TU COMUNIDAD DE CUENTOS EN INTERNET
Noticias Foro Mesa Azul

Inicio / Cuenteros Locales / Polinka / El cadalso

[C:624696]

EL CADALSO

La condensación es un fenómeno químico que, no por ser habitual y común en nuestras vidas, tan común que se convierte prácticamente en intrascendente, deja de ser un proceso asombroso. Es la transformación del estado de la materia, ni más ni menos. El desencadenante, es el cambio de temperatura; el vapor se convierte en líquido por la eliminación de calor. La condensación, puede producirse en la masa, donde las moléculas se enfrían y se unen entre sí para formar un líquido; o en la superficie, donde se adhieren a un objeto y se agrupan para formar, y ese es el caso que nos ocupa, agua.
Los lugares muy húmedos, en los que el sol nunca hace acto de presencia, son terreno fértil para la condensación; sí además las paredes y el techo son de piedra, al estar siempre fría, el proceso químico se acelera. Esta puntualización se hace necesaria para entender el inicio del presente relato, ya que fue la caída de una gota de agua del techo de piedra, debido a la condensación, lo que despertó a nuestro protagonista.
La gota helada cayó, con una puntería casi milimétrica, justo en la frente de Robert-François; entre los dos ojos. El contacto con la piel lo despertó de manera abrupta. Abrió los párpados. “¿Cómo demonios he podido quedarme dormido?” Su propia frialdad le sorprendió. “¿Qué ser humano es capaz de dormir en mi actual situación?
Debería estar muerto de miedo…, la ansiedad debería volverme loco… ¿Acaso olvidé lo que le hicieron a Ravaillac?”
Era evidente que, Robert-François, era un hombre fuera de lo normal, un ser extraordinario que afrontaba la adversidad con un estoicismo más allá de lo común.
Cayó otra gota helada en su frente, así que hizo un esfuerzo a desgana y movió la cabeza unos centímetros a su izquierda, la movió lo suficiente para que la próxima gota no lo tocara. En ese momento, se dio cuenta de lo incómodo que se sentía, la piedra rugosa y helada del suelo se le clavaba en la espalda cada vez que realizaba un mínimo movimiento. Además, tenía en el tobillo izquierdo un grillete atravesado por una cadena de un metro y medio atada a una argolla sujeta a la pared, lo que limitaba tremendamente sus movimientos y le causaba una supurante llaga en su ya maltrecho cuerpo, destrozado por la tortura.
“¿Cómo he podido quedarme dormido?” Esa era la pregunta que le carcomía. No sólo por lo que le esperaba, el día de sufrimiento más extremo y espantoso que un ser humano podía imaginar, y que le debería haber sumido en la mayor de las zozobras, sino también, por el lugar incómodo, oscuro, inhóspito y frío en el que se encontraba. El reino del miedo. No recordaba haber dormido en peores circunstancias en su vida, de eso podía dar buena cuenta. Ni cuando sirvió en el ejército, al que ingresó a los dieciséis años, ni cuando estuvo en el Colegio de Jesuitas de París. Se encontraba encerrado en La Consergierie, antigua residencia de los reyes de Francia hasta el siglo XIV, cuando se convirtió en prisión del Estado
Llevaba semanas en cautiverio, no podía calcular cuántas, porque la noción del tiempo se le había difuminado en la mente por culpa del aislamiento y las torturas. Ravaillac, 147 años antes, había estado diez días preso antes de su ejecución. Menos tiempo que él; conocía bien su historia. Seguramente, en un futuro, o tal vez en esos mismos momentos, la chusma ignorante debía estar comparándolos, pero él sabía que no tenían nada que ver.
De Ravaillac, se contaba que vivió en la más pura indigencia, y que tenía visiones satánicas; él mismo aseguraba que era un emisario de Dios.
Demians, por el contrario, se consideraba un hombre culto e instruido, el libro que le encontraron el día que lo detuvieron daba muestra de ello, nada menos que Prières et instructions chrétiennes, del teólogo jansenista Pasquier Quesnel.
“¿De verdad he podido quedarme dormido? ¿Qué tengo en las venas? ¿De qué humores estoy hecho?”. El dolor ajeno nunca fue una de sus máximas preocupaciones, pero ahora se daba cuenta de que, ni tan siquiera su propio dolor parecía concernirle. Fue entonces cuando empezó a recordar, de manera pormenorizada, el calvario que soportó François Ravaillac, y que seguramente, por la misma naturaleza del delito (aunque no consiguiera el objetivo final), también iba a sufrir él.
