre del departamento porque ahí vivían los padres de Camila y eso era arriesgarse demasiado. Entonces buscaría otras maneras para acercarse a Camila, quien cada vez se atrincheraba más en su departamento. La única chance que tenía Santiago era cuando Camila salía del trabajo. Pero al final de la jornada, ella se rodeaba de personas para sentirse protegida, y hasta volvía en colectivo con compañeros de trabajo para no ser sorprendida sola.
Me hubiera gustado hacer muchas cosas más por Camila, pero de lunes a viernes yo salía bastante tarde de trabajar y eso complicaba las cosas. Por lo menos me mantenía en contacto periódicamente con ella a través de los mensajes, cosa que Camila me agradecía contestándome casi al instante. Mientras tanto, nuestro grupo de amigos hacía planes para el fin de semana, planes que contemplaban la delicada situación de Camila. Porque los sábados a la noche o los domingos a la tarde íbamos a su departamento para hacerle compañía, charlar, jugar juegos de mesa o simplemente tomar mate. Ya habían pasado casi tres meses desde que Santiago le había dejado el ojo morado, y algunos amigos consideraban que ya había pasado el tiempo suficiente para que Camila vaya pensando en volver a su antiguo ritmo de vida. Por eso la invitaron a un boliche el sábado en la noche. Camila me llamó para contarme la noticia, su voz sonaba nerviosa, como si se mordiera las uñas a cada rato. Le dije que si ella aceptaba la invitación entonces podía contar también con mi presencia, si eso le servía de algo. Sentí que Camila suspiraba, pero al final me dijo que "sí, me sirve de mucho".
Yo mismo hice los preparativos para llevar y traer a Camila en automóvil hasta el boliche. Además, éramos unos cuántos varones los que íbamos a bailar, por lo que Camila estaría a salvo de cualquier contratiempo. Durante el viaje de ida Camila prácticamente no abrió la boca. Lo mismo que cuando llegamos al boliche y nos fuimos a sentar a los reservados, donde Camila no podía controlar su mirada ni el movimiento permanente de sus manos. Yo me fui a sentar a su lado para conversar con ella. Eso consiguió que Camila recuperara un poco la sonrisa y que después aceptara salir a bailar a la pista. Yo la miraba con atención, deseando que se soltara, que volviera a ser la de siempre. Pero la semioscuridad del boliche y los intermitentes juegos de luces no eran propicios para que Camila se relajara. Alrededor de ella aparecían y desaparecían rostros que la ponían nerviosa. El fantasma de Santiago seguía acechándola desde las sombras y Camila no podía contra eso.
Sin embargo, con el correr de las horas Camila comenzó a desenvolverse mejor, a ir hasta la barra para pedir tragos que después traía con una sonrisa. Hasta me invitó a bailar un popurrí de canciones ochentosas y pegadizas. Y no sé... Camila me miraba de una manera, como sosteniéndome la mirada apenas unos segundos, el tiempo suficiente para que yo me quedara con la imagen de sus hermosos ojos. De pronto comprendí que esa noche era como un quiebre, que Camila habia logrado por fin moverse, hablar y sonreír como si Santiago jamás hubiera existido, como si nunca nadie le hubiera levantado la mano para dejarle el ojo morado. Mientras Camila bailaba en medio de sus amigos, me di cuenta de que yo era el único que pensaba en todo eso.
Esa noche, cuando regresábamos en automóvil, mientras Camila y yo viajábamos sentados uno al lado del otro, sentí que ella se apoyaba contra mi cuerpo para pedirme que antes de seguir camino hacia mi casa, pasara antes por la suya, porque tenía algo importante para decirme. Yo le dije que sí, que me parecía perfecto. El resto de nuestros amigos se sorprendió de que yo me bajara del automóvil junto a Camila, pero pronto cerré la puerta para que ellos siguieran su camino. Camila sonreía y no dejó de hacerlo ni siquiera cuando nos subimos al ascensor. Cuando entramos a su departamento me pidió que tratáramos de no hacer ruido porque sus padres estaban durmiendo. Después nos sentamos en un sillón y entonces Camila me dijo que tenia algo para contarme. Yo le dije que era todo oídos, entones ella me miró fijamente y me agradeció todo lo que yo había hecho por ella, porque sin mi ayuda no podría haber superado aquella situación, y que por todo eso se estaba enamorando de mí. Apenas terminó de decirlo, nuestros labios se unieron para fundirse en un beso prolongado.
Después de eso regresé a mi casa como soñando despierto. Sin saber muy bien por qué, me quedé frente al espejo sin poder creer que Camila y yo fuéramos novios. Estaba amaneciendo y sin embargo no podía conciliar el sueño. Me pregunté si tal vez a Camila le sucedía lo mismo. Así me dormí después del mediodía, hasta que me despertó un mensaje en el teléfono. Era Camila, quien me había escrito "no querés venir a mi casa?". Entonces salté de la cama para darme una ducha rápida, ponerme mi perfume favorito y salir rumbo al departamento de Camila.
