Yo no siempre fui así.
Antes creía en las despedidas limpias, en los abrazos que prometen volver, en las puertas que se cierran sin ruido. Después entendí que toda despedida deja migas y que alguien tiene que barrerlas.
Yo barro.
Trabajo en la Estación Central, donde los trenes se tragan a la gente y la escupen en otra ciudad con el mismo cansancio. Mi oficio no figura en ningún contrato, pero es necesario: recojo las despedidas que la gente deja caer cuando finge valentía.
Las encuentro debajo de los asientos, en los baños, pegadas a los chicles del andén. Son pequeñas; a veces brillan, otras huelen a perfume barato y a café frío.
Las guardo en frascos.
En el frasco 12 conservo el “te llamo cuando llegue” de una mujer que nunca llamó.
En el 27, el beso apurado de un padre que salió por cigarrillos y decidió cambiar de país.
En el 31, una promesa universitaria: “cuando vuelva seremos otros”. Volvieron iguales.
Las despedidas pesan poco, pero juntas hacen ruido. Por las noches, cuando cierro la estación, los frascos vibran como si tuvieran abejas dentro. Es el eco de lo que no se dijo bien.
Nadie sabe que existo. Paso el trapeador mientras los altavoces anuncian retrasos. Me gusta pensar que soy una especie de notario del fracaso sentimental, un archivista de lo que ya no tiene arreglo.
Hasta que un día encontré la tuya.
No estaba en el suelo.
Estaba sentada en el banco, con las manos juntas, mirando el riel como si fuera a darte una respuesta. Te reconocí antes de que dijeras nada. Uno no olvida la forma en que lo miraron cuando decidieron irse.
—No vine por ti —dijiste.
Qué frase tan antigua.
El tren llegó con su rugido de animal cansado. La gente subió con esa fe absurda de creer que cambiar de paisaje cambia el corazón. Tú no te moviste.
—Me equivoqué —agregaste, como quien comenta el clima.
Pensé en mis frascos: en el 12, en el 27, en el 31. Pensé en el espacio vacío que había reservado para la despedida que me debías. Era un frasco grande. Siempre supe que la tuya ocuparía más lugar que las otras.
Pero no lloraste.
No corriste.
No pediste nada.
Te sentaste a mi lado como si el tiempo fuera una silla compartida.
El altavoz anunció la última salida.
La estación quedó casi vacía.
El tren cerró sus puertas con una paciencia cruel.
—¿Y ahora? —preguntaste.
No supe qué responder. Si te ibas, podía guardarte en vidrio y ordenarte por fecha. Si te quedabas, no tenía dónde ponerte.
Las despedidas son fáciles de archivar.
Las segundas oportunidades no.
Te miré como se mira un objeto frágil que ya se rompió una vez. Pensé en decirte que sí. Pensé en decirte que no. Pensé en cobrarte entrada por volver a mi vida.
En cambio, hice lo único que sé hacer.
Abrí el frasco vacío.
Lo puse entre nosotros.
—Siéntate —te dije—.
Y espera. |