Se lo contó un amigo de su tía, cuando tenía unos doce o trece años. Jean-Baptiste, pues ese era su nombre, solía reunir a los chicos de la aldea alrededor de la chimenea, sobre todo los domingos por la noche, para contar historias. Era un maestro.
Sus veladas dominicales eran esperadas por los chicos de la aldea durante toda la semana, era uno de los pocos momentos en los que podían evadirse de las penurias en las que estaban inmersos día a día. Por eso Jean- Baptiste era tan querido. Recordaba de memoria sus palabras:
“Eran tiempos en los que los franceses se mataban entre sí por religión: por una parte los hugonotes, secta peligrosísima del heresiarca Calvino, y por otra, la verdadera fe católica– comenzó Jean-Baptiste su perorata para dotar a su historia de un cierto marco histórico, y de paso instruir a los muchachos sobre la verdadera fe -. Nació en un pueblo católico dentro de una zona fuertemente hugonote, por lo que su odio a cualquier teología reformada era visceral”.
“Su misión, casi divina (eso creía), era hablar con Enrique IV, que se había convertido del protestantismo hugonote al catolicismo, para comunicarle que el mismo Dios le había encargado la misión de convencerlo para que erradicara la herejía de Francia. Al no concederle el rey audiencia, decidió asesinarlo. Lo que consiguió de dos puñaladas el 17 de mayo de 1610. Aquí es donde, amigos míos… – bajó la voz y empezó a hacer pausas dramáticas -, empezó el auténtico calvario de monsier Ravaillac. No sabemos muy bien qué le sucedió los diez primeros días antes de su ejecución, aunque podemos imaginar que no estuvo durmiendo en sábanas de algodón… ¿verdad chicos? – era el toque de humor característico de Jean-Baptiste antes del relato escalofriante. Sus años como narrador de historias le habían enseñado ciertas pericias para captar la atención de la audiencia, las pausas dramáticas y ciertas dosis de humor -. ¿En qué estábamos?... ¡Ah sí! Todo empezó la madrugada del día de su ejecución”.
“Lo sacaron de prisión, y lo condujeron, llevando en las manos un cirio penitente, en una carreta llena de desperdicios y heces de animales hasta la Catedral de Notre Dame. El camino estaba lleno de gente que se había agolpado en las calles de París para ver el espectáculo; la turba siempre ama el calvario público ajeno y entra en una especie de frenesí báquico en estas situaciones, así que ya podemos imaginar como insultaban, escupían y lanzaban todo tipo de objetos en contra de nuestro protagonista. Si no hubieran estado presentes los guardias reales, literalmente lo hubieran descuartizado ahí mimo”.
“Cuando el condenado llegó a la Place de Grève, le sacaron la sucia y ensangrentada camisa que llevaba desde su detención, y que tenía prácticamente adherida al cuerpo, y completamente desnudo lo ataron a unas maderas cruzadas, con los brazos y las piernas separados y totalmente extendidas. El verdugo, le desató la mano derecha, con la que había sujetado el cuchillo ejecutor, y la sumergió en un recipiente de azufre fundido. Pero eso fue sólo el principio. A continuación, y mientras unos sacerdotes rezaban por su alma, con unas tenazas al rojo vivo, el verdugo, le fue desgarrando partes del cuerpo. Cuando las heridas estaban abiertas, vertieron sobre ellas una mezcla de plomo, azufre y aceite hirviendo. Imaginaos, chicos la escena; Ravaillac, sufriendo espantosos tormentos, y la plaza llena de gente sedienta de más sangre y dolor, gritando exaltada en un festín extático, una especie de liturgia del sufrimiento, una comunión en el tormento ajeno que les causaba una satisfacción infinita – esas eran, más o menos, las licencias poéticas que Jean-Baptiste se permitía en algunos de sus relatos para enfatizar el momento -. ¡Pero eso no fue todo!”.
“Como acto final, y para mayor satisfacción y goce del gentío, le ataron cada extremidad con una soga a la montura de un caballo y lo desmembraron. Cuentan que a los caballos les costó, ya que Ravaillac era un hombre robusto, pero poco a poco los tendones se fueron desgarrando y quedó completamente descuartizado”.
Esa era la historia que le había contado Jean- Baptiste cuando era adolescente, y al parecer, aunque había pasado casi un siglo y medio, la dinámica iba a ser la misma, sino peor; y es que (pensaba para sí mismo Damiens, en una de sus autorreflexiones tan comunes) “el progreso no termina con la barbarie, la perfecciona. El hombre contemporáneo cree, o tiende a creer, que está en la línea evolutiva más avanzada; se siente con superioridad intelectual y moral de discernir y juzgar las buenas y malas épocas del pasado, y cree siempre tener más autoridad moral que sus antecesores. Pero en realidad, no es así”. Y tenía razón. Había sido condenado a la “pública retractación ante la puerta principal de la Iglesia de París” por la gran cámara del Parlamento; a partir de ahí, todo era posible. “Seguramente se va a repetir la misma barbarie que con Ravaillac” pensó… ¡En realidad, fue mucho peor!