Apenas toqué timbre en su departamento, Camila me abrió como si me hubiera estado esperando al lado de la puerta. Se puso en puntas de pié y me dio un beso en los labios. Después me hizo pasar a su departamento y nos sentamos en un sillón que según Camila era el más cómodo de toda la sala. Sus padres habían salido, por eso aprovechamos para charlar y besarnos. Pero cuando sus padres regresaron con una docena de facturas en la mano, enseguida nos felicitaron por nuestro noviazgo. Especialmente su madre me dijo que siempre había tenido esperanzas de que su hija eligiera a un chico que de verdad le convenía. Después nos dejaron solos y se fueron a charlar a la cocina.
Durante aproximadamente una semana seguí como soñando despierto. A cada rato encendía la pantalla del teléfono para ver las fotos que nos habíamos sacado con Camila. Hasta que una tarde un número desconocido me envió una fotografía donde aparecíamos Camila y yo caminando abrazados por la calle. La fotografía venía acompañada por un mensaje que decía "me la robaste". A los pocos minutos me llegó otro mensaje que decía "sé dónde vivís, también dónde trabajás". Casi por acto reflejo, me asomé a la ventana que daba a la calle. Entonces vi un auto que de repente encendió el motor y arrancó a toda velocidad. La sangre se me heló y mis pasos volvieron sobre sí mismos para buscar un lugar seguro. Luego pensé en enviarle un mensaje a Camila para contarle sobre todo lo ocurrido, pero el chat de Camila estaba tan lleno de palabras hermosas y de corazones, que me dio lástima estropear todo eso solamente para preocuparla.
Ahora era mi turno de mirar para todos lados cada vez que salía de mi casa. No solamente tenía que velar por la seguridad de Camila, si no por la propia. Ajena a todo eso, Camila se la pasaba haciendo planes para salir a divertirnos el fin de semana. Yo no podía decirle que prefería quedarme encerrado en su departamento, porque hubiera levantado sospechas y todos se hubieran enterado de que yo también estaba amenazado. Por eso hice arreglos para que nunca saliéramos solos, por lo menos hasta que todo volviera a calmarse un poco. Por suerte con Camila coincidíamos en que era mejor salir a pasear durante el día, y en que la noche la dejaríamos para disfrutarla en su departamento. Después de todo, en la ciudad podían hacerse muchos planes al aire libre, como aquel parque de diversiones que habían abierto hace poco y el cual Camila quería visitar.
Fue un domingo soleado, ideal para pasear y meterse en todos los juegos. El Zamba, el laberinto de los espejos, la vuelta al mundo, el pulpo... Camila se divirtió en todos ellos. Lo mismo que nuestros amigos. Incluso yo me relajé un poco dejándome llevar por la felicidad de Camila. Pero cuando estábamos por meternos en el laberinto del terror, recibí una fotografía en mi WhatsApp donde aparecíamos Camila, yo, y todos mis amigos paseando por el parque de diversiones. Enseguida miré a mi alrededor con nerviosismo. Camila se dio cuenta y me preguntó si ocurría algo malo. Yo le respondí que era mejor regresar a casa, a lo que Camila dijo que nada más nos faltaba meternos en el laberinto del terror. Yo no estaba de acuerdo, porque adentro del laberinto todo estaría tan oscuro, ideal para que la situación se nos fuera de las manos. Pero mis amigos ya habían pagado el ticket y estaban haciendo la fila para entrar.
Cuando finalmente entramos, todo era tal cual lo había imaginado, oscuro y peligroso. La abracé a Camila y empezamos a avanzar por esos pasillos a cuyos costados habían muñecos mutilados, telarañas y actores disfrazados de fantasmas, hombres lobo... Yo tenía la piel erizada y mis ojos miraban en todas direcciones. Sin embargo mis amigos se divertían a lo grande. Hasta que alguien se paró justo detrás mío, alguien disfrazado de Conde Drácula o algo así, alguien que al principio logró asustarme porque sentí su aliento en la nuca, hasta que comprendí que se trataba simplemente de un actor, un profesional que sin embargo se me abalanzó con una cuchilla en la mano tratando de hundírmela en las carnes, yo pensé que la cuchilla era de juguete y que el actor estaba jugando conmigo, pero su máscara se cayó al suelo durante el repentino forcejeo, entonces comencé a pedir auxilio porque Camila se había largado a llorar al ver que alguien había encendido una linterna en la oscuridad, alumbrando la cara del actor, la cara de Santiago que seguía intentando hundirme la cuchilla de acero en mis costillas, hasta que mis amigos me lo sacaron de encima mientras algunas personas llamaban a la policía y también a la ambulancia, porque la sangre que me salía del costado seguía manchado los zapatos de la gente, y entre ellos los de Camila. |