Poco tiempo tuvo para más reflexiones. La puerta de la celda se abrió bruscamente, y por ella entraron dos corpulentos carceleros con antorchas en la mano iluminando la oscura y húmeda estancia. Le quitaron el grillete del tobillo, lo alzaron, le pusieron una camisa nueva y se lo llevaron en volandas. Mientras lo arrastraban, se dirigió a uno de ellos y le dijo con una media sonrisa: “El día va a ser duro”
De la puerta principal de La Consergierie lo subieron a una carreta, le pusieron un hacha de cera encendida en la mano, y lo llevaron a la Place de Grève entre los insultos de los parroquianos. “Hasta ahí nada nuevo…” pensó.
Lo subieron al cadalso y lo ataron. “Aquí se acerca uno de los verdugos con las tenazas al rojo vivo para arrancarme trozos de piel del cuerpo, pero no veo los calderos de aceite hirviendo, ni de azufre y plomo fundido ¿Qué tipo de negligencia es esta”. Estaba indignado ante la falta de profesionalidad y la poca planificación de un espectáculo tan importante.
La incompetencia era algo con lo que no podía lidiar. Lo que el reo desconocía, era que, el verdugo encargado de comprar todos los ingredientes para ser fundidos e introducidos en las heridas de Damiens estaba borracho y olvidó comprarlos. Así que se concedió un tiempo, el necesario para que alguien consiguiera los productos requeridos, para aplicar las tenazas al rojo vivo. ¡No le iban a hacer esperar con las heridas abiertas y sangrantes! ¡Eso hubiese sido, a todas luces, un acto claramente salvaje y abominable!
El tiempo iba pasando, y, Damiens, observaba como el gentío se iba alborotando cada vez más. La espera no es algo que las multitudes acepten con agrado. Se quedó sorprendido. El tumulto era cada vez mayor, pero las iras no iban dirigidas hacia él, como hubiera sido lo lógico, más recordando el odio furibundo que el vulgo profesó contra Ravaillac; las iras iban hacia los verdugos y la autoridad.
Ciertamente algo había cambiado en la mentalidad de la gente, la sacrosanta monarquía y todos los poderes que emanaban de ella ya no era venerada como antaño, al contrario, se la cuestionaba. “¡Qué desfachatez- pensó Damiens -, esto huele a revuelta; no digo revolución, pero si revuelta. Si la gente pierde la fe en la monarquía, ¡estamos perdidos!”
En estos pensamientos estaba cuando llegó el verdugo con el azufre, el plomo fundido, y en una tinaja, el aceite hirviendo. Damiens miró al hombre que tenía las tenazas en la mano y asintió con la cabeza, como invitándole a iniciar la ceremonia. No quería hacer esperar más a nadie, le parecía un gesto de descortesía. A fin de cuentas, no hubo ninguna novedad. Le quemaron la mano que sujetó el cuchillo con azufre fundido; le atenazaron los pechos, los muslos y las pantorrillas; vertieron el azufre, el plomo y el aceite hirviendo en las heridas, y para concluir ataron sus extremidades a cuatro caballos para desmembrarlo. Pero, de nuevo, la ineficacia hizo acto de presencia. Los caballos, prácticamente esqueléticos, no fueron capaces de hacer su trabajo, así se necesitó traer otros dos que, aun así, tampoco lo consiguieron ¡y eran seis! Finalmente, los verdugos, tuvieron que romperle los músculos y tendones con cuchillos hasta llegar al hueso para facilitar que los caballos lo desmembraran.
Mientras lo hacían, Damiens, reflexionaba: “Definitivamente, la violencia y el salvajismo es consustancial al progreso y al buen gobierno. Pensemos sino en la Grecia clásica, la época de mayor esplendor del género humano. Pensemos en la Atenas del siglo V a.C. La época de Pericles, de los grandes filósofos… ¡la cuna de nuestra civilización y nuestros valores! Pues bien, la ciudad estuvo en guerra 77 de los 100 años de ese siglo, ¿casualidad? No creo. Pero si tenemos en cuen…”. En aquel momento, finalmente los caballos lograron su cometido y descuartizaron a Damiens. Así terminaron sus elucubraciones filosóficas.
Cuentan que cuando levantaron el tronco del cuerpo para arrojarlo a la hoguera, estaba aún vivo. Cuentan, además, que el suplicio duró un total de cuatro horas.

Texto agregado el 14-02-2026, y leído por 0 visitantes. (0 votos)


Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte! ]